20 feb. 2012

Descripción de personaje


Este post fue publicado en GuionistasVLC el pasado 6/2/2012.
Lo que vais a leer a continuación es la descripción de un personaje ficticio. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Nació en un hospital privado de parto natural. Era el tercer hermano, pero el primer hijo varón, de una familia acomodada valenciana. Su madre, desde su más tierna infancia, le enseñó a respetar los valores del cristianismo, mientras que su padre le concedía todos los caprichos que un niño podía desear y el dinero comprar.
Creció con pocas ganas de estudiar y rodeado de niños. Las niñas crecían en otro colegio y hablar con ellas fue un imposible hasta que las hormonas de la adolescencia le empujaron a intentarlo un par de veces.
Nunca se sentiría tan ridículo como aquella vez en la que le pidió salir a una chica dos años mayor que él y ella le dijo que aceptaría si se lo pedía por escrito. Toda una noche se pasó escribiendo aquella carta de amor con todos los colores que una caja grande de rotuladores Carioca podía ofrecerle. Y toda la vida recordaría el modo en que aquella niña y todas sus amigas se rieron de él al día siguiente.
A veces se le pasa por la cabeza que si él es tan tímido, debe ser por aquel momento. Desde entonces, su relación con las mujeres fue fría. Alguna vez le pareció notar que gustaba a alguien, incluso llegó a ir un par de veces al cine con alguna chica, pero jamás se atrevió a dar el paso por miedo al rechazo y al fracaso.
Disfrazó aquello con convicciones inventadas, diciéndose a sí mismo que quería llegar virgen al matrimonio y ser un buen cristiano. Probablemente esto fue una de las cosas que enamoraron a su mujer.
Hija de un empresario valenciano amigo de su padre, había estado allí desde siempre. No se atraían especialmente, pero de tanto oír comentarios más o menos graciosos de sus padres acerca de la buena pareja que hacían, se lo acabaron creyendo.
Empezaron a salir un día que sus respectivas madres les organizaron una especie de cita encubierta en un centro comercial. Oficialmente, su misión era comprar el postre para otra de esas reuniones de amigos que sus padres organizaban de vez en cuando en el chalet de ella. No pasó nada. Pero, con el tiempo, acabaron diciendo que aquello fue su primera cita, porque era lo primero que recordaban haber hecho juntos, comprar una tarta de moca.
La boda fue preciosa. La novia se vistió de blanco mereciéndolo y el novio estrechó la mano de una larga lista de amigos de su padre y de su suegro mientras escuchaba ofertas de empleo. Ahora que acababa de fundar una familia, tal vez había llegado el momento de emprender el vuelo y empezar a aplicar todo lo que había aprendido en aquel despacho de la empresa de su padre en la silla de alguna otra empresa o, por qué no, incluso fundar su propio negocio.
Al cabo de unos meses se decidió y montó una productora audiovisual. Era un negocio fácil, que a penas necesitaba inversión de capital inicial y en el que podría hacer valer todos los contactos que había estado sembrando los últimos años.
Su idea era hacer televisión. El cine no le interesaba demasiado. Las películas que se hacían en España le parecían una mierda cagada por un grupo de rojos seudointelectuales subvencionados con los que prefería no tener que relacionarse. En cambio, la televisión y especialmente la televisión valenciana, era un negocio de empresarios decentes.
Conseguir un programa era algo tan sencillo como invitar a comer a la persona adecuada. Al principio le costaba hacerse entender, jamás se desprendería de su timidez infantil ni lograría vencer la inseguridad de alguien consciente de ser un ignorante, pero con el tiempo se fue dando cuenta de que muchos se le parecían bastante. No había ninguna razón para tener miedo, estaba entre amigos y con ellos se podía hablar de lo que fuese necesario. Si quería producir un programa, solo tenía que pedirlo abiertamente y se le concedía. Después contrataba a tres o cuatro recién licenciados y les apretaba las tuercas para que hiciesen el trabajo de cuatro meses en tres. En eso consistía ser un buen empresario.
Aquella fue una época floreciente. La empresa facturaba cada vez más haciendo lo de siempre y su matrimonio, aunque carente de toda pasión, también iba bien.
Su mujer nunca le echó en cara que su matrimonio fuese una institución consumada solo muy de vez en cuando. Era una mujer educada y sabía interpretar aquello, no como una falta de amor por parte de su marido, sino como un signo de respeto. Además, desde que habían tenido a la niña, se había volcado mucho más en ella y parecía más feliz que nunca.
Sus padres estaban orgullosos de él. Su hijito se había convertido en un empresario respetado de la industria audiovisual y no poca gente se había fijado en él. Tanto era así, que un día le ofrecieron un despacho en Burjassot.
En un primer momento se quedó parado ¿qué sabía él de dirigir una televisión? Pero, como siempre, todo se acabó decidiendo en una comida. El arròs del senyoret y el buen vino, le hicieron ver las cosas de forma distinta. Tampoco tenía que hacer gran cosa. Asistir a reuniones, vestir de traje todos los días y tomar decisiones que, en realidad, aunque fuesen equivocadas, no importarían a nadie. No era como dirigir una empresa de verdad, aquello era una televisión autonómica, el dinero que se gastaba no era de nadie. Solo tendría que seguir jugando al mismo juego pero desde el otro lado. Obedecer cuando se lo pidiesen y aprovechar para llevarse su parte siempre que encontrase el modo.
Casi sin darse cuenta, había vuelto a evolucionar en la vida. La gente le trataba con respeto, escuchaban su opinión, o al menos parecía que escuchaban cuando hablaba, pudo colocar a dos o tres primos y manejaba presupuestos millonarios como el que juega al Superpoly.
La alcurnia de sus amistades cada vez era más elevada. Como no podía ser de otro modo, entabló una relación cercana con el president y la alcaldesa. Y una vez, en una comida de negocios, llegó a conocer a Iñaki Urdangarín. ¿Quién le iba a decir a él que acabaría codeándose con la familia real? Y no solo eso, habló de negocios con él. Se pasaron casi una hora hablando de todos los proyectos que el yerno del rey tenía para Valencia. Toda una serie de eventos internacionales que pondrían a Valencia en el mapa y que les harían ricos a todos.
Eso fue lo que le confirmó que, en realidad, no era más tonto que nadie. Si las cosas le iban tan bien, debía ser porque sabía lo que hacía. Se sentía en la cresta de la ola, era una sensación estupenda. Casi tanto como la que sintió la primera vez que probó la farlopa.
Cuando se la ofrecieron por primera vez en una de sus cenas de negocios, declinó la oferta. No podía caer en eso. Pero poco a poco se fue dando cuenta de que el raro era él. Aquello que le ofrecían no era droga. La droga es lo que se vende en la calle, lo que llega a España empaquetado en forma de dátiles y metido en los culos de gente despreciable. Pero eso no era droga, eso era caviar. Material de primera calidad y de confianza. Probarlo era como probar un buen vino o un güisqui de quince años. Los hombres saben apreciar esas cosas.
Aquello le ayudó a derrumbar alguno de sus tabús. Como el de las chicas de compañía. Al igual que el caviar no era droga, aquellas chicas no eran putas. Comprendió que dejarse seducir por la belleza de una mujer joven que sabe lo que quiere no tiene por qué ser malo siempre que se conserve la mente lo suficientemente fría como para no olvidar nunca que el amor verdadero, el único que cuenta, está en casa, junto a su mujer y su hija.
Tal vez por suerte par él, esta época tampoco duró mucho. De repente, las cosas empezaron a cambiar. La política, aunque seguían contando con el apoyo incondicional de la amplia mayoría popular, pasaba por un momento extraño. Acuerdos comerciales privados, que jamás deberían haber visto la luz, empezaron a publicarse en las portadas de los periódicos como si aquello pudiese interesar a alguien. Sus amigos, los que antes le invitaban a lo que le apeteciese, empezaron a ser más reservados y sus jefes le obligaron a revisar toda la contabilidad. El trabajo empezó a parecerse demasiado a un trabajo y el ambiente dejó de gustarle.
Su padre ya no parecía tan orgulloso de la carrera profesional de su hijo e incluso tuvo que soportar que un periodista llamase a su propia casa.
Un día su mujer le confesó que últimamente no dormía bien por las noches. Estaba preocupada. Lo estuvieron hablando y al final tomaron una decisión. Era lo mejor para él y para sus seres queridos.
Además, papá ya estaba mayor, tal vez había llegado el momento de encargarse de los negocios de la familia.

