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10 feb 2014

Mis planos favoritos


Una de las grandes diferencias que existen entre escribir novelas y escribir guiones es que los guionistas estamos obligados a pensar en imágenes. Siempre podemos usar los diálogos o incluso la voz en off para explicar ciertas cosas, claro, pero todo aquel que quiera exprimir al máximo las posibilidades que le brinda el séptimo arte se rebanará los sesos tratando de encontrar esa imagen que consiga explicar, resumir o simbolizar lo que sea que quiere transmitir.
Esto, a veces, es complicadísimo. Pero, a cambio, nos brinda la oportunidad de golpear al espectador con un arma con la que el escritor de novelas no cuenta, el silencio.
Personalmente, cada vez que me encuentro con uno de esos planos que no necesitan de nada más que la imagen y el contexto creado por la propia historia para explicar un concepto complejo, me enamoro un poco más de este oficio.
Hace poco, me encontré con uno de esos planos. Será el primero del que os hablaré. Y pensando en él me dio por empezar una lista de todos los planos que, de algún modo, consiguieron provocarme este efecto. Comparto aquí una pequeña muestra con algunos de mis planos favoritos y os animo a que compartáis los vuestros en los comentarios.
Hijos del Tercer Reich 
Hijos del Tercer Reich
Un joven inteligente y con personalidad propia se ve obligado a ir a combatir en una guerra en la que no cree, sencillamente, porque no cree en ninguna guerra. Los primeros meses trata de seguir siendo fiel a sus principios, pero la crueldad que le rodea le irá afectando hasta el punto de acabar transformándolo por completo.
En el tercer y último capítulo de la miniserie, cuando la evolución del personaje ya es completa, llega esta maravillosa escena. El joven se queda dormido en medio del bosque y, al despertar, se encuentra cara a cara con un lobo que lo olisquea primero y le gruñe después, mostrándole los dientes amenazadoramente a pocos palmos de la cara. Él no se mueve. Incluso le mantiene la mirada.
Su reacción es la de alguien que ha perdido el respeto a la muerte. Ha asumido la propia y la suministra a otros sin pestañear. Se ha convertido en algo distinto a un ser humano porque, si algo nos define, es el miedo a la muerte.
Este plano simboliza la evolución de este personaje de un modo tan limpio que estremece.
The Wire
The Wire
Este es el primer plano del primer capítulo. Así empieza la serie. Sangre reciente sobre el asfalto de una calle de Baltimore iluminada por las luces de un coche de policía. Sencillamente genial. Casi podría decirse que toda la serie gira en torno a esta imagen. La sangre mana de agujeros de bala distintos, pero nunca deja de correr.
Este plano consigue contextualizar toda la serie en un solo segundo. Estoy seguro de que algo así no se habría podido conseguir si no fuese porque sus creadores tenían muy clara toda la serie en su conjunto antes de rodar un solo plano. Ojalá todo el mundo pudiese trabajar en estas condiciones.
Breaking Bad
Breaking bad
Esta serie arrancó con una gran idea de trama, pero si se mantuvo durante cinco temporadas y llegó a ser mítica fue gracias a una genial construcción de personaje. Walter White es un tipo ambicioso, rencoroso, egocéntrico, perfeccionista y un tanto obsesivo. Cuando trabaja en el laboratorio busca la perfección y cuando todo le va mal y el trabajo se convierte en lo único que le reporta satisfacciones en la vida, esa obsesión por conseguir la perfección se vuelve compulsiva.
Conseguir explicar algo así en una sola imagen no era sencillo, pero lo consiguieron con una idea brillante. ¿Consentiría Walter White que una mosca pululase libremente por su laboratorio contaminándolo todo? La respuesta, obviamente, es un NO rotundo. Y dedicaron todo un capítulo, el décimo de la tercera temporada, a regodearse en esta idea, regalándonos planos como este, que casi podrían considerarse una descripción de personaje en imágenes.
Tres colores: Azul
Azul
Si hay algo complicado de transmitir en imágenes son los sentimientos. Recurrir a la expresividad del actor, a los gestos obvios de los personajes, o a los diálogos explicativos, es el primer impulso. Pero existen otras formas extremadamente más refinadas de expresarlos y en esta película se exhibe una de ellas de un modo magistral.
La protagonista pierde a su familia en un accidente de tráfico al inicio de la película y la historia recorre todas y cada una de las fases del duelo y superación de este trauma. El azul simboliza este dolor y el modo en que la protagonista se va relacionando con este color explica cómo poco a poco va consiguiendo superar el golpe.
Y para que ese color pudiese encarnarse en algo físico, se usa un fetiche, un móvil de cristales azules que colgaba del techo de la habitación de su hija. La protagonista establecerá una relación muy especial con este objeto. Primero dirigirá hacia él su ira. Después se enfrentará a él, mirándolo directamente como el que desafía a sus demonios. Y finalmente conseguirá acostumbrarse a él, llevándolo tras de sí cuando se mude a otra casa, en un intento por aprender a convivir con su pasado porque tratar de huir de él es imposible.
