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22 abr 2014

Manual de supervivencia para guionistas fracasados

Post publicado en GuionistasVlc

Pero vamos a ver alma de cántaro, ¿a ti quien te ha dicho que eres un fracasado?
Si fue tu madre, no le hagas ni caso. Ella solo quiere lo mejor para ti y es obvio que ser guionista no es lo que más te conviene. Puede que sus formas no sean las mejores, pero algo tenía que intentar la mujer para que dejases esta profesión. Cuando ganes un premio se lo dedicas y santas pascuas.

Si fue tu jefe, hazle menos caso que a tu madre. Este solo quiere lo mejor para él mismo. Cuando triunfes olvida que algún día le conociste de nada, ignórale cuando se te acerque en algún sarao tratando de hacer ver que siempre creyó en ti y asegúrate de que todo el mundo lo vea.

Si fue un compañero… No me obligues a decir esto. Si a estas alturas no has pillado la dinámica puede que tu madre tuviese razón.

Nadie puede decirte que eres un fracasado, solo tú puedes decidir convertirte en uno. Si te lo dicen y te lo crees, estás perdido.

Cualquiera que lleve siendo guionista más de dos horas y media ha oído al menos 237 veces eso de que “el guión es una carrera de fondo”. Pues bien, imagina un corredor de fondo que empezase a correr pensando “esta carrera no la acabo ni de coña”. ¿Qué pasaría? Pues obviamente que ese tipo no acabaría la carrera ni de coña. Al primer síntoma de agotamiento abandonaría, porque ya se había convencido a sí mismo de que eso era exactamente lo que iba a pasar.

En la salida tienes que estar convencido, no de que vas a llegar a la meta, sino de que vas a ganar la puta carrera. Si no tienes ese tipo de mentalidad, no sirves para esto.

Todo depende de ti, de tu mentalidad. Tienes que estar convencido de que vas a escribir el mejor guión de la historia incluso cuando todo el mundo se ría leyendo un guión que escribiste intentando hacer un drama. Tienes que seguir convencido de que eres el mejor guionista de todos los tiempos incluso cuando un compañero al que hace tiempo que no ves te pregunte a qué te dedicas ahora. Tienes que ser capaz de amar esta profesión sobre todo cuando no tengas ni puñetera idea de cómo vas a pagar el alquiler el mes que viene.

Un guionista ha de ser como un samurai, como un guerrero jeday, como una roca de adamantium. Creedme, conozco a unos cuantos. En Valencia hay gente que sigue escribiendo guiones al mismo ritmo que antes de que cerrasen la tele. Es como si la banda del Titanic siguiese tocando a 2.000 metros de profundidad y sin perder el compás. Espectacular, escalofriante, sencillamente la élite de la locura mundial.


Pero tranquilo, cualquiera puede alcanzar ese nivel aunque no sea valenciano. Solo tienes que seguir fielmente una serie de pasos. Si eres constante, llegará un momento en que serás capaz de mirar al mismísimo J. J. Abrams a los ojos sin pestañear y conseguir que se mee en los pantalones. (Merecido lo tiene.)

Primero: No reconozcas nunca que has fracasado. Da igual la edad que tengas, no importa lo mal que haya funcionado lo último que has escrito. Tienes que convencerte a ti mismo de que lo próximo que vas a escribir será la obra maestra que llevas toda la vida persiguiendo.

Segundo: Por muy seguros de sí mismos que parezcan los otros guionistas no olvides nunca que están tan perdidos como tú, o más. Si ellos son capaces de disimularlo, tú también puedes.

Tercero: Da igual lo que tú pienses sobre ti mismo, lo importante es lo que piensen los demás. Si todos creen que eres genial te lloverá el trabajo aunque seas un inútil. Dedica tiempo a cuidar tu imagen de triunfador.

Cuarto: Haz amigos en el gremio. Tiene múltiples ventajas y solo un inconveniente, que a veces, cuando les conoces bien, descubres que algunos son buena gente.

Quinto: Una cosa es trabajar y otra muy distinta ganar dinero. Tu trabajo es escribir y tu objetivo ganar dinero haciéndolo. Mientras no lo consigas puedes buscar otras formas de ganar dinero, pero nunca puedes dejar de trabajar.

Sexto: Preséntate a todas las ayudas, premios, concursos, rifas, sorteos, vales descuento y rasca y gana que puedas. No es solo por la ayuda económica, lo importante es autoconvencerte a ti mismo de que el universo entero conspira para que tú sigas siendo guionista. Eso debe ser lo primero que se te pase por la cabeza cuando ganes un premio.

Anda que no he oído veces eso de: “Iba a dejarlo, a abrir una tienda de cupcakes o algo, porque los cupcakes lo van a petar ¿sabes? Pero como me han dado este premio, voy a seguir escribiendo.” Bueno, en realidad el plan de negocio varía según la persona, pero ya me entendéis.

Séptimo: (Aportación de Juanjo Ramírez Mascaró) Cuando todo parezca negro como la boca de un callejón sin salida, vuélvete a ver Golpe en la Pequeña China. Ya sabes lo que le dice Jack Burton a la tormenta: “Dime lo que quieras, nena. No me enfadaré.”

Octavo: Un guionista con un encargo es como un agente secreto con una misión especial. Nadie ni nada puede ser más importante que eso.

