18 abr 2012

Desencontres


Este post se publicó en Guionistas VLC el 28/03/2012 y merece la pena leer los comentarios allí porque traen sorpresa. 
“Hay una percepción accesoria de la cultura. Algo de lo que se puede prescindir porque no es tan importante. Solo cuando ya se tiene todo, invertimos en cultura. Esta es una dinámica peligrosa sobre todo porque los discursos pesimistas que tienden a pararlo todo se están interiorizando mucho y, precisamente, si algo va a sacarnos de la crisis es la reacción de la sociedad civil. La sociedad es la que nos tiene que sacar de donde estamos y la cultura es un instrumento importantísimo de dinamización y de expresión de la sociedad civil. Y, por tanto, este es un momento en que la cultura es más importante que nunca.”
Esta reflexión lúcida pudo escucharse el pasado lunes por la noche en el programa Encontres de Nou 2, la segunda cadena de Canal 9, formulada por Vicent Frechina, presidente de la Federación de Institutos de Estudios Comarcales.
Sin duda, que en una televisión publica haya espacios para expresar este tipo de reflexiones es una buena noticia incuestionable. El problema es que esta perla no llegó hasta el minuto 21 del programa y, me temo, que fueron muy pocos los que lograron soportar hasta ese minuto. Yo mismo, si fui capaz de ver el programa entero prestando atención, no fue por gusto, sino por trabajo. Muy muy probablemente de haber empezado a ver este programa en el sofá de mi casa no habría aguantado más de tres o cuatro minutos. Cambiar de canal es muy fácil y  lo habría hecho sin ni siquiera sentirme culpable.
El problema es simple, Encontres es un programa ABURRIDO. Así, en mayúsculas, para que se entienda.
Esta afirmación es totalmente subjetiva, por supuesto, pero viene de alguien que se pasó cinco años en la facultad de filosofía. Lo cual, si bien no es garantía de nada, sin duda sí es una prueba de que soy alguien acostumbrado a los discursos densos. Yo no solo iba a las clases, además las disfrutaba, por lo que podéis estar seguros de que tengo el umbral del aburrimiento bastante alto. Cuando lo que se me cuenta es lo suficientemente interesante soy capaz de perdonar casi cualquier cosa, menos la desgana.
En la facultad, no todos los profesores sabían dar clase. Algunos incluso ofrecían indicios claros de que ese amor por la filosofía que se les presupone, si lo habían sentido en algún momento, ya se había extinguido hacía años. Pero cuando te tropezabas con uno de esos profesores apasionados que además dominaban su materia y era capaz de transmitir esa pasión necesaria para enfrentarse a temas tan complejos y aparentemente aburridos como los que trata la filosofía, ibas a clase preguntándote ¿de qué nos hablará hoy?
Cursé muchas asignaturas en la carrera y solo encontré a tres o tal vez cuatro profesores así, pero todavía les estoy muy agradecido.
Los profesores de la facultad de filosofía parten con una ventaja respecto de los presentadores de televisión. El público con el que cuentan estos profesores es un grupo de gente predispuesta a tolerar cierta dosis de sopor a cambio de llevarse alguna que otra perla a casa de vez en cuando. Están allí para eso. Han pagado su matrícula y aspiran a sacarse el título.
Esto, desde luego, no ocurre con el espectador medio televisivo. Cuando un programa les aburre cambian de canal, ni se lo piensan.
Tal vez los programas culturales no tengan un público potencial real del 100% de los espectadores sencillamente porque hay un porcentaje de ellos que, por muy bien hecho que esté y por muy interesante que resulte, jamás se pararían a ver un programa cultural. Lo dudo mucho, pero estoy dispuesto a conceder este margen. A lo que me niego rotundamente es a admitir que los programas culturales están condenados a franjas horarias peregrinas, segundas cadenas y públicos minoritarios. A mi parecer, quien opine de este modo jamás debería trabajar en uno de esos programas, ni mucho menos ser programador de televisión.
Los programas culturales pueden y deben aspirar a entretener y enganchar al mayor número de espectadores posible. La cultura no es aburrida, en todo caso lo será quien habla de ella.
Existen muchísimas estrategias de narración ideadas para captar la atención del espectador que pueden ser puesta en práctica independientemente de cual sea el tema que se esté tratando.