El momento en que la protagonista pierde su mirada en esos cristales, sabiendo los recuerdos y el significado que ese objeto tiene para ella, supera cualquier  diálogo antes incluso de que intente escribirse. Al hablar elegimos palabras y el dolor no puede contenerse en ellas, en ninguna combinación de ellas. Por eso, el silencio consigue transmitir mejor este sentimiento. Se trata más de una cuestión de empatía, de vibración de cuerdas, que de comprensión racional.
Tots a una veu
Tots a una veu
“Tots a una veu” es una película pequeña, pero contiene muchos tesoros. Dejad que os traiga aquí uno de mis preferidos.
“Salnitre” es el cortometraje que cierra la cinta. En él, se cuenta la historia de un vecino del barrio valenciano del Cabanyal que ha decidido autoexiliarse en un barco de siete metros de eslora fondeado frente a la costa valenciana. Diez años lleva el hombre allí, a la distancia justa que le permite sentirse lejos de la ciudad que odia, pero lo suficientemente cerca como para seguir viendo cada día la ciudad que ama.
Esta imagen retrata tan bien el sentimiento de amor-odio que muchos valencianos sentimos por nuestra ciudad que casi podría considerarse un símbolo, un resumen de una época.

5 feb 2013

La biblia V-6


Biblia V-6
Antes que nada quiero advertirles de que no traigo buenas noticias. He estado estudiando el proyecto y, aunque hay buenas ideas repartidas aquí y allá, la verdad es que me parece que la historia no funciona.
Para empezar, falta coherencia. Demasiados guionistas han escrito y reescrito la historia sin respetar el trabajo de sus compañeros. Ahora mismo lo que tienen es un puzzle con un montón de piezas que no encajan. Pero lo que todavía es más grave es que algunos textos ¡se contradicen entre sí! Por favor, coordinen ese equipo. O mejor, despidan a todo el mundo menos a dos o tres guionistas, cuatro como mucho.
Pero vayamos al grano. Me han contratado para que les dé mi opinión sobre lo que hay y eso es justo lo que voy a hacer.
Para empezar, la presentación es demasiado larga. Todo lo que pase antes de que el protagonista nazca no interesa a nadie. Lo de la huída y el asesinato de los primogénitos está bien, es una buena forma de presentar al antagonista, pero ¿para qué sirve si después no lo aprovechan? Ahí tienen un personaje muy potente, un rey capaz de ordenar la ejecución de centenares de niños nada menos, ¿y no vuelve a aparecer en toda la historia? Eso no puede ser, deben aprovechar ese personaje al máximo. Yo apostaría por mantener la rivalidad con él hasta el final, que el protagonista se enfrente a él cuando ya sea un hombre. Eso le daría continuidad a la historia.
Comprendo.
Y lo de que la madre sea virgen. ¿A qué viene eso? Me parece que no tienen claro el target de la historia. Si lo que buscan es que sea para todos los públicos, lo de matar niños sobra y si quieren que sea para adultos ¡pongan un poco de sexo por el amor de Dios!
Ya, por eso nos inventamos lo de Sodoma y Gomorra.
Pero todo eso pasa antes, el protagonista no va por allí para nada ¡no se puede hacer eso! Si quieren, lo pueden incluir en los extras para la edición de coleccionista. O mejor, si la historia funciona se puede utilizar para la precuela.
Pero con respecto a lo que estábamos hablando, yo apostaría por convertir la historia de la madre en un triángulo amoroso. El padre es impotente o estéril o rarito, da igual, la cuestión es que sabe que él no ha dejado preñada a su mujer, pero ella intenta colarle lo de que es virgen para disimular. Eso podría dar mucho juego porque, además de que da profundidad a los personajes, abre la incógnita de quién es el verdadero padre del protagonista.
Aquí es donde les lanzo una propuesta: ¿Y si al final se descubre que el protagonista es hijo de Herodes? ¡Eso sería muy grande! Además tiene sentido. Ordenó matar a todos los primogénitos porque quería ocultar que tenía un hijo bastardo, pero con los años se da cuenta de su error y, al reconocerle, se lo confiesa en mitad de una batalla. ¡Yo soy tu padre!
No sé, es decisión suya, pero yo no lo descartaría.
Lo valoraremos.
Además, está claro que a la historia le faltan ese tipo de cosas. El protagonista se pasa casi toda la historia hablando sin hacer nada. De hecho, lo de formar su banda (o lo que sea eso) de doce amigos, se hace eterno. ¿Por qué son tantos? ¿Y por qué son todo tíos?
A ver, yo les recomendaría que limitasen el número de componentes de la banda. Si son tantos el público acaba por no identificarlos, no sabe quien es quien porque todos le parecen iguales. Lo mejor es que sean… tres, por ejemplo, y que cada uno de ellos tenga algo que les diferencia de los demás. Que sepa hacer algo especial, o que tenga una habilidad extraña y que cada uno vista de un color diferente. Ese es el tipo de cosas que harían que cada personaje fuese inolvidable y todos juntos formarían algo así como un equipo fantástico.
