19 ene. 2011

Viajar en el tiempo

Hay quien dice que escribir es como viajar. Entonces escribir un guión de largometraje ambientado en otra época histórica debe ser algo así como viajar en el tiempo... Pues bien, si nos tomásemos esta gilipollez en serio por un momento, podría decirse que llevo ya un tiempo viviendo en el siglo XVI.

El problema es que cuando estoy en plena acción, tomando algo en la taberna rodeado de mis personajes, suena el móvil. ¡No es posible! Diréis. ¡Estás en el siglo XVI! ¡No había móviles o por lo menos seguro que no habría cobertura! Y mi pregunta es ¿estáis seguros? ¿estabais allí?

Tal vez el ejemplo del móvil es excesivamente obvio. Pero hay tantas otras cosas...

Somos hijos del siglo XX (no creo que nadie con menos de once años lea este blog), el mundo que conocemos está asfaltado y lleno de coches. No conocemos otro, por lo que nos resulta muy difícil imaginar cómo debía ser la vida hace cuatrocientos años. De hecho, nos cuesta imaginar incluso cómo era la vida hace muy pocos años.

Echadle un ojo a este video y veréis qué cierto es esto que os digo. En él unos niños ven por primera vez objetos relativamente modernos que a día de hoy ya han quedado obsoletos: un disquete, un vinilo, un teléfono de mesa de los de rueda... No tienen ni pajolera idea de qué son ni para qué debían servir. Hace poco la sexta emitió un video similar con niños españoles en ese programa de entretenimiento al que llaman informativo, pero no lo he encontrado en youtube.

Lo que quiero decir con esto es que si uno de esos niños de mayor fuese guionista y quisiese escribir un largo ambientado en 1980 tendría que hacer un trabajo de investigación previo para familiarizarse con estos objetos, o al menos saber de su existencia. ¿Por qué? Porque de no ser así correría el riesgo de cometer muchos errores históricos y anacronismos, y también porque estaría desaprovechando la oportunidad de enriquecer su guión.

He leído novelas y visto pelis e incluso series ambientadas en tiempos remotos. Como en todo, hay buenas y malas, pero cuando el guionista se ha tomado el contexto histórico en serio, ha elegido esa determinada fecha para ambientar la historia por una razón muy concreta y consigue que forme parte inherente de la acción; la narración consigue que el espectador se sienta en aquella época durante un rato y esto se convierte en un valor añadido de la historia.

Pongamos como ejemplo *Mad Men (Tranquilos, no voy a lanzar ningún spoiler). No soy un seguidor fiel de la serie, no he visto todas las temporadas ni mucho menos, pero he visto lo suficiente como para saber que su ambientación histórica es excelente. Independientemente de las tramas, la serie nos transmite en todo momento una cantidad de información increíble sobre cómo vivía la gente en aquella época y en aquel lugar concreto. Fumar y beber alcohol en el trabajo era algo habitual, el machismo no estaba mal visto sino que era la norma, los negros eran considerados ciudadanos de segunda, los padres trataban a los hijos con frialdad dejando todo lo que tuviese que ver con el cariño o la educación a las madres, los homosexuales negaban serlo y vivían su propia condición sexual con vergüenza, y el capitalismo florecía poderoso provocando que la felicidad se relacionase ineludiblemente con poseer, comprar y aparentar.

La ambientación histórica va mucho más allá del vestuario, los decorados y los acontecimientos históricos de turno que van sucediendo como telón de fondo. Los personajes de Mad Men piensan, sienten y padecen como las personas que vivían en aquel momento. Su forma de entender los conflictos, de hablar, de relacionarse entre ellos, está profundamente impregnada por la época en la que se desarrolla la acción. Y así es como debe ser.

Ahora volvamos a la taberna del siglo XVI: Cuatro de mis personajes están jugando a cartas con apuestas en una mesa mientras beben cerveza, fuman y bromean. Entonces entra un morisco, pregunta algo al camarero y antes de que nadie pueda reaccionar, se acerca a la mesa y le rebana el cuello a uno de ellos con un pequeño cuchillo. Rápidamente el camarero coge el móvil y llama a la policía.

