19 oct 2012

Tots a una veu


“Nos van a mandar a la mierda, ya verás.” Eso fue lo que le dije a Guada Sáez media hora antes de que empezase la primera reunión.
Habíamos convocado a un grupo de diez amigos guionistas que acudieron sin saber gran cosa. La única información que tenían era un breve mensaje incluido en un grupo privado de facebook llamado “¿Hacemos un largo?” que habíamos creado una semana antes.
La idea era aparentemente simple: Rodar un largometraje compuesto por diez cortometrajes distintos con un tema común, la situación actual de la Comunidad Valenciana. Y hacerlo ya, antes de que acabase el año.
El factor tiempo era importante. No íbamos a invertir ni un sólo día en intentar conseguir ninguna subvención, no haríamos ninguna campaña de crowdfunding y tampoco invertiríamos ni un solo segundo en pensar el modo de conseguir un patrocinador ni nada parecido. Esto, o lo hacíamos ahora con los medios de los que ya disponíamos, o no lo hacíamos.
“Ya verás como no”. Me respondió Guada media hora antes de que empezase la reunión. Y al final resultó que tenía razón.
La gente reaccionó muy positivamente y para cuando quise darme cuenta ya estábamos fijando una fecha límite de entrega de la primera versión de los guiones.
Fue entonces cuando jugamos nuestro as en la manga. Escribir era una cosa, pero empezar a rodar era otra completamente distinta. Por eso, contar con un equipo técnico estable dispuesto a rodar las historias de todos aquellos que no contasen con su propio equipo fue fundamental. Paco Barreda y Nuria Cardona habían asumido ese reto antes incluso de la primera reunión con los guionistas y estoy seguro de que si este proyecto está saliendo adelante es, en gran parte, gracias a ellos.
En este tiempo ha habido bajas y altas. Por razones varias, hubo quien tuvo que abandonar el proyecto, pero también hubo quien nos pidió subirse al tren en marcha, por lo que el número de historias siempre ha permanecido estable. Además, el número de personas implicadas de algún modo u otro no para de crecer. A día de hoy, esta es la lista de guionistas implicados en el proyecto: Ignacio Díaz, Juan Antonio Cerezuela, Mertxe Aguilar, Óscar González, Carmen Valera, Néstor Vilar, Paco Barreda, Josep Vicent Miralles, Mar Solana, Guadalupe Sáez y un servidor.
Y poco más hay que contar. La primera reunión fue el 27 abril de 2012 y el primer rodaje el 10 de agosto. Según el calendario que hemos fijado, y que hasta el momento estamos cumpliendo a rajatabla, a principios de noviembre ya lo tendremos todo rodado y podremos estrenar a principios del año que viene. Si todo va bien, no habrá pasado ni un año desde que se nos ocurrió la idea hasta su estreno.
A continuación, si me permitís, responderé a una serie de preguntas que sé que rondan en las cabezas de muchos:
Has dicho que los historias tratan la situación actual de la Comunidad Valenciana ¿vais a dar caña o qué?
Estoy seguro de que más de uno se sentirá ofendido con alguna de las historias. Hay mucho tonto susceptible suelto que, en el fondo, se siente culpable y no soporta descubrir que otros nos hemos dado cuenta de la clase de persona que es. Pero eso, aunque no es nuestro objetivo, resulta inevitable.
El hecho de que no dependíamos económicamente de nadie, nos permitía hacer y decir lo que nos diese la gana. Pero desde el primer momento tuvimos claro que no queríamos hacer nada panfletario, ni reivindicativo, ni acusica, ni triste. Sencillamente, cada uno de nosotros eligió un tema y escribió un guión. El resultado es una serie de historias de estilos y enfoques completamente distintos pero con algo en común, todas se dejan ver con una sonrisa en la cara.
¿Cuál es el objetivo? ¿Qué pretendéis con esto?
Tal y como están las cosas por aquí, ya daba por supuesto que este verano iba a pasar sin pena ni gloria profesionalmente hablando para mí. En cambio, acabaré 2012 habiendo participado en el rodaje de un largometraje. Sólo por eso a mí ya me merece la pena.