Ahora que lo pienso… ¿por qué no utilizan a los Reyes Magos? Estos tres personajes aparecen al principio de la historia y no vuelven a aparecer. Es una pena porque tienen todo eso que hace falta para que el público se enamore de ellos. ¿Y si probamos algo? ¿Qué tal los tres Reyes Magos Ninja? Podría funcionar.
Y también hay que incluir una mujer en el grupo. Esta historia necesita un romance urgentemente. Vale, tienen a María Magdalena, y lo de que el protagonista la conozca siendo prostituta y la retire del oficio es muy cinematográfico, lo reconozco, pero le falta algo. Yo trabajaría más la evolución del personaje. Que con la ayuda de él, ella pase de ser una cualquiera a convertirse en una señorita. Que cambie de look y esas cosas. Eso le encantará al público femenino. Y sobre todo dejaría más claro que entre ellos hay algo, porque ahora mismo es todo el rato un que sí que no muy raro.  Esto no es una serie, no hay que mantener abierta siempre la trama amorosa, en algún momento hay que rematar.
Lo de no enrollarles era por mantener la emoción, por si había segunda parte.
Vamos a intentar hacer primero esta bien y después ya veremos. Hay mil formas de conseguir que una trama amorosa tenga interés.
Está bien, tiene razón.
Por otro lado, lo de que el protagonista sea el hijo de Dios, ya se ha hecho. Homero podría acusarles de plagio. Hércules era hijo del dios Zeus, el parecido con su historia es demasiado descarado. Aunque, en realidad, eso es en lo único que se parecen porque Hércules tenía fuerza sobre humana, era un héroe de acción, como debe ser, pero ¿qué hace su protagonista? ¿Andar sobre las aguas? ¿Para qué narices sirve eso?
También multiplica los panes y los peces, convierte el agua en vino y sana a los enfermos.
Sí, sería un anfitrión cojonudo para una fiesta loca en una leprosería, pero no me compares. Hércules mató a varios gigantes y superó las doce pruebas de Euristeo. ¡Eso sí que es un argumento y no esto! ¡Si quieren que su historia triunfe pónganle algo de acción!
¿Lo de separar las aguas del Mar Rojo no le gusta?
¿Pero quién hace eso? ¿El protagonista? No ¿verdad que no? Para una persecución que tienen van y se la ponen a otro. En serio, a menos que estén pensando hacer una roadmovie por el desierto con esa idea, lo de separar las aguas déjenselo al protagonista. Además, ya anda por encima del agua ¿por qué no las separa? Sería lo lógico. Podrían ponerle un nombre artístico, Waterman o algo así, y un traje especial. Por cierto, ya que estamos hablando de esto, ¿por qué lo describen tan mal vestido y descuidado?
¿Lo dice por la barba? La barba y el pelo largo nunca pasan de moda.
¿Qué agencia les ha hecho ese estudio de mercado? Porque la ha cagado. La gente quiere sentirse identificada con el protagonista. Las madres debe querer que sus hijas se casen con él. ¿De verdad cree que los melenudos sin afeitar provocan eso? ¡Pero si parece un rojo!
Y esa es otra ¿por qué lucha? ¿Cuál es su objetivo?
Salvar a la humanidad.
¿Salvar a la humanidad? ¿De qué?
De sí misma.
Anda no me jodas… Eso son chorradas. Hay que definir mejor al enemigo. Además, tenéis un personaje cojonudo para eso, ¡Herodes! En serio, no entiendo por qué narices no lo aprovechan más.
Aunque, la verdad, casi que todo esto da igual porque lo peor de todo, lo peor de todo con diferencia, es el final. ¿Qué narices es eso de que crucifiquen al protagonista? ¿Pero no era un superhéroe? ¡Los espectadores quieren historias que acaben bien!
Habíamos pensado hacer merchandising con eso.
¿Merchandising con qué?
Con la cruz. Habíamos pensado hacer collares y esas cosas.
¡¿Pero qué me dices?! ¡La cruz es un instrumento de tortura y muerte! ¿Quién narices va a querer colgarse eso del cuello?¿Se han vuelto todos locos o qué?
Miren… yo lo siento, de verdad que lo siento, pero me temo que esto no tiene ni pies ni cabeza. Definitivamente creo que el mejor consejo que les puedo dar es que olviden este proyecto. Es imposible que funcione.
¿Y si hacemos la promoción diciendo que la historia está basada en hechos reales? Eso haría que la gente…
No se lo creería nadie. En serio, olvídenlo.

1 feb 2013

Cuando la realidad plagió a la ficción


Este artículo sigue la misma línea que una de las clases del curso de Mensajes ocultos del lenguaje audiovisual que estoy impartiendo. Para explicar esto utilicé dos horas en las que mi exposición se intercaló con el debate con los alumnos y el visionado de fragmentos de un documental. Leyendo este el post os parecerá mentira, pero la clase fue divertida.