Por ejemplo, conseguir que el espectador sienta curiosidad al inicio del programa por algo que se tratará más adelante en profundidad puede conseguir que más de uno decida dejar el mando a distancia tranquilo un rato. Por eso la presentación del programa es tan importante y por eso Encontres ya arranca mal. Su presentación se limita a lanzar uno detrás de otro los nombres de los invitados y poco más. Los cargos que ocupan o el título del libro que vienen a presentar no son ganchos capaces de conseguir que nadie se interese, a menos que ya los conociese de antes y hubiese un interés previo. Por eso, trabajar más esa presentación teniendo claro desde un primer momento, incluso antes de hacer la entrevista, qué va a interesar al espectador y plasmarlo de forma atractiva, es fundamental.
Otro aspecto a tener en cuenta es el ritmo. La televisión de hoy en día es rápida, que un programa sea cultural no quiere decir que tenga licencia para funcionar a mitad de revoluciones en todo su recorrido. Por supuesto, las conversaciones han de ser naturales y tranquilas. Los invitados han de disponer de tiempo para expresarse sin agobios. Pero en todo lo demás hay que ser tan dinámicos como sea posible.
Un error grave que comete Encontres en ese aspecto es presentar tres veces al protagonista de cada video. Sí, he dicho tres. El presentador da paso a las piezas enlatadas del programa nombrando al protagonista de la misma y explicando el motivo de que hayan decidido dedicarle ese video. Acto seguido aparece dicha persona presentándose a sí misma diciendo su nombre y repitiendo casi de forma exacta las palabras que acabamos de escuchar del presentador a penas un segundo antes y, por si algún despistado no se había enterado, se triplica la información con un rótulo sobreimpreso en la pantalla que, cuando llega, resulta totalmente redundante. Esta forma de presentar cada video ralentiza muchísimo, aburre y dan ganas de coger el mando, no para cambiar de canal, sino para lanzarlo con todas las fuerzas contra la pantalla.
Y, por último, respecto a las entrevistas (que ocupan la mayor parte de este programa) digamos algunas obviedades:
-Antes de recibir al invitado conviene investigar sobre él y sobre el asunto que se va a tratar para preparar una paleta de temas que evite que la conversación se estanque.
-En el caso concreto de que la conversación vaya a girar en torno a un libro, conviene leerse el libro.
-Durante la entrevista, hay que escuchar al entrevistado y lanzar las preguntas a colación de lo que está diciendo, no a contra pie.
-Evitar los egocentrismos. El entrevistador está ahí para conducir la entrevista, no para demostrar nada.
No he estudiado periodismo, por lo que estoy seguro de que cualquier periodista podría hablar con mucho más conocimiento sobre cómo debe hacerse una entrevista. Pero me parece que estos pocos puntos que he destacado son casi de sentido común. Pues bien, os invito a que veáis el programa y valoréis por vosotros mismos si es así o no.
Como dato objetivo diré que al inicio de la segunda entrevista el presentador lee directamente las tapas del libro, usando este texto como presentación. A mi entender, esto resulta muy pobre, en absoluto ambicioso y despierta serias dudas a cerca de si el entrevistador se ha leído el libro o se ha quedado en las tapas. De hecho, me parece una prueba evidente de aquello que dije antes que no era capaz de perdonar, la desgana.
Quiero terminar usando las mismas palabras que Ricardo Bellveser, el presentador de Encontres, usa para despedir el programa:
“Hasta aquí el Encontres de hoy. Yo les espero en el próximo Encontres porque los programas culturales son un acto de complicidad y eso nos afecta tanto a usted como a nosotros. Muchísimas gracias por estar ahí.”
Hace bien en dar las gracias porque si alguien se quedó hasta el final es como para agradecérselo. Y también acierta plenamente afirmando que los programas culturales son un acto de complicidad, lástima que no sea capaz transmitirla.

28 mar 2012

Animales


Este post fue publicado en Guionistas VLC el 12/03/12
El otro día vi un documental sobre focas. Concretamente contaba la historia de Maggy, una foca hembra en la flor de la vida.
Maggy no tenia nada de particular, era una foca como todas las demás. De hecho, si os soy sincero, no estoy muy seguro de que realmente todas las imágenes que componían el documental fuesen de la misma foca. Es probable que los realizadores estuviesen un tiempo grabando focas al tuntún y después decidiesen montar aquello de tal forma que, con la ayuda inestimable de una voz en off, los espectadores incautos como yo nos tragásemos que todas aquellas aventuras y desventuras formaban parte de la vida de una sola foca.