Pero hay más motivos. El objetivo de este proyecto no es otro que llegar al mayor número de gente posible y tratar de hacerles reflexionar sobre todo lo que está pasando. Nosotros trabajamos con las imágenes, eso es lo que sabemos hacer, y sólo estamos usando lo que sabemos hacer para lanzar nuestra opinión.
Puede que el sector cultural en la Comunidad Valenciana esté tocado de muerte. Pero yo sigo vivo y no me da la gana estarme calladito.
Si estáis dispuestos a trabajar gratis ¿por qué os ponéis tan pesados luego para que os paguen?
Perdona, esto no es trabajar. Cuando un futbolista profesional echa una pachanguita en verano con sus colegas del pueblo, no está trabajando. Cuando un actor porno echa un polvete mañanero sin que ninguna cámara lo grabe, no está trabajando. Pues nosotros lo mismo. Esto es una pachanguita con los colegas, lo que pasa es que hay gente tan buena en el campo y nos lo hemos tomado tan en serio, que estamos dando espectáculo.
¿Por qué vais por ahí fardando de que esta es una producción de coste cero?
No hemos fardado de nada, lo que ocurre es que, por alguna extraña razón, eso de que estamos consiguiendo levantar el proyecto sin disponer de ningún presupuesto parece llamar mucho la atención. Pero no es algo de lo que estemos orgullosos. Ojalá cuando concebimos la idea hubiésemos visto claro que el mejor modo de financiarla era de este o de aquel otro modo, pero sabíamos que algo así lo iba a tener muy complicado y que si lo intentábamos, esta parte del proceso se eternizaría poniendo en peligro las ganas y el empuje inicial. Simplemente decidimos saltarnos esta parte y asumir los handicaps que ello iba a suponer.
Por supuesto, hemos tenido que invertir algo de dinero. El catering de cada rodaje, por ejemplo, lo asume el responsable de cada cortometraje. Y si hay que comprar algún objeto de attrezzo o algo de vestuario también. Pero más allá de eso no está habiendo muchos más gastos porque cada una de las personas que ha decidido participar en este proyecto lo ha hecho sabiendo cuales eran las condiciones y desde el primer momento están haciendo todo lo posible para abaratar costes, aportando gratuitamente todo el material técnico del que disponen y su propio trabajo.
Podría decirse que “Tots a una veu” es un proyecto personal de medio centenar de personas.
Además, cuando el proyecto empezó a ser conocido (se ha hablado del proyecto aquíaquíaquíaquíaquíaquí y aquí), nos encontramos con que gente que todavía no estaba vinculada al proyecto se ponía en contacto con nosotros para ofrecernos su colaboración y sus equipos. Por poner un ejemplo, han llegado a ofrecernos una cámara subacuática con operador incluido.
Teniendo todo esto en cuenta, para hablar con propiedad lo que deberíamos decir no es que esta es una producción de coste cero. En realidad nos estamos gastando una millonada. Si considerásemos que cada una de las personas que participan en el proyecto es un productor que ha asumido los costes de su propio sueldo y el importe del alquiler de materiales y calculásemos esos gastos según el valor actual del mercado… el presupuesto estaría muy lejos de ser cero.
Yo he sido el primer sorprendido con todo esto. La envergadura y el nivel de implicación que está consiguiendo este proyecto ha superado con creces mis expectativas.
De verdad que no entiendo cómo habiendo tal cantidad de profesionales de primer nivel con ganas de trabajar, el sector audiovisual de esta comunidad está como está. Supongo que incluso el mejor equipo humano mal dirigido se la acaba pegando. Y nos la hemos pegado, de eso no hay duda. Pero si ya hemos tocado fondo, empecemos a levantarnos. Deshagámonos de bultos extraños y empecemos a andar.
Estoy seguro de que este proyecto es un pequeño paso en la dirección correcta.

25 sept 2012

Plástico fino


Este relato breve fue publicado en GuionistasVlc el 15/08/12
Plástico fino
Un plástico fino cayendo sobre el asfalto un caluroso día de verano a medio día. Eso, pensaba él, era lo más cerca que un ser inerte podía estar de representar el sufrimiento. Lo había visto una vez siendo todavía un niño y, no sabía muy bien por qué, esa imagen se le había quedado grabada.