Noveno: Enamorarse es una opción, querer formar una familia una posibilidad, pero llevar una vida “tradicional” es una utopía. No te lo tomes como una renuncia, convéncete a ti mismo de que has elegido vivir al límite. O cásate con alguien rico evitando la separación de bienes.

Décimo: Si te vas a morir ya y todavía no has triunfado, no te rindas. Van Gogh triunfó después de muerto ¿por qué tú no? Todavía no se ha dado el caso en un guionista, pero tú procura dejar un cajón bien repleto de guiones, por si acaso. Escribe hasta el último de tus días.

Solo una última cosa. No hay nada peor que un tonto sobremotivado, así que antes de venirte arriba procura averiguar si eres tonto. Es sencillo, si has leído este post creyendo que realmente contenía las claves para triunfar, no hay duda, eres tonto.

El elegido

Post publicado en GuionistasVlc

¿Os habéis fijado en la cantidad de historias que hay en las que parece que el planeta entero se va a pique, pero al final no? No sé a vosotros, pero a mí empieza a cansarme un poco saber lo que va a pasar al final antes incluso de sentarme en la butaca.
Ya sé lo que me vais a decir, que en este tipo de historias el final es lo de menos, que lo importante es la aventura, la peripecia. Pero en eso no estamos de acuerdo. De hecho, ahora mismo estoy trabajando en un guión que narra una historia preapocalíptica. Es decir, que no acaba precisamente bien. Si he decidido optar por esa vía, es porque llevo tiempo reflexionando sobre este tema y he llegado a algunas conclusiones. En este post intentaré explicarlo.
En este tipo de historias el mal puede tomar muchas formas. A veces tiene forma de ejército enemigo. Máquinas, orcos, alienígenas, bárbaros, demonios…
Otras veces la amenaza es temible por su irracionalidad y dimensiones. Desastres naturales, plagas de virus, meteoritos, monstruos, zombies…
Y otras veces el mal se personifica y aparece la figura del antagonista, el malo. Tipos muy raros casi siempre.
En cambio, en la gran mayoría de historias en las que está en juego la supervivencia de la humanidad, hay algo que no cambia. Siempre hay un héroe, el elegido para salvar al mundo. Alguien con unas cualidades especiales, la mayoría de las veces sobrehumanas, o equipado con algún tipo de artilugio especial, mágico o basado en una tecnología futurista todavía inexistente. Alguien capaz de enfrentarse a lo que sea necesario, de interponerse entre la humanidad y el mal, y salvarnos a todos sin ni siquiera despeinarse.
Como espectadores, cuando vemos una historia de este tipo, siempre nos identificamos con el héroe. Están escritas para que ocurra exactamente eso. Nos gusta imaginarnos a nosotros mismos en la piel de esos personajes. Sin ir más lejos, yo mismo de pequeño tenía un palo clavadito a Excalibur.
Pero con los años he llegado a la conclusión de que, en realidad, todo este tiempo lo hemos estado haciendo mal. Nos identificamos con el personaje equivocado. No somos el héroe. Somos los que lloran aterrados pidiendo auxilio. Somos el extra que muere en segundo plano. Somos los personajes sin importancia que aplauden cuando el héroe consigue salvarles justo a tiempo.
Puede parecer una gilipollez, pero si nos detenemos a pensarlo un poco, podríamos llegar a conclusiones preocupantes.
En multitud de historias, generación tras generación, la humanidad se empeña en representarse a sí misma como un bien “per se” al que hay que proteger. Un todo, una razón última que justifica cualquier sacrificio, el bien mayor. Y en esas mismas historias, quien se encarga de salvaguardar la supervivencia de la especie es un solo individuo o un equipo reducido de seres especiales, muchas veces además caracterizados precisamente por no ser humanos.
Es decir, que en estas historias la humanidad juega un papel pasivo. Somos como ese personaje femenino tan mal definido y maltratado por la visión machista del mundo, la chica que grita esperando que la salven.
Cuando se descubre la amenaza, el mal que podría acabar con todo, nos limitamos a depositar nuestras esperanzas en un héroe. Derivamos la responsabilidad en otro. Nos comportamos como niños malcriados escondiéndonos tras las faldas de nuestra madre para que dé la cara por nosotros.
La pregunta es ¿influyen estas historias de algún modo en la forma en que la humanidad se enfrenta a los problemas?