Pero la cuestión es que me lo creí, porque me apetecía creérmelo y porque la idea de descubrir cómo es el día a día de una foca común sacó el cotilla que llevo dentro. Por suerte, mereció la pena. La vida de aquella foca resultó ser de lo más interesante. Cazaba peces compinchándose con sus colegas, tomaba el sol en las rocas y cada vez que se encontraba con un erizo de mar se pinchaba el hocico por curiosa. ¡Maggy era la monda! Pero lo mejor estaba por venir. De repente llegó la época de celo y Maggy se puso de un cachondo tan subido que todos los machos querían enrollarse con ella. Le tenían tantas ganas que hubo peleas y todo. Al final, Maggy eligió justo al que más me gustaba para ella, ¡no veas qué alegría me dio! Era un macho enorme, elegante y con mucho porte. Esa misma noche hicieron el amor apasionadamente en la playa, bañados por las olas del Pacífico norte.
A los diez meses y medio nació Pegy, una foca preciosa con los ojos de su madre y los andares de su padre. Si el documental me estaba gustando, ahora me tenía enganchadísimo. Me sentía orgulloso de ver como aquel pequeño animalito daba sus primeros aleteos por el mundo. Especialmente emocionante fue el momento en que Pegy cazó su primer pez. ¡Pero qué grande!
Las focas, mira tú que cosa más inesperada, se convirtieron en mi animal más preferido.
Pero entonces ocurrió algo espantoso. Era la hora de comer y todas las focas estaban pescando alrededor de un banco de sardinas que se había acercado a la costa. De repente, una de ellas vio algo y huyó a la orilla como alma que lleva el diablo. Todas las demás, alertadas por esta, huyeron a la playa. Todas menos Pegy, que en ese momento se encontraba justo a punto de cazar su tercera sardina del día, lo que habría supuesto un nuevo récord personal que contar a Maggy. Seguro que su madre se habría sentido muy orgullosa de ella, pero por culpa de este entusiasmo en la caza Pegy no se dio cuenta de que en aquellas aguas había algo maligno, una ballena asesina.
Aquella mole de carne hidrodinámica se lanzó sobre ella con tanta velocidad que para cuando Pegy alcanzó a ver una sombra negra y blanca por el rabillo del ojo, unos dientes de más de diez centímetros ya le estaban desmembrando. La sangre de Pegy tiñó el agua y yo me sentí morir.
Aquel animalito inocente no merecía aquello. ¿Qué será de Maggy ahora? Seguro que pasará el resto de sus días sintiéndose culpable y acusándose a sí misma de ser una mala madre.
Cambié de canal, a telecinco. Al menos allí la sangre era fingida.
Pero al día siguiente recaí. No me preguntéis por qué, pero me puse a ver otro documental. Soy un enfermo, lo sé.
Todavía no había logrado borrar de mi mente el asesinato de Pegy cuando, de repente, tuve que vérmelas con su asesino. Sí amigos, para mi espanto, aquel documental iba sobre orcas.
Mi primer impulso fue cambiar de canal, pero había dejado el mando a distancia más allá del alcance de mi mano y ya estaba enrollado en la manta en el sofá, por lo que decidí ser fuerte y mirar a aquel animal a los ojos acusadoramente tanto tiempo como fuese necesario, hasta que me quedase dormido de pura rabia.
Pero, para mi sorpresa, aquel documental hablaba bien de las orcas. Las definía como seres capaces de mostrar sentimientos. Al parecer vivían en grupo y unos cuidaban de los otros, relacionándose y comportándose según las normas de una estructura familiar.
Era evidente que aquel documental, que se las daba de objetivo y científico, estaba tratando de manipularme. Pero no iba a ponérselo tan fácil. Yo sabía bien la clase de animal que era aquel bicho. Un animal cruel de la peor calaña capaz de matar crías inocentes sin ni siquiera pestañear.
Reconozco que cuando una de las hembras dio a luz y vi a aquella pequeña criatura saliendo a respirar a la superficie por primera vez en su vida flaquee un poco.
Acababa de nacer, puede que sus padres fuesen unos seres despreciables, pero él no tenía culpa de nada. Eso sí, seguía odiando a su madre que, además, tenía una marca en la aleta que me recordaba mucho a la que tenía la asesina de Pegy. ¿Era posible que se tratase del mismo animal? Solo de pensarlo se me revolvían las tripas.