Nada más tocar el pavimento, el plástico empezó a retorcerse, a plegarse sobre sí mismo deformándose, dando la sensación de que realmente era capaz de sentir dolor.
Fue un proceso lento y casi hipnótico que acaparó absolutamente toda su atención durante más de un minuto. Sesenta segundos en los que también se sucedieron al menos un par de movimientos bruscos, hacia el segundo quince aproximadamente, como si a aquel ser ya deforme acabase de desencajársele una articulación o estuviese sufriendo convulsiones.
En algún momento, tal vez en el segundo cincuenta y dos del proceso, incluso le pareció oír algo muy parecido a un grito agónico de voz aguda que se fue apagando a medida que la tortura terminó.
Desde aquel día pensaba que cualquiera que contemplase algo así con el estado de ánimo adecuado podría llegar a sentir compasión por aquel objeto. No importa que el plástico no pueda sufrir, cuando asistimos a una representación tan cercana al sufrimiento real, no podemos evitar sentir lástima, ese sentimiento empático que en realidad a penas enmascara algo mucho más fuerte, la sensación de alivio que se siente al no ser el que sufre.
Eso al menos era lo que pensaba él, que incluso un puto trozo de petróleo refinado era capaz de remover algo en las tripas de la gente. Por eso la idea de que su historia, la historia en la que llevaba trabajando meses, fuese incapaz de hacer sentir nada a nadie le atormentaba.
No había dejado que nadie la leyese, pero no era necesario, él sabía que aquello no funcionaba. Así que lo mejor que podía hacer era irse. Olvidar aquello una semana o dos y tratar de volver con la mente despejada. Tal vez, si pasaba el tiempo suficiente alejado de aquella historia, conseguiría perderle el respeto, mirarla con el suficiente desapego como para mutilarla por donde hiciera falta sin sentir remordimientos, incluso aunque el miembro amputado fuese su favorito.
Así que hizo la maleta y se prometió a sí mismo que dejaría de pensar en personajes y tramas durante al menos esas dos semanas.
El camping
En su bloque vivía una niña llamada Ariadna. Lo sabía porque había oído a su madre gritar ese nombre a eso de las 8:45 de la mañana decenas de veces. Él a esa hora ya solía estar trabajando frente al ordenador y, por lo oído, a aquella niña se le solían pegar las sábanas. Cada vez que Ariadna estaba a punto de llegar tarde al colegio él lo sabía. La madre de la niña no contaba con el don de la discreción, pero sí con una admirable capacidad pulmonar que no dudaba en usar para tratar inútilmente de disciplinar a su hija. Después de casi un año viviendo en aquel edificio aquellos gritos se habían convertido en algo cotidiano. Ariadna y su madre formaban parte de su día a día. Por eso le resultaba extraño, incluso incómodo, no tener ni idea de qué aspecto tenían.
Más de una vez se había asomado a la ventana que daba al patio interior a eso de las 8:44 tratando de cazar a la madre gritona, pero resultaba realmente complicado adivinar de qué ventana exacta provenían aquellos gritos. Parecía que salían del edificio de en frente, pero en los patios interiores los sonidos rebotan y, teniendo en cuenta el volumen al que esa mujer proyectaba el nombre de su hija, mientras él vigilaba las ventanas de enfrente Ariadna podía estar luchando con sus legañas cuatro pisos más arriba en su propia escalera.
Una vez incluso salió a la calle a eso de las 8:55 para intentar verlas. Dos minutos antes le había llegado la noticia por el canal habitual de que Ariadna iba a ponerse un jersey azul, por lo que decidió darse un paseo matutino en busca de la niña del jersey azul, pero no hubo suerte. El bloque de edificios era grande, tenía portales que daban a cuatro calles distintas y, teniendo en cuenta que no sabía por qué puerta iban a salir, el operativo de búsqueda compuesto por un solo efectivo resultó ser insuficiente.