En un blog de guionistas no creo que sea necesario defender la idea de que la forma en que narramos, aunque sea ficción, redefine el mundo. Las ficciones contribuyen a formar una cosmovisión, una forma de entenderlo todo. Y cuando esa forma de narrar se convierte en arquetípica, el modelo se convierte en útil, no solo para crear nuevas ficciones, sino también para interpretar la realidad. Y eso provoca que ante situaciones similares a las descritas en la ficción, aunque sea de forma inconsciente, busquemos o esperemos el mismo tipo de soluciones que resolvieron el problema en la narración.
Tal vez esto explique que los medios de comunicación acostumbren a buscar héroes en las historias reales. Como espectadores acostumbrados a un determinado orden narrativo en el que el bien siempre prevalece, llevamos muy mal que en una historia el mal venza sin más. Por eso, cuando ocurre una desgracia, la narración de la misma acostumbra a buscar la tranquilidad del espectador ofreciéndole algo a lo que agarrarse. Encorsetar la realidad a los patrones arquetípicos de las historias de héroes es más habitual de lo que parece. Ahí están los llamados “50 héroes de Fukushima” o el monumento a los bomberos del 11S. Y que a nadie le sorprenda que si un tifón en Filipinas provoca la devastación del país y decenas de muertos, las imágenes que documenten la noticia sean las de alguien jugándose la vida por salvar a un niño. Otro héroe.
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No lo critico. Solo lo señalo porque me parece interesante. A veces no somos conscientes de hasta qué punto lo que escribimos y la realidad que nos rodea tienden a influenciarse mutuamente. Estamos convencidos de que nuestras experiencias vitales influyen en cómo escribimos, pero no siempre nos damos cuenta de que lo que escribimos también influye en cómo vivimos. Además a todos los niveles. Como individuos, como sociedad y como especie. Porque, ¿cómo se enfrenta la humanidad a los peligros?
Puede que en el mundo real no existan los zombies, pero la humanidad se enfrenta a multitud de peligros reales que amenazan nuestra supervivencia. La superpoblación mundial, el cambio climático o la proliferación de las armas químicas y nucleares. Amenazas todas ellas creadas o provocadas por la propia humanidad.
Son amenazas reales. Cada cual tendrá su opinión personal sobre lo preocupante de cada una de ellas, pero nadie puede negar que todas ellas, poniéndose en lo peor, plantean escenarios que incluyen la extinción de la raza humana.
¿Estamos esperando a que llegue el héroe de turno para solucionarlo?
Estoy convencido de que nuestro comportamiento como especie, nuestra forma de ignorar los problemas, se debe, en parte, a este tipo de historias. Hemos creado sociedades acostumbradas a esperar al héroe, acostumbradas a vivir como un niño que sabe que si todo falla siempre está su madre para solucionarlo todo. Nos engañamos a nosotros mismos diciéndonos que no podemos hacer nada. Pero tengo una mala noticia, los héroes no existen. No va a llegar nadie volando desde otro planeta para evitar ningún desastre. Y esperar al último momento para resolver los problemas puede parecer muy espectacular, pero es la peor de las estrategias.
Por eso he decidido escribir una historia ambientada en un futuro próximo en el que la supervivencia de la humanidad está en juego. Pero la amenaza no es ningún ser demoníaco, ni nada fantástico, sino una situación político-social alterada por el anuncio de las principales petroleras del planeta de que las reservas de crudo están llegando a su fin. Las disputas entre los países por controlar los últimos pozos y la amenaza latente de una guerra mundial con armamento nuclear es el auténtico antagonista de la historia.
Y en medio de todo esto, surge la lucha entre dos seres especiales. El héroe arquetípico que todos esperan en una situación de este tipo. Pero su enfrentamiento no es una lucha por la destrucción o la salvación, sino un enfrentamiento entre dos formas de entender su poder, entre el que considera que deben intervenir y salvar a la humanidad y el que defiende la idea de que deben permanecer al margen y asumir la suerte que la humanidad decida darse a sí misma.
Si esta historia llega a rodarse, seguramente, el final confunda y cabree a mucha gente. Pero espero que sea solo hasta que comprendan que el héroe de esta historia es distinto al resto solo por una cosa, porque no trata a la humanidad como a un niño, sino como a alguien capaz de tomar sus propias decisiones.
La duda es si realmente lo somos, o no.