Hoy en día todos somos espectadores, consumimos ficción televisiva y cinematográfica a diario, por lo que todos, incluso los que no saben qué es eso, conocen multitud de tramas arquetípicas.
Una trama arquetípica no es otra cosa que una linea argumental que se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia y que se ha convertido en un modelo. Cuando una de esas tramas se inicia todo el mundo sabe a qué atenerse porque tiene referentes.
Pero esto no sólo ocurre en la ficción, en la vida diaria también. Las tramas arquetípicas son usadas continuamente por los medios de comunicación que supuestamente venden verdad porque contar las cosas siguiendo estos modelos ayuda a hacer inteligible la realidad.
Pero a veces incluso ya no se trata sólo de una forma de contar lo que ocurre, sino que se da un paso más y se hace lo que sea necesario para que la realidad se ajuste al arquetipo.
Como ejemplo, veremos qué ocurrió en los medios de comunicación a partir del momento en que un par de aviones chocaron contra las torres gemelas el 11 de septiembre de 2001.
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El atentado de las torres gemelas fue ideado a la medida de la televisión. Se emitió en directo a todo el mundo ofreciendo un espectáculo que recordaba enormemente a una larga lista de películas apocalípticas que habían elegido Manhattan como escenario emblemático ideal para representar la destrucción en estado puro. A través de la gran pantalla ya habíamos visto antes cómo Manhattan era arrasado por olas gigantes, por fragmentos de meteorito e incluso por rayos de naves extraterrestres. El cine ha imaginado mil y una formas de destruir esa isla. Por eso no es de extrañar que aquel día los informativos, envenenados ya hace años por la necesidad de conseguir audiencia, aprovechasen al máximo la espectacularidad de la noticia.
Los ejemplos con los que el imaginario colectivo contaba para medir aquello eran cinematográficos y eso, en muchos casos, provocó que el sentido del espectáculo se sobrepusiese a la sensibilidad y la objetividad. Teníamos la sensación de estar viviendo una película y por eso no fuimos capaces de entender realmente la dimensión de lo que estaba pasando hasta días después.
Fue entonces cuando llegó la reflexión y la gran pregunta: ¿Cómo es posible que alguien haga esto? Y, como era de esperar, las respuestas simplistas se impusieron.
Al mismo tiempo que nacían con fuerza multitud de historias que animaban a recuperar la fe en la humanidad, sobre todo historias de bomberos y policías que corrieron en dirección contraria a todo el mundo aquel día, aparecía la figura del terrorista islámico como la explicación de todo.
Aquel atentado era el final de una larga historia. Un grupo de terroristas suicidas se había estado instruyendo para perpetrarlo y detrás de ellos, posibilitando toda la infraestructura necesaria, aparecía la figura del MALO por excelencia, Osama Bin Laden.
Ese personaje encajaba a la perfección con el arquetipo de malo de película. Un millonario excéntrico con un odio visceral hacia la humanidad.
Personalmente dudo mucho que en el mundo real haya existido alguna vez a lo largo de la historia de la humanidad alguien así. Los malos sin matices sólo existen en la ficción, más concretamente en la ficción mal hecha. Si Osama hizo lo que dicen que hizo no fue porque sí, sus motivos tendría y muy probablemente serían comprensibles para cualquiera de nosotros desde un punto de vista sentimental (ver la primera temporada de Homeland, por ejemplo, puede ayudar). Y si Estados Unidos fue el objetivo elegido, lo sano y lo inteligente habría sido pararse a pensar por qué. Hubo quien lo hizo, pero fue una corriente minoritaria. Los grandes medios de comunicación se emplearon a fondo en crear la falsa idea de que el 11S era responsabilidad en exclusiva de un loco que actuaba empujado por un odio irracional. Era importante difundir el mensaje: Nosotros no hemos hecho nada malo, sencillamente hay gente malvada en el mundo.
Las imágenes de los cadáveres se eliminaron de la televisión y la imagen de las torres gemelas desapareció del cine. Se borraron de películas que todavía no se habían estrenado, se reescribió a toda prisa el guión de algunas que todavía no se habían rodado e incluso se retrasó durante meses el estreno de alguna otra. En definitiva, se hizo todo lo que se consideró necesario para cuidar la sensibilidad del público. Y algo importantísimo para que esa sensibilidad se repusiese era recuperar la sensación de seguridad. Identificar al malo no era suficiente, había que hacer algo para reponer el equilibrio.
Muchas películas empiezan mal. Alguien mata a alguien, algo malo pasa, una amenaza surge… esto es lo que lleva a los protagonistas a actuar. Durante todo el segundo acto los personajes avanzan en esa dirección sin desfallecer a pesar de las dificultades y en el tercero se lleva a cabo la consecución de su plan con gran éxito.
Este tipo de trama arquetípica provoca gran satisfacción y sensación de seguridad en el espectador. El mensaje que transmiten es: Da igual lo que nos amenace, siempre encontraremos la forma de combatirlo. Por lo que era un esquema que encajaba a la perfección con lo que Estados Unidos y la civilización occidental en general necesitaba en ese momento.