Después de casi un año viviendo tan cerca, Ariadna seguía sin tener rostro y probablemente así seguiría por mucho tiempo, tal vez para siempre. Por eso le gustaba tanto ir de camping en sus vacaciones.
En la ciudad los vecinos comparten edificio durante años sin necesidad de verse las caras. Pero en los campings sucede todo lo contrario. A veces puedes saludar de tú a tú a tus nuevos vecinos incluso antes de plantar la tienda. La gente comparte espacio vital, las parcelas son como expositores abiertos al público, no hay paredes y si las hay, son de plástico fino.
Los nuevos vecinos
El kiosco estaba justo en la otra esquina del camping, por lo que cada mañana se daba un paseo de ida y vuelta hasta allí cruzando de punta a punta el recinto y observando el modo en que el hormiguero humano se ponía en marcha.
La mayoría de los días las noticias impresas eran mucho menos interesantes que lo que sucedía en la parcela 112 o lo que parecía haber ocurrido durante la noche en la 307.
Era habitual, por ejemplo, pararse un poco en la 74 a hablar con Gilbert, un abuelo francés que solía quedarse sólo en la parcela de buena mañana cuando su familia se iba a la playa a colocar la sombrilla en primera línea.
Pronto encontró su parcela favorita, la 24. Allí un cincuentón compartía una caravana con un adolescente. Parecían padre e hijo en todo excepto en el modo en que el hombre mayor tocaba al joven.
Tal vez sólo fueran imaginaciones suyas, el resultado deforme de su propia forma de observar. Pero aquella hipótesis hacía que cada mañana, al pasar por delante de la 24, sintiese que el pulso se le aceleraba. La idea de poder cazar cualquier pista que pudiese corroborar su hipótesis le emocionaba y cada mañana el paseo hasta el kiosco le proporcionaba una nueva oportunidad.
Si hubiese plantado su tienda en la 25 probablemente ya habría resuelto el misterio. Podría observarles disimuladamente mientras fingía que leía el periódico. Pero no, él estaba en la 235 y cuando fingía que leía, lo que observaba eran las discusiones de una pareja de jubilados alemanes. Por lo que, a priori, parecía que le había tocado en suerte la primera fila para un espectáculo de segunda. Pero pronto se dio cuenta de que aquella pareja podía llegar incluso a superar en suspense a la de la parcela 25.
Las discusiones de los jubilados alemanes eran siempre en un tono de voz moderado, discreto. Pero observándoles descubrió que la violencia que se desprendía de ellas resultaba brutal. El hombre era corpulento y la mujer parecía sentir un miedo sincero hacia él. No entendía una palabra de lo que decían, pero su expresión corporal hablaba por sí misma. Jamás les vio tocarse, la mujer guardaba las distancias y se comportaba como lo haría una sirvienta temerosa de su amo. El hombre aprovechaba cualquier torpeza de ella para machacarla. Más de una vez le pareció verla llorar, pero nunca estuvo seguro. Hasta que un día, sin más, la mujer desapareció y su mente de guionista dejó de estar definitivamente de vacaciones.
El zippo, el ajedrez y la madrugada del último día
¿Era el único que se había dado cuenta? Una mujer había desaparecido y su asesino seguía en el camping como si nada, aparentemente más tranquilo que nunca, como si se hubiese quitado un peso de encima, como si hubiese conseguido su objetivo.
Sabía que muy probablemente aquello sólo fuesen imaginaciones suyas. Tal vez la mujer había decidido volver por su cuenta y ya estaba en Berlín, en Bremen, en Landau o donde quiera que viviese, quejándose a su hija de lo cabezota que se había vuelto su padre con los años. Pero… ¿y si no era así?
Él sólo sabía que cada vez se pasaba más horas al día leyendo el periódico en su parcela y cada vez estaba menos al día de la actualidad nacional, mundial o deportiva.
A su vez, el alemán también parecía anclado a su parcela. A penas se movía de allí ni hacía nada más que beber güisqui, recargar una y otra vez su zippo y mover las fichas de un tablero de ajedrez de plástico como si jugase una partida contra sí mismo.