10 feb 2014

Mis planos favoritos


Una de las grandes diferencias que existen entre escribir novelas y escribir guiones es que los guionistas estamos obligados a pensar en imágenes. Siempre podemos usar los diálogos o incluso la voz en off para explicar ciertas cosas, claro, pero todo aquel que quiera exprimir al máximo las posibilidades que le brinda el séptimo arte se rebanará los sesos tratando de encontrar esa imagen que consiga explicar, resumir o simbolizar lo que sea que quiere transmitir.
Esto, a veces, es complicadísimo. Pero, a cambio, nos brinda la oportunidad de golpear al espectador con un arma con la que el escritor de novelas no cuenta, el silencio.
Personalmente, cada vez que me encuentro con uno de esos planos que no necesitan de nada más que la imagen y el contexto creado por la propia historia para explicar un concepto complejo, me enamoro un poco más de este oficio.
Hace poco, me encontré con uno de esos planos. Será el primero del que os hablaré. Y pensando en él me dio por empezar una lista de todos los planos que, de algún modo, consiguieron provocarme este efecto. Comparto aquí una pequeña muestra con algunos de mis planos favoritos y os animo a que compartáis los vuestros en los comentarios.
Hijos del Tercer Reich 
Hijos del Tercer Reich
Un joven inteligente y con personalidad propia se ve obligado a ir a combatir en una guerra en la que no cree, sencillamente, porque no cree en ninguna guerra. Los primeros meses trata de seguir siendo fiel a sus principios, pero la crueldad que le rodea le irá afectando hasta el punto de acabar transformándolo por completo.
En el tercer y último capítulo de la miniserie, cuando la evolución del personaje ya es completa, llega esta maravillosa escena. El joven se queda dormido en medio del bosque y, al despertar, se encuentra cara a cara con un lobo que lo olisquea primero y le gruñe después, mostrándole los dientes amenazadoramente a pocos palmos de la cara. Él no se mueve. Incluso le mantiene la mirada.
Su reacción es la de alguien que ha perdido el respeto a la muerte. Ha asumido la propia y la suministra a otros sin pestañear. Se ha convertido en algo distinto a un ser humano porque, si algo nos define, es el miedo a la muerte.
Este plano simboliza la evolución de este personaje de un modo tan limpio que estremece.
The Wire
The Wire
Este es el primer plano del primer capítulo. Así empieza la serie. Sangre reciente sobre el asfalto de una calle de Baltimore iluminada por las luces de un coche de policía. Sencillamente genial. Casi podría decirse que toda la serie gira en torno a esta imagen. La sangre mana de agujeros de bala distintos, pero nunca deja de correr.
Este plano consigue contextualizar toda la serie en un solo segundo. Estoy seguro de que algo así no se habría podido conseguir si no fuese porque sus creadores tenían muy clara toda la serie en su conjunto antes de rodar un solo plano. Ojalá todo el mundo pudiese trabajar en estas condiciones.
Breaking Bad
Breaking bad
Esta serie arrancó con una gran idea de trama, pero si se mantuvo durante cinco temporadas y llegó a ser mítica fue gracias a una genial construcción de personaje. Walter White es un tipo ambicioso, rencoroso, egocéntrico, perfeccionista y un tanto obsesivo. Cuando trabaja en el laboratorio busca la perfección y cuando todo le va mal y el trabajo se convierte en lo único que le reporta satisfacciones en la vida, esa obsesión por conseguir la perfección se vuelve compulsiva.
Conseguir explicar algo así en una sola imagen no era sencillo, pero lo consiguieron con una idea brillante. ¿Consentiría Walter White que una mosca pululase libremente por su laboratorio contaminándolo todo? La respuesta, obviamente, es un NO rotundo. Y dedicaron todo un capítulo, el décimo de la tercera temporada, a regodearse en esta idea, regalándonos planos como este, que casi podrían considerarse una descripción de personaje en imágenes.
Tres colores: Azul
Azul
Si hay algo complicado de transmitir en imágenes son los sentimientos. Recurrir a la expresividad del actor, a los gestos obvios de los personajes, o a los diálogos explicativos, es el primer impulso. Pero existen otras formas extremadamente más refinadas de expresarlos y en esta película se exhibe una de ellas de un modo magistral.
La protagonista pierde a su familia en un accidente de tráfico al inicio de la película y la historia recorre todas y cada una de las fases del duelo y superación de este trauma. El azul simboliza este dolor y el modo en que la protagonista se va relacionando con este color explica cómo poco a poco va consiguiendo superar el golpe.
Y para que ese color pudiese encarnarse en algo físico, se usa un fetiche, un móvil de cristales azules que colgaba del techo de la habitación de su hija. La protagonista establecerá una relación muy especial con este objeto. Primero dirigirá hacia él su ira. Después se enfrentará a él, mirándolo directamente como el que desafía a sus demonios. Y finalmente conseguirá acostumbrarse a él, llevándolo tras de sí cuando se mude a otra casa, en un intento por aprender a convivir con su pasado porque tratar de huir de él es imposible.
El momento en que la protagonista pierde su mirada en esos cristales, sabiendo los recuerdos y el significado que ese objeto tiene para ella, supera cualquier  diálogo antes incluso de que intente escribirse. Al hablar elegimos palabras y el dolor no puede contenerse en ellas, en ninguna combinación de ellas. Por eso, el silencio consigue transmitir mejor este sentimiento. Se trata más de una cuestión de empatía, de vibración de cuerdas, que de comprensión racional.
Tots a una veu
Tots a una veu
“Tots a una veu” es una película pequeña, pero contiene muchos tesoros. Dejad que os traiga aquí uno de mis preferidos.
“Salnitre” es el cortometraje que cierra la cinta. En él, se cuenta la historia de un vecino del barrio valenciano del Cabanyal que ha decidido autoexiliarse en un barco de siete metros de eslora fondeado frente a la costa valenciana. Diez años lleva el hombre allí, a la distancia justa que le permite sentirse lejos de la ciudad que odia, pero lo suficientemente cerca como para seguir viendo cada día la ciudad que ama.
Esta imagen retrata tan bien el sentimiento de amor-odio que muchos valencianos sentimos por nuestra ciudad que casi podría considerarse un símbolo, un resumen de una época.

11 oct 2013

¿Para qué sirve una televisión autonómica?