Para reproducir ese patrón en el mundo real lo primero que había que hacer era marcar un objetivo. Osama Bin Laden funcionaba bien como enemigo a batir, pero no se le puede hacer la guerra a una organización terrorista. Al menos no el tipo de guerra que se necesitaba. Por eso se atacó Afganistán e Irak, para escenificar la guerra al terrorismo.
Esta guerra se luchó en dos bandos, en el frente y en los medios de comunicación. Y en lo que a lo segundo se refiere, la guerra se ganó el día que el ejército americano consiguió derrocar la estatua de Sadam Hussein en la plaza Firdos de Bagdad.
A STATUE OF PRESIDENT SADDAM HUSSEIN FALLS IN CENTRAL BAGHDAD
Fue una imagen buscada, preparada y cuidada. Simbolizaba la victoria, era el final feliz que la película necesitaba. Desde un punto de vista argumental la guerra había terminado.
Lo que en un primer momento parecía el final de una historia en la que los terroristas habían ganado, se había convertido en el principio, en el detonante de otra historia con un final y un mensaje completamente distinto: Los buenos siempre ganan y los buenos somos nosotros.
No imagino a George W. Bush frente a una mesa repleta de señores con galones cosidos a sus americanas gritando algo así como: ¡¡Necesitamos un punto de giro y un final en alto para la guerra!! Pero obviamente los medios de comunicación afines a él sí debieron utilizar estos términos u otros parecidos.
Vivimos en un mundo en el que lo real y lo verosímil se confunden intencionadamente. No dejarse llevar por la versión de los hechos que nos ofrecen sin más, es la obligación de cada uno. Seamos espectadores con sentido crítico.

14 dic 2012

Mensajes ocultos del lenguaje audiovisual


Si tuvisteis la suerte de estudiar filosofía en el instituto, aunque sólo fuese un año, seguramente recordaréis el mito de la caverna de Platón. En él, se describe a unos prisioneros que viven encadenados de tal forma que únicamente pueden mirar hacia una pared donde se proyectan las sombras de unos objetos manipuladas por unos hombres que Platón identificó con los sofistas de su época.
Esta alegoría sigue plenamente vigente, solo que los prisioneros ahora son espectadores, las sombras pantallas y los manipuladores ya no son sofistas, sino los medios de comunicación.
Platón estaba obsesionado con la verdad. Creía en la existencia de un mundo de las ideas y estaba convencido de que en él habitaba la verdad inmutable de todas las cosas.
A mí la verdad me importa menos. No aspiro a contemplarla ni a poseerla. No creo que sea posible salir de la caverna, ni que haya nada fuera. Me concentro en tratar de entender mejor cómo funciona el mundo subterráneo, el de las sombras.
Vivimos en el siglo XXI, la retórica y las verdades a medias son nuestro pan de cada día. Todos conocemos a muchos sofistas, dignos herederos de aquellos que iban de plaza en plaza cobrando por sus lecciones y defendiendo lo uno o lo contrario dependiendo de lo que conviniese en cada momento, pero con la misma convicción y firmeza en sus argumentos. El problema es que, aún hoy, estos malabaristas del discurso muchas veces consiguen su objetivo.
Todos nacemos encadenados, todos somos espectadores. El reto consiste en levantarse y atreverse a mirar directamente el fuego. Ya lo decía Platón, la primera reacción natural de todo ser humano es la de intentar volver a la oscuridad porque, al mirar hacia el origen de la luz, los ojos se resienten.
Dejarse manipular, conformarse con la verdad que nos viene dada, parece lo más cómodo, pero ¿en qué nos convierte eso? Muy sencillo, nos convierte en cifras, en moneda de cambio, en parte amorfa de la masa.
Esta idea, la de que hoy en día todo el mundo ha de reconocerse a sí mismo como espectador y, por tanto, como receptor de toda una serie de mensajes intencionados que es necesario comprender y analizar de forma activa si no se quiere caer en la manipulación, es la que me llevó a proponer un curso titulado igual que este post y que empiezo a impartir esta misma tarde para la Concejalía de Juventud del Ayuntamiento de Valencia.
Llevo tres años impartiendo cursos de iniciación al guión, pero este año me pidieron que les ofreciese algo distinto. Por eso me decidí a proponerles este curso a medio camino entre la filosofía y el análisis de medios con el que, estoy seguro, disfrutaré más que ningún alumno.
La idea es sencilla. Dispongo de veinte alumnos y de diez clases de dos horas cada una para provocar diez debates distintos con un único objetivo común, desarrollar el concepto de espectador activo.
Sinceramente, tengo mucha curiosidad por conocer al grupo de alumnos y ver cómo reaccionan ante lo que les he preparado.
En realidad, yo llevo asistiendo a mi propio curso más de tres meses, desde el mismo momento en que la Concejalía me confirmó que lo habían aprobado. Durante todo este tiempo he estado buscando material audiovisual que me sirviese para documentar las distintas clases que quería impartir. Y he encontrado auténticas joyas.
