4 jul 2011

Amor verdadero

Que un guionista convenza a un productor para que produzca su proyecto es tan complicado como ligar con una extranjera (sobria) que no habla ni papa de español. Porque como todo el mundo sabe, guionistas y productores hablan idiomas distintos. Los unos hablan en imágenes y los otros en cifras.
Ver cómo los unos intentan ligar con los otros es tan parecido a lo que ocurre en las discotecas de Benidorm, que asusta. Los pobres guionistas chapurrean lo poco que saben del idioma del otro y los productores responden diciendo el equivalente a “me no entender”. Hay ganas y por eso algunas veces la cosa acaba entre las sábanas de un hotel en tercera línea de playa. 
Y esto vale para un desahogo de vez en cuando, no seré yo quien lo critique, pero no podemos pretender estar así toda la vida. Llamadme romántico, pero yo creo en el amor verdadero.
Seguro que ya hay alguno pensando que soy un iluso, un pobre adolescente que sigue pensando que sentirá algo especial cuando entregue su flor. Pero no amigos, el amor verdadero existe, yo lo he visto.
El pasado miércoles se celebró en el Instituto Valenciano del Audiovisual y la Cinematografía la “Rueda de guiones”, una jornada de presentación pública de los guiones ganadores de las ayudas del IVAC.
Sin duda es una más que acertada idea que trata de dar a conocer los guiones ganadores a la industria con el objetivo de que un mayor número de ellos se acabe produciendo.
Cada guionista realizó un pitching explicando su proyecto ante representantes de la televisión y productoras valencianas.
Las presentaciones fueron excelentes. Las propuestas eran realmente atractivas, pero además, todos consiguieron exponer de forma clara los valores de sus historias en cinco minutos cronometrados. Estoy seguro de que para ello fue de gran ayuda el “entrenamiento” del pitching que realizaron de la mano de Teresa Cebrián los días anteriores a la jornada de presentación.
Me estuve fijando y sé que hubo miraditas entre guionistas y productores, pero ignoro si llegaron a algo más. Estaban allí para ligar y al menos sí me consta que algún que otro intercambio de teléfonos hubo... quien sabe, puede que a estas alturas algunos hayan quedado ya en algún lugar más íntimo. Les deseo lo mejor.
Ese mismo día, después de la presentación de guiones, hubo una ponencia titulada Desarrollo cinematográfico: Creatividad + Industria a cargo de Albert Val, director de contenidos de Filmax Entertainment.
Fue él quien nos explicó que el amor entre guionistas y productores existe y se puso a sí mismo como ejemplo.
Filmax ha desarrollado un protocolo de recepción de guiones y un procedimiento de desarrollo de los proyectos realmente atractivo. Producen entre seis y ocho películas al año de muy distinto presupuesto y formato, pero con algo en común, el contacto directo con sus guionistas.
A veces es la propia productora la que encarga un proyecto a algún guionista de confianza, pero otras la maquinaria se pone en marcha porque llega a sus manos una historia que les interesa. En cualquiera de las dos opciones el guionista trabajará en las distintas fases de desarrollo del guión acompañado por la productora. ¿Y cómo se hace eso?
Albert nos explicó que normalmente se interesan por historias que se encuentran al menos en una primera versión de tratamiento. Por lo que este podría considerarse el primer paso, tener un tratamiento interesante y con posibilidades. Aunque en su web afirman que sólo aceptan guiones completos... En cualquier caso, una vez la productora ha decidido que le interesa un proyecto, cada departamento elabora un informe aportando su visión sobre la dirección que consideran que debería ir tomando el proyecto en las posteriores reescrituras. El guionista es contratado y se pacta un precio y un plazo para cada reescritura.
Hablando en general, el plazo de tiempo por cada reescritura sería de más o menos un mes y el precio de cada una unos 10.000€, hasta llegar al precio medio en que ellos valoran un guión de largometraje, 50.000€.
Albert explicó que proceder de este modo tenía varias ventajas tanto para la productora como para el guionista. Por un lado, la productora arriesgaba menos, puesto que si después de la primera o la segunda o la tercera... reescritura consideraban que el proyecto había dejado de interesarles por cualquier motivo, no tenían por qué seguir con el proyecto, ahorrándose así el resto de pagos.
Y por su parte, para el guionista, trabajar de este modo supone una tranquilidad tanto desde el punto de vista económico como creativo.
Por supuesto estar contratado, con una fecha de entrega y un dinero garantizado por su trabajo es la situación ideal para cualquier guionista que esté trabajando en un proyecto de largometraje. No tiene que preocuparse por el dinero durante ese tiempo y puede concentrarse en el proyecto.
Pero si además se cumple el hecho de que en las reuniones mensuales con la productora para analizar la marcha del desarrollo del proyecto, el guionista se encuentra con gente experta en guión con una idea clara de lo que esperan de su proyecto y capaces de aportar ideas para que el guionista las incorpore en las futuras versiones... hemos encontrado la relación ideal, el amor verdadero.
El productor pide lo que quiere y el guionista trata de dárselo adaptando sus peticiones a su proyecto trabajando en él personalmente paso a paso, buscando una versión definitiva que convenza a ambos.
Es muy complicado que un guionista escriba por su cuenta un guión que encaje a la perfección con lo que un productor está buscando. Por eso lo mejor es que lo busquen juntos.
¿No es eso el amor? ¿Encontrar a alguien especial, que quiere lo mismo que tú y caminar juntos ayudándose mutuamente para tratar de conseguir ese objetivo común?
Ojalá algún día encuentre mi media naranja audiovisual. Estoy seguro de que seremos felices y tendremos muchos hijos.