Que a estas alturas nos sigamos haciendo esta pregunta es síntoma inequívoco de que algo estamos haciendo mal. Pero nos la seguimos haciendo.
Es más, algunos incluso creen tener clara la respuesta: “Para nada, es tirar el dinero.” Y lo vociferan a los cuatro vientos como si tuviesen algún tipo de interés en que la opinión pública compartiese su opinión...
Tratar de convencer a alguien de lo contrario, y más hoy en día con la que está cayendo, es inútil. La televisión pública no ha de defenderse con argumentos, ha de hacerlo por sí misma ofreciendo contenidos de calidad que consigan que la gente la sienta como propia y la defienda. Es obvio que eso no se ha conseguido en la mayoría de los casos y por eso estamos como estamos.
Pero una cosa es que los espectadores, los contribuyentes, no sepan responder a esa pregunta y otra cosa muy distinta es que no lo hagan los dirigentes de las cadenas.
¿Estoy insinuando que algunos no sabrían hacerlo? No, todo lo contrario, estoy seguro de que saben. Teniendo en cuenta el perfil político de la mayoría de ellos, responder preguntas e intentar quedar bien es prácticamente lo único que saben hacer. Lo que estoy diciendo es que a la luz de las decisiones que han ido tomando, resulta obvio que ellos mismos no se toman en serio sus propias respuestas. Si hiciesen lo que dicen, estaríamos orgullosos de nuestras televisiones. Pero no es así, ni de lejos.
Por poner un ejemplo concreto, viendo lo que ha pasado en RTVV los últimos años, resulta obvio que sus sucesivos directores y directoras o bien mentían descaradamente al aceptar el cargo bajo el compromiso de cumplir la ley de creación y regulación de la cadena porque no tenían ninguna intención de hacerlo, o bien fueron incapaces de conseguirlo por incompetentes, por desidia, o por una más que manifiesta connivencia con un partido político que ya hace años que decidió robar la cadena a los valencianos y apropiársela, convirtiéndola en una delegación más de su aparato político de propaganda.
Todo esto es lamentable, absurdo y triste a partes iguales. La trayectoria de RTVV ha conseguido incluso que compañeros de profesión, gente bien informada, que conoce el sector desde dentro y de quienes además no se puede poner en duda su pasión por este oficio, hayan llegado a manifestar públicamente que lo mejor que puede pasar es que echen el cierre. Hasta ese extremo hemos llegado. Este, sin duda, es otro síntoma de enfermedad grave. Si las televisiones autonómicas pierden el apoyo del sector audiovisual profesional, están destinadas a desaparecer más pronto que tarde.
Lamentablemente, estoy seguro de que habrá quien se alegre de esto. Hay muchos intereses puestos en esa dirección y además provenientes de despachos en edificios muy distintos.
Supongo que es desde esos mismos despachos de donde ha salido el proyecto al que paradójicamente llaman “El faro”. La única explicación que se me ocurre es que este proyecto haya sido diseñado como una especie de caballo de Troya con la intención de reventar las televisiones autonómicas desde dentro. Porque pretender que en las televisiones autonómicas quepa un proyecto como este, que deliberadamente obvia cualquier referencia a la identidad cultural especifica de cada una de las distintas comunidades en las que se va a emitir, supone saltarse a la torera todos los valores y principios que justifican la existencia de las televisiones autonómicas. Y si a eso además le añadimos que las condiciones laborales en cuanto a sueldos y tiempos de producción con las que se pretende llevar a cabo son sencillamente absurdas, lo que tenemos entre manos es exactamente lo contrario a un faro. Si los faros indican el camino seguro a buen puerto, este conduce a un naufragio seguro.
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No digo que vaya a ser una mala serie. Estoy seguro de que los profesionales que han aceptado participar en ella se esforzarán, a pesar de todo, para tratar de conseguir unos mínimos de calidad. El problema no es ese. El problema es que un proyecto así jamás debería haberse gestado en el seno de la FORTA porque crea un precedente que, si se convierte en norma, acabará con las razones que justifican la existencia de las televisiones autonómicas.
La producción de El Faro evidencia que las televisiones autonómicas, y no sólo RTVV, han perdido el norte.
Personalmente, me decepciona especialmente que TV3 participe en este proyecto. La televisión catalana ha sido desde siempre un referente, una prueba de que las cosas se podían hacer bien. La lista de series y programas de calidad de la cadena es larguísima, pero lo más importante es que todas estas producciones se levantaron siempre teniendo en cuenta los principios que deben regir una televisión pública autonómica. Son productos hechos en catalán, desde Cataluña y para los catalanes. Y además han conseguido uno tras otro toda una serie de éxitos de audiencia. A los catalanes les gusta su televisión, están orgullosos de ella y la sintonizan porque quieren ver lo que les ofrece.
¿Cómo encaja El Faro en todo esto? ¿Va a emitir TV3 una serie producida en Galicia, rodada en castellano y sin ninguna referencia a la cultura catalana? ¿De verdad no ha encontrado ningún otro proyecto mejor en el que invertir los 400.000€ que parece ser que ha quemado con esto? ¿Van a invertir todavía más dinero para doblarla al catalán? ¿Han decidido abandonar todo lo que les define y empezar a emitir cualquier cosa o se trata de algún tipo de pago de favor? ¿Acabarán emitiendo la serie a horas intempestivas, rellenando parrilla, para justificar el gasto pero sin exigir ni esperar que El Faro les rinda lo que siempre se espera de una serie diaria?
Lluís Alcarazo ha escrito un artículo que firman también nada menos que Josep Maria Benet i Jornet i Rodolf Sirera. Estos tres señores son, probablemente, los tres guionistas que más han aportado a TV3. Llevan treinta años escribiendo para la cadena y se sienten decepcionados. Luís afirma tener la sensación de que la cadena no ha aprendido nada después de estos treinta años. Se dice pronto.
Ojalá los guionistas valencianos pudiésemos sentirnos tan decepcionados con RTVV por el hecho de que participe en El Faro. Pero lamentablemente no es así. La cadena nos ha decepcionado tantas veces que parece que ya no puede decepcionarnos más, porque muchos ya no esperan nada de ella.
Pero aún así, en una mala imitación de Sísifo, los guionistas seguimos reuniéndonos con ellos básicamente para pedirles que hagan su trabajo. ¿Estamos perdiendo el tiempo? Puede, pero la puñetera piedra quedaría tan bonita en lo alto de la montaña...
Termino el artículo sin haber respondido a la pregunta que lo provocó. ¿Para qué sirven las televisiones autonómicas? Quien quiera saberlo que se lea la ley de creación y regulación de cualquiera de ellas. Aquí la de RTVV. Encontrará una larga lista de buenas razones. Lástima que las propias televisiones tengan por costumbre usar la ley como papel higiénico.