¿A alguien le ha sorprendido algo? Supongo que si hay que denunciar algo todo el mundo elegiría el móvil, es un error flagrante. ¿Pero seguro que no hay más? La policía por ejemplo, ¿había algo parecido a la policía a quien llamar? ¿Qué sucedía cuando alguien mataba a alguien? ¿Tenían que detenerlo los propios ciudadanos o había alguien a quien recurrir? Pero esto no es todo, ni mucho menos... ¿Qué pasa con las cartas? ¿Existía el juego de naipes en el siglo XVI? ¿Podía la gente permitirse el lujo de apostar? ¿Con qué lo harían? ¿Con monedas? ¿Había monedas de valor tan bajo como para que fuese práctico apostar con ellas? ¿Y la cerveza? ¿Había cerveza en las tabernas españolas del siglo XVI? Si no era así, ¿qué bebían? ¿En qué tipo de recipiente? ¿Y el tabaco? ¿Se fumaba? ¿En pipa o de liar? Y lo de que entre un morisco... ¿Qué relación había entre los moriscos y los cristianos en ese momento? ¿Se tomaría como algo normal que un morisco entrase en una taberna o tenían sus propios lugares y verle allí despertaría cierto recelo que impediría que pasase desapercibido? ¿Atendería el camarero a la pregunta del morisco sin darle mayor importancia?

Me paso el día así, lanzándome preguntas constantemente. Y tratar de responderlas es un trabajo apasionante, pero al mismo tiempo desesperante porque parece que no acaba nunca.

Al principio leía casi cualquier cosa tratando de hacerme una idea general de cómo era vivir en aquella época. Después, cuando el guión iba tomando forma, empecé a ser más específico, a concentrarme en encontrar el dato concreto que necesitaba para poder seguir avanzando. Documentándome he encontrado por casualidad verdaderas joyas que me han servido para enriquecer la historia. En cambio, otras veces, he tenido que renunciar a algunas ideas para el guión porque, habría molado, pero por más que yo quiera... eso no pasaba.

Hasta aquí ha sido muy provechoso, el problema es decidir dónde está el límite. Yo soy guionista, no historiador, y aquello en lo que realmente he de concentrarme es en construir una buena historia, un buen guión (la polisemia de la palabra “historia” me está complicando la vida en este artículo). Por eso es necesario fijar un límite, ha de haber algún momento en el que diga: ¡Basta! Ya sé todo lo que necesito saber para escribir esto. Si cometo alguna barbaridad histórica, seguramente haya alguien que me ponga a parir, pero el gran público jamás se dará cuenta. Yo mismo no me habría dado cuenta de la mayoría de las cosas que he descubierto que no podía incluir.

Y entonces llega la segunda parte. Cuando sabes que algo en concreto es incorrecto desde el punto de vista histórico, pero también sabes que es mejor para la película. A nivel de guión algo completamente evidente y transversal en todo el proyecto es el asunto del lenguaje. En el siglo XVI no se hablaba como en la actualidad, perdón por la obviedad. Pero, ¿es mejor imitar el lenguaje de la época (¿cómo se hace eso?), o es preferible usar un lenguaje actual con expresiones modernas? Esta es otra decisión a la que habré de enfrentarme cuando empiece a dialogar.

Pero hay ciertas cosas en las que el cine no suele ceder nunca, por muy pesados que se pongan los asesores históricos. Las dentaduras. Es obvio que esto de tener los dientes blancos es algo muy moderno, hace relativamente poco la higiene bucal no existía y todo el mundo, guapos y feos, tenía los dientes negros. Pero Troya no habría sido lo mismo con Brad Pitt exhibiendo caries en cada sonrisa, ¿verdad?