15 jun 2011

Más trabajo para el guionista

De un tiempo a esta parte me he ido encontrando con una serie de artículos, post, libros... que, tal vez sin saberlo, articulan una misma teoría. Trataré de resumirla aquí.
Está ocurriendo algo de forma paralela pero en sentido inverso entre el periodismo y la ficción televisiva. Mientras que los primeros están perdiendo día a día su credibilidad empujados por las presiones políticas, las exigencias del mercado, las reducciones de plantilla y el periodismo-espectáculo. Los segundos están consiguiendo enganchar al gran público a series que, a pesar de ser consideradas ficción, contienen más verdad que la mayoría de redacciones.
¿Por qué está pasando esto? La respuesta es compleja y hay que abordarla desde ambos frentes.
El periodismo actual está luchando contra varios males que lo atenazan. A mi entender, podrían resumirse en tres: las líneas editoriales, una mala estrategia de mercado y las redes sociales.
El primero de estos males es tremendamente conocido. Todo el mundo sabe hacia qué lado empuja cada periódico, cada cadena de televisión y cada emisora de radio. Al elegir entre la oferta informativa, el consumidor sabe qué se le va a dar y el medio de comunicación responde a estas expectativas presentándole una imagen de la realidad deformada hacia el lado que él prefiere. Así no hay sorpresas. Los buenos siempre son los mejores y los malos no paran de cagarla. El mundo resulta sencillo visto así y además tranquiliza muchísimo saber que uno está con los buenos.
Hoy en día, si se aspira a estar bien informado sobre algo, hay que currárselo. Leer, ver y escuchar la misma noticia narrada por medios de distintos bandos puede ayudar, pero a veces ni siquiera de este modo se consigue. Sirva como ejemplo la denuncia que Enrique Dans hacía en su blog el pasado sábado acerca de la supuesta desarticulación de la cúpula de Anonymous.
Yo no me enteré realmente de qué había pasado hasta que no leí este post. Es un post largo, argumentado, denso en algunas partes y lejano a lo que hoy en día se entiende por entretenido. Vaya, justo lo contrario de lo que hicieron la mayoría de los medios con la misma noticia.
Algunos no se molestan en contrastar nada porque no tienen tiempo, ni personal suficiente y probablemente tampoco sabrían cómo hacerlo porque el nivel de profesionalidad ha bajado bastante en el periodismo los últimos años. Una nota de prensa suelta en una redacción puede convertirse en noticia como por arte de magia si su contenido no va en contra de la línea editorial del medio en cuestión.
Pero otros, los más peligrosos, tal vez si se dieron cuenta de la manipulación inherente a la puñetera nota de prensa, pero decidieron difundir el mensaje tal cual porque sencillamente se han instalado en la desinformación.
Y desgraciadamente funciona. No importa que la noticia en sí sea ridícula, siempre habrá un sector de la población que la creerá y la tomará por la VERDAD. Como si eso existiese.
El periodismo debería animar a la sociedad y a los individuos a tener un pensamiento propio, libre, independiente y crítico. Pero yo no veo nada de esto en los medios de hoy en día. El periodismo actual se ha convertido en una herramienta de los políticos para difundir mensajes y de las empresas para ganar dinero.
Los medios de comunicación periodísticos perdieron hace tiempo la batalla de la inmediatez. Ahora, en la era internet, ser el primero en contar algo no tiene prácticamente ningún valor. Hoy en día, cualquier ciudadano de a pie con un teléfono móvil puede contar al mundo en directo qué está pasando en donde quiera que se encuentre incluso aportando imágenes y audio para documentarlo. ¿Qué sentido tiene que un periodista llegue media hora después si no va a aportar nada más? ¿Una mejor calidad de imagen?
El periodismo debería serenarse. El tiempo en que ser los primeros marcaba la diferencia pasó. Ahora el verdadero valor que puede aportar a una noticia es una buena documentación y una reflexión seria sobre el tema.
Pero en vez de eso el periodismo actual ha optado por el espectáculo. Los informativos parecen programas contenedor donde puedes acabar viendo un video promocional del nuevo disco de cualquier cantante, el último video viral de internet o las declaraciones absurdas del primero que pasaba por allí. No se aspira a profundizar en nada, el verdadero objetivo es mantener la audiencia, enganchar al mayor número de espectadores posibles.
El periodismo está en crisis y no parece que vaya a cambiar a corto plazo. Pero al mismo tiempo una nueva corriente está surgiendo. No son periodistas, pero hacen justo lo que se espera de éstos: abordar un tema y tratarlo en profundidad, analizando todas sus aristas y desde una perspectiva que tolera toda clase de tonalidades de gris.
Estoy hablando de las series de ficción como The Wire, Generation Kill o la española Crematorio. En ninguna otra parte como en estas series he visto hablar de una forma tan libre y crítica sobre temas como la droga, la guerra o la corrupción urbanística. Viendo estas series se aprende y mucho sobre cómo funciona el mundo.
¿Cómo es posible que encontremos más realidad en las series de ficción que en los periódicos?
Para responder a esta pregunta me limitaré a citar a David Simon:

Yo estuve trabajando en un gran periódico gris de Baltimore hasta que Wall Street descubrió la industria periodística y la evisceró en busca de beneficios a corto plazo, y las grandes cadenas foráneas vieron que podían hacer más dinero produciendo un periódico mediocre que uno bueno.”
The Wire no habría existido de nos ser por la HBO. Como, por cierto, tampoco podrían haber existido Oz, Los Soprano, Deadwood o Generation Kill, historias todas ellas capaces de entretener y divertir pero también de molestar y poner a la audiencia en su contra. En el mejor de los casos, pueden provocar a los telespectadores, si no hasta el punto de un debate en toda regla, sí al menos hasta el punto de suscitar un pensamiento o dos sobre quiénes somos, cómo vivimos y qué pasa con nuestra sociedad y con la condición humana que la ha hecho ser como es.
La primera temporada de The Wire fue una denuncia seca, deliberada, de la prohibición de las drogas en EE.UU., una Guerra de los Treinta Años que figura entre los fracasos más curiosos y globales que se registran en la historia de esta nación. Resulta imposible imaginar que se pueda presentar semejante premisa al ejecutivo de una cadena de televisión, sean cuales sean las circunstancias. ¿Cómo -cabe preguntarse- puedo yo ayudar a mis patrocinadores a vender coches de lujo y vaqueros prelavados al mayor número de gente mientras no dejo de insistir en el hecho de que la guerra contra la droga en EE.UU. se ha transmutado en una brutal represión de las clases más desfavorecidas?” 

The Wire 10 dosis de la mejor serie de la televisión. Fragmentos comprendidos entre las pag.19 a 22

El mercado lo puede todo. Y, al igual que ha sometido al periodismo a una condena llamada margen de beneficios, también ha creado un nuevo espacio: el de las cadenas de pago. A diferencia de las cadenas de televisión con publicidad, las cadenas de pago no tienen que rendir cuentas con sus patrocinadores (las marcas que se anuncian) sino con sus espectadores (la gente que paga la cuota mensual).
Puede parecer una diferencia sutil, pero el cambio de mentalidad que provoca es abismal. Las cadenas de pago han de buscar algo que las diferencie, algo que consiga llamar la atención del público lo suficiente como para que decidan pagar la cuota. HBO apostó por las series. Pero no sólo eso, puesto que todas las demás cadenas también emitían series de producción propia ellos tenían que añadir algo más, el ingrediente mágico. Y con el paso de los años este ingrediente ha resultado ser ni más ni menos que el que Simon describe: series incómodas capaces de hacer pensar.
Las series que HBO produce jamas habrían sido producidas por otra cadena. Los temas que tratan y sobre todo el modo en el que lo hacen las convierten en material peligroso, difícil de controlar. Pero, sorprendentemente para algunos, este modelo de serie está triunfando. Una tras otra las series de la HBO se convierten en éxito y son acuñadas como series de culto. The Wire, sin ir más lejos, está considerada por muchos la mejor serie de la historia.
Cabría preguntarse por qué ocurre esto. Tal vez -por qué no ser optimistas- este éxito responda al hecho de que la gente echa en falta que se les trate como a seres inteligentes y estas series, a través del lenguaje audiovisual, han logrado exponer los temas que tratan con un grado de profundidad y complejidad dignos del mejor orador.
Recientemente, la cadena de pago española Canal Plus, ha apostado por una serie que sigue este mismo patrón: Crematorio. Una serie excelente por muchos motivos pero sobre todo por uno: Se ha atrevido a tratar un tema conflictivo y de plena actualidad en nuestro país como la corrupción urbanística de frente y sin disimulos. Bien por ellos.


Tal vez los guionistas tengamos que asumir esta responsabilidad. Tal vez ahora no se pueda hablar de la realidad si no es desde la ficción. Más trabajo para nosotros.