5 jun 2013

La curva del vino


Hay un tramo de unos 80 kilómetros de la A-7 que he debido recorrer, al menos, un millar de veces.
Paso por la gran mayoría de tramos como si nada, no son más que parte del recorrido, pero hay una curva en particular que, para mí, es distinta a todas las demás. ¿Qué la convierte en especial? Un recuerdo.
Ese recuerdo se creó un domingo por la tarde. Estaba volviendo a Valencia en autobús para empezar otra semana en la universidad. Era un autobús de dos plantas y yo iba sólo, sentado en la primera fila de asientos de la segunda planta del autobús, justo encima del conductor, por lo que podía ver la carretera perfectamente a través del parabrisas. Iba escuchando la radio, no recuerdo qué programa, y estaban entrevistando a un enólogo que había adquirido una botella de vino carísima en una subasta. Dedicó unos minutos a explicar lo importante que era aquella botella. La mejor añada de una bodega muy prestigiosa desaparecida hace años, o algo así. La cuestión es que, después de comprarla, el enólogo decidió ir a recoger la botella personalmente, con la desgracia de que, en el camino de vuelta, la botella se rompió. Por suerte, para transportar aquella botella y asegurarse que la temperatura sería constante durante todo el recorrido, había usado una nevera especial. La botella se había roto dentro de la nevera, por lo que el vino no se había derramado, sino que había quedado recogido dentro de la cámara. Al llegar a su destino, colaron el vino para eliminar cualquier posible resto de vidrio y volvieron a embotellar el líquido en una botella prácticamente exacta a la original, conservando incluso el etiquetado. Una anécdota sin importancia de no ser porque, aprovechando la coyuntura, el enólogo tomó la decisión de catar el vino. El modo en que aquel hombre explicó cómo era aquel vino me impactó. Soy incapaz de reproducir la descripción, así que no lo voy ni a intentar. Lo importante, la noticia, el motivo por el que le estaban haciendo aquella entrevista, era que gracias a que había tenido la oportunidad de catar el vino, esa botella se había revalorizado muchísimo. Al parecer, existía el riesgo de que el vino no se hubiese conservado bien y, al eliminar esa posibilidad, se añadía una garantía de calidad más a un vino que, ya de por sí, se consideraba uno de los mejores de la historia de la enología mundial.
La descripción sensorial de lo que aquel hombre sintió al catar el vino coincidió con el momento en que el autobús pasaba por una curva cerca de Alberic. Recuerdo haberla escuchado con la mirada perdida en la copa de unos árboles que hay por allí, y ahora cada vez que paso por esa curva y veo esos árboles, me acuerdo de esta historia. ¿Por qué? Pues no tengo ni idea. La historia es curiosa, pero he oído muchas historias curiosas, he olvidado la mayoría y casi ninguna me vienen a la memoria de forma tan recurrente. Además, esta ha quedado fijada a un momento y un lugar concretos, algo particularmente curioso. Supongo que no hay explicación, ni la necesita, sencillamente me pasa.
La memoria es caprichosa, nunca sabes cuando, ni donde, ni por qué, algo está a punto de quedarse grabado en tu cabeza para los restos. Normalmente recordamos las cosas importantes, pero también recordamos infinidad de cosas que no lo son. A veces, incluso, recordamos cosas que preferiríamos olvidar.
Por poner un ejemplo mucho menos… elegante, confieso que no puedo evitar acordarme de esta escena prácticamente cada vez que entro en un baño público.
Torrente no aparece en mi lista de películas favoritas, pero a pesar de eso ha conseguido colarse en mi memoria. No entiendo por qué, sencillamente me pasa.
Averiguar qué convierte algo en memorable no es tarea fácil, además, la mayoría de las veces se trata de algo personal e intransferible con una explicación escondida en la parte más inconsciente de la mente. Pero, al mismo tiempo, también ocurre que algunas cosas adquieren la categoría de memorables a un nivel superior y consiguen colarse en la memoria colectiva.
En mi opinión, todo aquel que se dedica a escribir historias, en realidad, no hace más que perseguir esa memoria colectiva e individual porque, si el objetivo no es el de conseguir crear algo memorable ¿cual es?
Cuando alguien te cuenta una película que ha visto, o un libro que ha leído, suele destacar aquello que más o que menos le ha gustado. Pero si lo hace mucho tiempo después de haber visto o leído aquella historia, la descripción se limita a lo poco que recuerda y eso suele reducirse a aquello que le impactó más cuando lo vio, por el motivo que fuese.
Resulta muy curioso, por ejemplo, lo que la gente recuerda de El padrino. Si se hiciese una encuesta, probablemente las tres escenas más recordadas de esta saga serían la de el padrino en la butaca acariciando al gato, la escena de la cabeza de caballo en la cama y la escena de el padrino con la monda de naranja en la boca. En una película con decenas de asesinatos ¿por qué son estos detalles los que consiguen colarse en la memoria colectiva?
Un ejercicio que suelo hacer a menudo, sobre todo cuando el texto es mío, es preguntar a la gente que acaba de ver un monólogo cuales son los gags que más le han gustado. Cada uno suele tener los suyos, pero siempre, en cada espectáculo, suele haber dos o tres gags que consiguen colarse en la memoria de casi todo el mundo. Analizar y tratar de comprender por qué son esos gags y no otros, me ayuda a la hora de escribir en la búsqueda de nuevos gags “memorables”.
Joan Marimón, el profesor de guión con el que más he aprendido, nos regaló una gran frase en una de sus clases: “Cuando estéis escribiendo, pensad que eso podría ser lo último que alguien viese antes de morir. Procurad que esa persona no malgaste sus últimos minutos de vida.”
Sin duda, la imagen que Joan sugiere tiene mucha fuerza. Pero, ¿y si esa persona no muere? ¿es menor la responsabilidad? Aquello que un guionista escribe, con suerte, consigue llegar a mucha gente y siempre existe la posibilidad de que una frase, un personaje, o una escena, consiga colarse en la mente de alguien. La idea de que algo escrito por mí pueda llegar a formar parte de los recuerdos de alguien, conseguir crear algo así como la curva del vino en algún rinconcito de la memoria de alguien a quien ni siquiera conozco, me parece un objetivo tremendamente ambicioso.