Ayer mismo hablé por teléfono con un Catedrático en Historia Medieval para pedirle consejo sobre un par de temas -esto es lo más cerca que estaré nunca de tener un asesor histórico- y me dijo algo que me alegró el día: “Cuando veo una película histórica hay algunas cosas que no perdono, como que aparezca un tren por el fondo. Pero la mayoría de las veces intento no pensar demasiado y dejarme llevar por la historia. Me estoy entreteniendo, no trabajando. Y si es buena, si me divierto, incluso acabo perdonando lo del tren.” Trataré de escribir un buen guión y que los Catedráticos en Historia me perdonen.


*Si queréis leer un artículo realmente interesante sobre Mad Men (este sí plagado de spoilers) no os perdáis este artículo de Sergio S. Olguín publicado en la revista Orsai. Lo encontraréis a partir de la página trece. Y ya de paso no os perdáis el artículo de Sergio Barrejón que viene justo después “Antidecálogo para guionistas”.

3 comentarios:

  1. Cosas así, en Hispania creo que se las saltaron de vez en cuando, aunque en líneas generales, hicieron su pequeño esfuerzo. Peroooo...

    Aun así, hay viajes en el tiempo que no se hacen mucho peores: cuando se intenta escribir sobre un grupo al que no perteneces. Es decir: jóvenes, etnias, tribus urbanas. No hay nada más patético que leer hoy en día un diálogo de supuestos jóvenes enrollados hablando como gilipollas pseudo-modernos de los 80. Argh!!!

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  2. hombre! si l@s que hemos hecho Historia (y de l@s arqueólog@s ni te cuento que vamos apañad@s con esta crisis del demonio) estamos deseando asesorar en pelis, documentales, cómics o lo que nos caiga... si la mitad estamos en paro!! claro tú vas y le preguntas a un catedrático y el tío que cobra una pasta a fin de mes te dice lo que te dice, pero el resto que vamos de culo y cuesta abajo no perdonamos ni que en un malísimo Robin Hood hablen de quedar a menos cuarto... o que se yo, el horror de Hispania: "los hispanos que vienen los hispanos" joer! si el Viriato era lusitano! anda que! pues eso! encima nos gustan las series históricas, las novelas históricas, y hay quien se las curra, mira la Lindsey Davis con su Marco Dido Falco, o la saga del Clan del oso cavernario de Auel (por mencionar a dos de los más conocidos) vamos no encuentras ni la mínima diacronía.

    Pues eso hombre que nos molaría estar en una peli asesorando y recreándonos la vista (a ser posible).

    Me ha gustado tu presentación, el post que precede a este comentario: también!

    Un saúdiño!
    (hombre no! que se note de donde soy jejeje)

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  3. Me alegra que un arqueólogo haya acabado leyendo este artículo y que además afirme que le gusta. Resulta interesante descubrir quién visita el blog, sobre todo cuando se trata de personas capaces de ofrecer una visión complementaria a la mía.
    Porque... por ejemplo, ¿cuando dices que los arqueólogos como tú estáis deseando asesorar en pelis, series, cómics o lo que sea... quieres decir cobrando, verdad?
    Lamento decirte que en mi caso, aunque me encantaría, no puedo permitirme contratar a ningún asesor. Se trata de un proyecto personal en el que trabajo en mi tiempo libre y del que no sé si algún día conseguiré algún rendimiento.
    Pero me temo que la cosa no es mucho mejor en otras esferas. Los presupuestos en series y películas suelen ser bastante ajustados y no creo que se suela contemplar (que alguien me corrija si me equivoco) una partida para asesores históricos.
    Para mí y para cualquier guionista que trabaje en un guión histórico sería un privilegio poder contar con alguien a quien lanzar todas las cuestiones que nos surgen mientras trabajamos. Estoy seguro que de ese tipo de colaboraciones surgirían mejores guiones. Pero, sin presupuesto, no nos queda más remedio que tratar de encontrar las respuestas por nosotros mismos o, en el mejor de los casos, pedir por favor a entendidos y titulados en la materia que nos ayuden hasta donde les apetezca.
    Por supuesto, si te apetece colaborar a cambio del simple placer de haberlo hecho, tengo unas cuantas preguntas que seguro te mantendrán ocupado un ratito.

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