La que voy a utilizar en la clase de hoy, la primera, es un breve documental de 25 minutos que realizó TVE para celebrar su 50 aniversario. Forma parte de una serie titulada “La imagen de tu vida”, concretamente el capítulo “El mundo ante nuestros ojos”.
Nada más empezar, el documental lanza una frase tan contundente y poderosa, que podría considerarse toda una reflexión en sí misma: “El mundo se transformó al ponerle una cámara delante”.
Acto seguido, el documental analiza el modo en que la televisión revolucionó el modo de entender los acontecimientos históricos. Primero como un modo de contradecir al poder y condicionar la opinión pública en contra de sus intereses, como ocurrió en la guerra de Vietnam. Y después analiza el modo en que el poder aprendió a usar la televisión en su propio beneficio. Hasta llegar al 11S, el acontecimiento mediático más reciente, que fue retransmitido y seguido en directo por una tercera parte de la población mundial, adquiriendo la calidad de espectáculo.
Al final de todo este recorrido, el propio documental lanza otra frase demoledora: “Ahora, si algo no ha sido emitido, es casi como si no hubiese pasado”.
El mundo actual no se entiende sin la televisión porque la televisión lo transformó. Al observarlo el mundo cambió, justo lo que afirma el principio de incertidumbre de Heisenberg, que es realmente por donde empezaré la clase de esta tarde. ¿Lo conocéis?
Según este principio, aunque existiera un microscopio lo suficientemente potente como para poder ver un electrón, seguiríamos sin poder observar su órbita natural. Esto se debe al hecho de que para poder observar cualquier cosa es necesario iluminarla, o dicho de otro modo, sería necesario que un fotón de luz chocase con el electrón para poder verlo. El problema es que, al hacerlo, el fotón modificaría la posición y la velocidad del electrón. Llegando a la conclusión de que jamás podrá observarse la órbita natural de un electrón puesto que este nunca se comportará del mismo modo cuando está siendo observado que cuando no.
Sí, empezaré el curso hablando de electrones. Me encanta. De este modo, si hay algún aprensivo en la sala, tendrá la oportunidad de salir corriendo rápidamente. El resto, los que se queden, podrán debatir conmigo si este principio es aplicable también a lo que le ocurrió al mundo al ponerle una cámara delante. ¿Observar modifica el objeto de estudio?
Y lo que es más importante ¿vendrá alguien a la segunda clase? Sólo los reincidentes podrán ver cómo relaciono el concepto de Panóptico de Jeremy Bentham con CSI, o el mito del eterno retorno de Mircea Eliade con The Wire.
Ya veremos qué cara ponen.

25 sept 2012

Plástico fino


Este relato breve fue publicado en GuionistasVlc el 15/08/12
Plástico fino
Un plástico fino cayendo sobre el asfalto un caluroso día de verano a medio día. Eso, pensaba él, era lo más cerca que un ser inerte podía estar de representar el sufrimiento. Lo había visto una vez siendo todavía un niño y, no sabía muy bien por qué, esa imagen se le había quedado grabada.
Nada más tocar el pavimento, el plástico empezó a retorcerse, a plegarse sobre sí mismo deformándose, dando la sensación de que realmente era capaz de sentir dolor.
Fue un proceso lento y casi hipnótico que acaparó absolutamente toda su atención durante más de un minuto. Sesenta segundos en los que también se sucedieron al menos un par de movimientos bruscos, hacia el segundo quince aproximadamente, como si a aquel ser ya deforme acabase de desencajársele una articulación o estuviese sufriendo convulsiones.
En algún momento, tal vez en el segundo cincuenta y dos del proceso, incluso le pareció oír algo muy parecido a un grito agónico de voz aguda que se fue apagando a medida que la tortura terminó.
Desde aquel día pensaba que cualquiera que contemplase algo así con el estado de ánimo adecuado podría llegar a sentir compasión por aquel objeto. No importa que el plástico no pueda sufrir, cuando asistimos a una representación tan cercana al sufrimiento real, no podemos evitar sentir lástima, ese sentimiento empático que en realidad a penas enmascara algo mucho más fuerte, la sensación de alivio que se siente al no ser el que sufre.
Eso al menos era lo que pensaba él, que incluso un puto trozo de petróleo refinado era capaz de remover algo en las tripas de la gente. Por eso la idea de que su historia, la historia en la que llevaba trabajando meses, fuese incapaz de hacer sentir nada a nadie le atormentaba.
No había dejado que nadie la leyese, pero no era necesario, él sabía que aquello no funcionaba. Así que lo mejor que podía hacer era irse. Olvidar aquello una semana o dos y tratar de volver con la mente despejada. Tal vez, si pasaba el tiempo suficiente alejado de aquella historia, conseguiría perderle el respeto, mirarla con el suficiente desapego como para mutilarla por donde hiciera falta sin sentir remordimientos, incluso aunque el miembro amputado fuese su favorito.
Así que hizo la maleta y se prometió a sí mismo que dejaría de pensar en personajes y tramas durante al menos esas dos semanas.