Mientras le observaba, su mente enferma no paraba de crear hipótesis. ¿Y si el cadáver de la mujer estuviese en la tienda? Tal vez por eso no se movía de su parcela, por miedo a que alguien lo descubriese.
Tenía que echar un vistazo. Era su último día de vacaciones y no podía irse de allí sin al menos intentar averiguar algo. Fue entonces cuando se le ocurrió una de sus estupideces. ¿Y si jugaba una partida de ajedrez con él? Sería una buena forma de acercarse, de pasar un rato en su parcela y, tal vez, echar un ojo al interior de la tienda. Y, si no descubría nada, al menos siempre recordaría aquel verano como aquel en el que jugó una partida de ajedrez con un asesino.
Le costó dar el primer paso, pero los otros tres vinieron solos. Para cuando quiso darse cuenta estaba a menos de un metro del alemán y señalando el tablero de ajedrez. El hombre le miró de arriba a abajo como descubriendo su existencia. Durante un par de segundos pareció dudar, pero después le hizo una seña dándole permiso para sentarse.
El hombre soltó la botella por un momento, cogió un peón de cada color escondiéndolos en aquellas manos enormes y le dió a elegir a él, a ciegas, el color con el que jugaría. Le tocó jugar con blancas.
La partida duró varias horas y ambos permanecieron en silencio todo ese tiempo. Ya de madrugada, cuando a penas quedaban diez piezas encima del tablero, tuvo una sensación extraña, la sensación de que en aquella partida estaba en juego algo importante.
El hombre no había dejado de beber desde que se habían colocado las piezas en el tablero y, aunque parecía buen jugador, había cometido varios de errores graves. Casi cualquiera, incluso sin tener grandes dotes como ajedrecista, podría haberle ganado la partida llegados a ese punto.
Se le pasó por la cabeza que tal vez lo habría hecho a propósito. Pero cuando el jaque mate estuvo claro, se dio cuenta de que no. Aquel hombre no quería perder, de hecho, parecía tener miedo a que la partida acabara. Pero acabó. El guionista, sin estar muy seguro de lo que hacía y sin saber qué consecuencias podía traerle aquello, tomó al rey negro con su alfil.
Entonces, aquel alemán enorme, sencillamente echó un último trago, cogió su zippo y la lata de combustible de encima de la mesa, se levantó y se metió en la tienda. Sin mirarle, sin decir una palabra.
El guionista se quedó allí sentado, tomándose unos segundos para asimilar un final tan decepcionante y preguntándose qué habría pasado si en vez de ganar hubiese perdido la partida.
Se levantó y se fue, pero ni siquiera había dado los cuatro pasos de vuelta que le separaban de su parcela cuando un fogonazo de luz le obligó a girarse. La tienda del alemán estaba en llamas.
No pudo hacer nada más que contemplar cómo la lona de la tienda empezaba a plegarse sobre sí misma atrapando en su interior al alemán.
Alguna vez había oído hablar de ese efecto. Al prenderse fuego en el interior de una tienda de campaña, las llamas consumen el oxígeno que hay dentro provocando que las paredes, casi siempre hechas de plástico fino, se peguen unas a otras haciendo imposible la escapatoria.
Ante él, aquella masa de plástico incandescente se retorcía dejando entre ver la silueta del alemán todavía vivo en su interior. Durante más de un minuto aquella visión acaparó absolutamente toda su atención, transportándole a aquel caluroso día de verano en el que, siendo todavía un niño, sintió lástima por un simple trozo de plástico fino y preguntándose por qué ahora no era capaz de sentir lo mismo.
La vuelta a casa
Al día siguiente los periódicos hablaban de que una pareja de jubilados alemanes había muerto tras incendiarse su tienda en un camping de la costa española. Pero nadie hablaba de eso en su edificio, la noticia más importante del día era que una de sus vecinas había sido ingresada en un psiquiátrico por paranoia. Al parecer, tenía la costumbre de hablar a gritos con una hija imaginaria.
Intentó escribir, reemprender aquella historia desde donde la había dejado, pero le costó volver a la rutina. Las mañanas ya no eran lo mismo sin Ariadna.