21 mar 2013

Galones


Los guionistas parecen gente normal. Cuando pasean por la calle, la gente se cruza con ellos sin ni siquiera sospechar.
Un guionista, cuando no está sentado delante de su ordenador, es igualito que Superman cuando no va con los calzoncillos por fuera, o que Jack el destripador cuando no lleva un cuchillo ensangrentado en la mano. No se les nota nada.
De hecho, se les nota tan poco que incluso han llegado a darse casos en los que dos guionistas se han cruzado por la calle y no se han reconocido. Escalofriante.
Esto, evidentemente, es un problema. Genera toda clase de situaciones ridículas y malentendidos. Más de una vez, algún que otro guionista ha tenido que soportar la charla hueca y absurda de cinéfilos aficionados que se han permitido el lujo incluso de llevarle la contraria.
Corre el rumor de que una vez un guionista tuvo que oír, en medio de una conversación distendida, una crítica cruel de su propio trabajo por parte de alguien que le hablaba sin saber quien era y que, además, esperaba conseguir que le diese la razón. El rumor completo afirma que el guionista acabó dándole la razón entre risas y consiguió así llevársela a la cama.
Pero el chismorreo más pasmante de todos los que he oído jamás es el de un guionista principiante que, en un sarao de estos en los que se junta mucha gente de incógnito, quiso atribuirse méritos que no merecía y, al contarle a alguien que estaba trabajando en una serie de éxito, se encontró con la respuesta: ¿Sí? Pues yo soy la coordinadora del equipo de guionistas de esa serie y nunca te he visto por allí.
Esto no puede seguir así, tenemos que hacer algo. Pongámonos galones.
CarlosVIItoison
¿Os imagináis un ejército sin galones ni distintivos de rango? Los soldados rasos se cruzarían con los generales y no se cuadrarían. Es más, puede que ni saludaran. Y en los baños, por hablar de algo, acabarían haciendo comentarios a sus superiores sobre lo inútiles que son los mandos. Un desastre.
Por eso se inventaron los galones, por poner un poco de orden. ¿A qué esperamos para copiarles?
Que has escrito tu primer guión, una medallita. Que lo vendes, otra. Que es un éxito, subes de rango. Que te contratan en una serie, una medallita. Que acabas siendo el coordinador, subes de rango. Que la serie renueva, medallita por el coraje en batalla. Que te despiden, corazón púrpura.
Así todo sería más fácil. Con un sólo golpe de vista sabrías con quien estás tratando y además ya no tendríamos que enfrentarnos más a la pregunta ¿y tú qué has hecho? Para responder, bastaría con sacar pecho.
Cuando un guionista raso se encontrase meando codo con codo con un guionista general en el baño, se estaría calladito.
Cuando un guionista de alto rango dijese un chiste, los guionistas rasos se reirían y tomarían notas al mismo tiempo.
En caso de emergencia, el guionista de mayor rango tomaría el control y si este sufriese un accidente o un bloqueo mental que lo dejase inutilizado, el segundo guionista a bordo tomaría el mando.
Antes de participar en ninguna contienda habría un período de instrucción. Algo así como la mili pero con bolis en vez de rifles.
También habría que fundar las fuerzas especiales para aquellos casos en los que fuese urgente la intervención rápida de un equipo de guionistas. Puede incluso que se llegase a fundar la organización de los bolis azules para intervenciones pacíficas internacionales.
Estoy seguro de que funcionaría. Los uniformes nos quedarían genial, la entrega de condecoraciones serían la excusa perfecta para organizar saraos y los guionistas ya no pasaríamos desapercibidos por la calle. La gente vería nuestros galones y mostraría respeto. Quien sabe, puede incluso que de este modo los niños empezasen a decir que de mayor quieren ser guionistas.
No sé, es sólo una idea. Yo ahí lo dejo.