Entonces la voz en off, la misma voz en off que el día anterior se horrorizaba conmigo por la muerte de Magy, empezó a explicar que las crías de orca dependen totalmente de sus madres durante todo un año y que durante todo ese tiempo maman entre ¡tres y cuatro horas al día!
Al rato se me hizo difícil odiar a aquella madre y dejé de mirarla tan acusadoramente. ¿Tú sabes como chupaba eso? Soportar que tu hijo viva a tu costa, como un niño mimado, durante tanto tiempo, te desacredita totalmente como asesino. Si realmente fuesen seres violentos abandonarían a su suerte a esos pequeños mamones a los pocos meses de nacer, pero no, las madres orca se implican muchísimo en la crianza de sus hijos.
Entonces fue cuando lo comprendí. Aquella pobre madre orca debía estar desesperada. Si las orcas cazaban focas era porque con un un bebé chupando de la teta todo el día, o se alimentaba o moría por inanición. Y si ella moría su bebé también moriría. Con tanta presión y responsabilidad sobre ella era normal que cazase lo que fuese que se pusiese a tiro.
Para cuando llegó la secuencia en la que la madre orca caza una foca, ya estaba preparado. Casi me alegré por ella. Las focas seguían cayéndome bien y me dolía que tuviesen que morir, pero aquella orca era una buena persona y se merecía comer algo después de tanto trabajo.
Cuando el documental acabó y un anuncio de detergente me sacó de mi ensimismamiento, sentí vergüenza de mí mismo. En menos de una hora había pasado de ser un convencido pro-foca y odia-orcas a casi todo lo contrario. ¿En qué clase de persona me convertía eso? ¿Acaso no tenía personalidad? Alguien capaz de dejarse manipular de esa forma tan burda no era digno de llamarse persona. Las personas, al menos las personas que merecen la pena, son fieles a sí mismas. Cuando alcanzan una convicción la defienden y se mantienen en su posición aunque otros traten de convencerle de que se equivocan. Un verdadero pro-foca se habría mantenido firme durante toda esa hora, mirando de forma acusadora a aquella orca y a su puñetera cría, impermeable a cualquier argumento manipulador que buscase apelar a mis sentimientos o incluso a mi capacidad de raciocinio. Un verdadero pro-foca odiaría a las orcas toda su vida sin contemplar siquiera cualquier otra opción, por muy convincentes que pareciesen sus argumentos o por muy adorables que pareciesen las crías de orca.
Entonces empecé a dudar de todas mis convicciones. Tal vez, en realidad, no opinaba nada sobre nada. Tal vez, en el peor de los casos, todo lo que yo creía mi propia opinión no era más que el eco de las proclamas de otros.
Entonces fue cuando me dí cuenta. La culpa de todo la tenían aquellos documentales. Tras una apariencia de objetividad, se escondía toda una estrategia narrativa pensada para que el espectador se sintiese más próximo al protagonista de la historia que a todos los demás. ¿Qué habría pasado si el documental hubiese sido de sardinas? ¿Entonces ahora odiaría a las focas?
No podía seguir así. Tenía que ser capaz de construir mi propia escala de valores, debía guiarme por criterios personales y alcanzar convicciones propias. Nadie podía estar decidiendo por mí lo que debía pensar.
Así que tomé una determinación, a partir de ese momento pensaría bien cada cosa y sería consciente de cada decisión que tomase. No me dejaría influenciar por nadie y cuando me identificase con alguna opción me mantendría firme en esa posición pasase lo que pasase.
Por lo pronto, tras pensarlo mucho y sopesar los pros y los contras, decidí ser pro-orca. Puede que Maggy y Pegy me hubiesen caído bien en algún momento, pero las orcas estaban por encima en la cadena alimenticia y, puestos a elegir, mejor quedarse con el que manda.
Por fin tenía una opinión propia sólida y meditada. Me sentí aliviado. Había pasado toda la tarde pensando en aquello. Enrollado en la manta, tumbado en el sofá y con la tele encendida pero con la mirada perdida en el techo. Sin darme cuenta, se habían hecho las nueve de la noche y justo empezaban los informativos. Por fin iba a poder relajarme un poco y ver la tele tranquilamente. Aquí no hablaban de animales.