El camping
En su bloque vivía una niña llamada Ariadna. Lo sabía porque había oído a su madre gritar ese nombre a eso de las 8:45 de la mañana decenas de veces. Él a esa hora ya solía estar trabajando frente al ordenador y, por lo oído, a aquella niña se le solían pegar las sábanas. Cada vez que Ariadna estaba a punto de llegar tarde al colegio él lo sabía. La madre de la niña no contaba con el don de la discreción, pero sí con una admirable capacidad pulmonar que no dudaba en usar para tratar inútilmente de disciplinar a su hija. Después de casi un año viviendo en aquel edificio aquellos gritos se habían convertido en algo cotidiano. Ariadna y su madre formaban parte de su día a día. Por eso le resultaba extraño, incluso incómodo, no tener ni idea de qué aspecto tenían.
Más de una vez se había asomado a la ventana que daba al patio interior a eso de las 8:44 tratando de cazar a la madre gritona, pero resultaba realmente complicado adivinar de qué ventana exacta provenían aquellos gritos. Parecía que salían del edificio de en frente, pero en los patios interiores los sonidos rebotan y, teniendo en cuenta el volumen al que esa mujer proyectaba el nombre de su hija, mientras él vigilaba las ventanas de enfrente Ariadna podía estar luchando con sus legañas cuatro pisos más arriba en su propia escalera.
Una vez incluso salió a la calle a eso de las 8:55 para intentar verlas. Dos minutos antes le había llegado la noticia por el canal habitual de que Ariadna iba a ponerse un jersey azul, por lo que decidió darse un paseo matutino en busca de la niña del jersey azul, pero no hubo suerte. El bloque de edificios era grande, tenía portales que daban a cuatro calles distintas y, teniendo en cuenta que no sabía por qué puerta iban a salir, el operativo de búsqueda compuesto por un solo efectivo resultó ser insuficiente.
Después de casi un año viviendo tan cerca, Ariadna seguía sin tener rostro y probablemente así seguiría por mucho tiempo, tal vez para siempre. Por eso le gustaba tanto ir de camping en sus vacaciones.
En la ciudad los vecinos comparten edificio durante años sin necesidad de verse las caras. Pero en los campings sucede todo lo contrario. A veces puedes saludar de tú a tú a tus nuevos vecinos incluso antes de plantar la tienda. La gente comparte espacio vital, las parcelas son como expositores abiertos al público, no hay paredes y si las hay, son de plástico fino.
Los nuevos vecinos
El kiosco estaba justo en la otra esquina del camping, por lo que cada mañana se daba un paseo de ida y vuelta hasta allí cruzando de punta a punta el recinto y observando el modo en que el hormiguero humano se ponía en marcha.
La mayoría de los días las noticias impresas eran mucho menos interesantes que lo que sucedía en la parcela 112 o lo que parecía haber ocurrido durante la noche en la 307.
Era habitual, por ejemplo, pararse un poco en la 74 a hablar con Gilbert, un abuelo francés que solía quedarse sólo en la parcela de buena mañana cuando su familia se iba a la playa a colocar la sombrilla en primera línea.
Pronto encontró su parcela favorita, la 24. Allí un cincuentón compartía una caravana con un adolescente. Parecían padre e hijo en todo excepto en el modo en que el hombre mayor tocaba al joven.
Tal vez sólo fueran imaginaciones suyas, el resultado deforme de su propia forma de observar. Pero aquella hipótesis hacía que cada mañana, al pasar por delante de la 24, sintiese que el pulso se le aceleraba. La idea de poder cazar cualquier pista que pudiese corroborar su hipótesis le emocionaba y cada mañana el paseo hasta el kiosco le proporcionaba una nueva oportunidad.
Si hubiese plantado su tienda en la 25 probablemente ya habría resuelto el misterio. Podría observarles disimuladamente mientras fingía que leía el periódico. Pero no, él estaba en la 235 y cuando fingía que leía, lo que observaba eran las discusiones de una pareja de jubilados alemanes. Por lo que, a priori, parecía que le había tocado en suerte la primera fila para un espectáculo de segunda. Pero pronto se dio cuenta de que aquella pareja podía llegar incluso a superar en suspense a la de la parcela 25.
Las discusiones de los jubilados alemanes eran siempre en un tono de voz moderado, discreto. Pero observándoles descubrió que la violencia que se desprendía de ellas resultaba brutal. El hombre era corpulento y la mujer parecía sentir un miedo sincero hacia él. No entendía una palabra de lo que decían, pero su expresión corporal hablaba por sí misma. Jamás les vio tocarse, la mujer guardaba las distancias y se comportaba como lo haría una sirvienta temerosa de su amo. El hombre aprovechaba cualquier torpeza de ella para machacarla. Más de una vez le pareció verla llorar, pero nunca estuvo seguro. Hasta que un día, sin más, la mujer desapareció y su mente de guionista dejó de estar definitivamente de vacaciones.