14 dic 2012

Mensajes ocultos del lenguaje audiovisual


Si tuvisteis la suerte de estudiar filosofía en el instituto, aunque sólo fuese un año, seguramente recordaréis el mito de la caverna de Platón. En él, se describe a unos prisioneros que viven encadenados de tal forma que únicamente pueden mirar hacia una pared donde se proyectan las sombras de unos objetos manipuladas por unos hombres que Platón identificó con los sofistas de su época.
Esta alegoría sigue plenamente vigente, solo que los prisioneros ahora son espectadores, las sombras pantallas y los manipuladores ya no son sofistas, sino los medios de comunicación.
Platón estaba obsesionado con la verdad. Creía en la existencia de un mundo de las ideas y estaba convencido de que en él habitaba la verdad inmutable de todas las cosas.
A mí la verdad me importa menos. No aspiro a contemplarla ni a poseerla. No creo que sea posible salir de la caverna, ni que haya nada fuera. Me concentro en tratar de entender mejor cómo funciona el mundo subterráneo, el de las sombras.
Vivimos en el siglo XXI, la retórica y las verdades a medias son nuestro pan de cada día. Todos conocemos a muchos sofistas, dignos herederos de aquellos que iban de plaza en plaza cobrando por sus lecciones y defendiendo lo uno o lo contrario dependiendo de lo que conviniese en cada momento, pero con la misma convicción y firmeza en sus argumentos. El problema es que, aún hoy, estos malabaristas del discurso muchas veces consiguen su objetivo.
Todos nacemos encadenados, todos somos espectadores. El reto consiste en levantarse y atreverse a mirar directamente el fuego. Ya lo decía Platón, la primera reacción natural de todo ser humano es la de intentar volver a la oscuridad porque, al mirar hacia el origen de la luz, los ojos se resienten.
Dejarse manipular, conformarse con la verdad que nos viene dada, parece lo más cómodo, pero ¿en qué nos convierte eso? Muy sencillo, nos convierte en cifras, en moneda de cambio, en parte amorfa de la masa.
Esta idea, la de que hoy en día todo el mundo ha de reconocerse a sí mismo como espectador y, por tanto, como receptor de toda una serie de mensajes intencionados que es necesario comprender y analizar de forma activa si no se quiere caer en la manipulación, es la que me llevó a proponer un curso titulado igual que este post y que empiezo a impartir esta misma tarde para la Concejalía de Juventud del Ayuntamiento de Valencia.
Llevo tres años impartiendo cursos de iniciación al guión, pero este año me pidieron que les ofreciese algo distinto. Por eso me decidí a proponerles este curso a medio camino entre la filosofía y el análisis de medios con el que, estoy seguro, disfrutaré más que ningún alumno.
La idea es sencilla. Dispongo de veinte alumnos y de diez clases de dos horas cada una para provocar diez debates distintos con un único objetivo común, desarrollar el concepto de espectador activo.
Sinceramente, tengo mucha curiosidad por conocer al grupo de alumnos y ver cómo reaccionan ante lo que les he preparado.
En realidad, yo llevo asistiendo a mi propio curso más de tres meses, desde el mismo momento en que la Concejalía me confirmó que lo habían aprobado. Durante todo este tiempo he estado buscando material audiovisual que me sirviese para documentar las distintas clases que quería impartir. Y he encontrado auténticas joyas.
La que voy a utilizar en la clase de hoy, la primera, es un breve documental de 25 minutos que realizó TVE para celebrar su 50 aniversario. Forma parte de una serie titulada “La imagen de tu vida”, concretamente el capítulo “El mundo ante nuestros ojos”.
Nada más empezar, el documental lanza una frase tan contundente y poderosa, que podría considerarse toda una reflexión en sí misma: “El mundo se transformó al ponerle una cámara delante”.
Acto seguido, el documental analiza el modo en que la televisión revolucionó el modo de entender los acontecimientos históricos. Primero como un modo de contradecir al poder y condicionar la opinión pública en contra de sus intereses, como ocurrió en la guerra de Vietnam. Y después analiza el modo en que el poder aprendió a usar la televisión en su propio beneficio. Hasta llegar al 11S, el acontecimiento mediático más reciente, que fue retransmitido y seguido en directo por una tercera parte de la población mundial, adquiriendo la calidad de espectáculo.
Al final de todo este recorrido, el propio documental lanza otra frase demoledora: “Ahora, si algo no ha sido emitido, es casi como si no hubiese pasado”.
El mundo actual no se entiende sin la televisión porque la televisión lo transformó. Al observarlo el mundo cambió, justo lo que afirma el principio de incertidumbre de Heisenberg, que es realmente por donde empezaré la clase de esta tarde. ¿Lo conocéis?
Según este principio, aunque existiera un microscopio lo suficientemente potente como para poder ver un electrón, seguiríamos sin poder observar su órbita natural. Esto se debe al hecho de que para poder observar cualquier cosa es necesario iluminarla, o dicho de otro modo, sería necesario que un fotón de luz chocase con el electrón para poder verlo. El problema es que, al hacerlo, el fotón modificaría la posición y la velocidad del electrón. Llegando a la conclusión de que jamás podrá observarse la órbita natural de un electrón puesto que este nunca se comportará del mismo modo cuando está siendo observado que cuando no.
Sí, empezaré el curso hablando de electrones. Me encanta. De este modo, si hay algún aprensivo en la sala, tendrá la oportunidad de salir corriendo rápidamente. El resto, los que se queden, podrán debatir conmigo si este principio es aplicable también a lo que le ocurrió al mundo al ponerle una cámara delante. ¿Observar modifica el objeto de estudio?
Y lo que es más importante ¿vendrá alguien a la segunda clase? Sólo los reincidentes podrán ver cómo relaciono el concepto de Panóptico de Jeremy Bentham con CSI, o el mito del eterno retorno de Mircea Eliade con The Wire.
Ya veremos qué cara ponen.