El zippo, el ajedrez y la madrugada del último día
¿Era el único que se había dado cuenta? Una mujer había desaparecido y su asesino seguía en el camping como si nada, aparentemente más tranquilo que nunca, como si se hubiese quitado un peso de encima, como si hubiese conseguido su objetivo.
Sabía que muy probablemente aquello sólo fuesen imaginaciones suyas. Tal vez la mujer había decidido volver por su cuenta y ya estaba en Berlín, en Bremen, en Landau o donde quiera que viviese, quejándose a su hija de lo cabezota que se había vuelto su padre con los años. Pero… ¿y si no era así?
Él sólo sabía que cada vez se pasaba más horas al día leyendo el periódico en su parcela y cada vez estaba menos al día de la actualidad nacional, mundial o deportiva.
A su vez, el alemán también parecía anclado a su parcela. A penas se movía de allí ni hacía nada más que beber güisqui, recargar una y otra vez su zippo y mover las fichas de un tablero de ajedrez de plástico como si jugase una partida contra sí mismo.
Mientras le observaba, su mente enferma no paraba de crear hipótesis. ¿Y si el cadáver de la mujer estuviese en la tienda? Tal vez por eso no se movía de su parcela, por miedo a que alguien lo descubriese.
Tenía que echar un vistazo. Era su último día de vacaciones y no podía irse de allí sin al menos intentar averiguar algo. Fue entonces cuando se le ocurrió una de sus estupideces. ¿Y si jugaba una partida de ajedrez con él? Sería una buena forma de acercarse, de pasar un rato en su parcela y, tal vez, echar un ojo al interior de la tienda. Y, si no descubría nada, al menos siempre recordaría aquel verano como aquel en el que jugó una partida de ajedrez con un asesino.
Le costó dar el primer paso, pero los otros tres vinieron solos. Para cuando quiso darse cuenta estaba a menos de un metro del alemán y señalando el tablero de ajedrez. El hombre le miró de arriba a abajo como descubriendo su existencia. Durante un par de segundos pareció dudar, pero después le hizo una seña dándole permiso para sentarse.
El hombre soltó la botella por un momento, cogió un peón de cada color escondiéndolos en aquellas manos enormes y le dió a elegir a él, a ciegas, el color con el que jugaría. Le tocó jugar con blancas.
La partida duró varias horas y ambos permanecieron en silencio todo ese tiempo. Ya de madrugada, cuando a penas quedaban diez piezas encima del tablero, tuvo una sensación extraña, la sensación de que en aquella partida estaba en juego algo importante.
El hombre no había dejado de beber desde que se habían colocado las piezas en el tablero y, aunque parecía buen jugador, había cometido varios de errores graves. Casi cualquiera, incluso sin tener grandes dotes como ajedrecista, podría haberle ganado la partida llegados a ese punto.
Se le pasó por la cabeza que tal vez lo habría hecho a propósito. Pero cuando el jaque mate estuvo claro, se dio cuenta de que no. Aquel hombre no quería perder, de hecho, parecía tener miedo a que la partida acabara. Pero acabó. El guionista, sin estar muy seguro de lo que hacía y sin saber qué consecuencias podía traerle aquello, tomó al rey negro con su alfil.
Entonces, aquel alemán enorme, sencillamente echó un último trago, cogió su zippo y la lata de combustible de encima de la mesa, se levantó y se metió en la tienda. Sin mirarle, sin decir una palabra.
El guionista se quedó allí sentado, tomándose unos segundos para asimilar un final tan decepcionante y preguntándose qué habría pasado si en vez de ganar hubiese perdido la partida.
Se levantó y se fue, pero ni siquiera había dado los cuatro pasos de vuelta que le separaban de su parcela cuando un fogonazo de luz le obligó a girarse. La tienda del alemán estaba en llamas.
No pudo hacer nada más que contemplar cómo la lona de la tienda empezaba a plegarse sobre sí misma atrapando en su interior al alemán.
Alguna vez había oído hablar de ese efecto. Al prenderse fuego en el interior de una tienda de campaña, las llamas consumen el oxígeno que hay dentro provocando que las paredes, casi siempre hechas de plástico fino, se peguen unas a otras haciendo imposible la escapatoria.
Ante él, aquella masa de plástico incandescente se retorcía dejando entre ver la silueta del alemán todavía vivo en su interior. Durante más de un minuto aquella visión acaparó absolutamente toda su atención, transportándole a aquel caluroso día de verano en el que, siendo todavía un niño, sintió lástima por un simple trozo de plástico fino y preguntándose por qué ahora no era capaz de sentir lo mismo.
La vuelta a casa
Al día siguiente los periódicos hablaban de que una pareja de jubilados alemanes había muerto tras incendiarse su tienda en un camping de la costa española. Pero nadie hablaba de eso en su edificio, la noticia más importante del día era que una de sus vecinas había sido ingresada en un psiquiátrico por paranoia. Al parecer, tenía la costumbre de hablar a gritos con una hija imaginaria.
Intentó escribir, reemprender aquella historia desde donde la había dejado, pero le costó volver a la rutina. Las mañanas ya no eran lo mismo sin Ariadna.