6 feb. 2012

Cultura libre


Este post fue publicado en Guionistas VLC el 25/1/2012
Cuando aparecieron los primeros artilugios capaces de mantener los alimentos frescos durante todo el año, la Iglesia Católica maldijo el invento. Sus representantes afirmaron rotundamente que solo Dios tenia potestad para convertir el agua en hielo y que el hecho de que el hombre se atreviese a jugar con la temperatura de los objetos sería castigado por la divinidad.
Curiosamente, la Iglesia Católica controlaba buena parte del negocio de la nieve. Cada invierno la nieve se recolectaba y almacenaba en las neveras o pozos de nieve de las montañas, compactándola hasta convertirla en hielo y después se transportaba allá donde hubiese demanda para venderlo al peso.
Por suerte, nadie les hizo caso. La comodidad pudo con el miedo, los frigoríficos se acabaron extendiendo y ahora hasta el Papa se toma una cervecita fría de vez en cuando.
Sencillamente podía hacerse. Se había inventado una tecnología capaz de hacer la vida más fácil y confortable a todo el mundo, por lo que aquello no había quien lo parase. Ni Dios.
Años más tarde, la tecnología nos brinda la posibilidad de disfrutar de las series y el cine de estreno en nuestras casas, pero alguien afirma que ese invento es maligno. Si seguimos el patrón, solo tenemos que ver a quién perjudica económicamente este invento para descubrir quién está tratando de detener lo imparable.
El cierre de Megaupload por parte del FBI ha levantado una polvareda descomunal. No faltan los que aplauden la machada como si del final de una película de Hollywood se tratase, pero también hay una auténtica legión de internautas indignados que incluso han empezado a tomar medidas.
Desde mi punto de vista, ni los unos deberían aplaudir tanto, ni los otros elegir bando tan rápidamente.
La operación del FBI ha sido una chapuza que no servirá de nada.
Ha sido una chapuza porque se ha perjudicado a gente que no estaba incumpliendo ninguna ley. Megaupload, además de videos pirata, servía para que mucha gente almacenase documentos y archivos propios que habían colgado en la red para compartirlos o para poder trabajar con ellos desde la nube, como se suele decir. Ahora no se sabe qué va a pasar con esos archivos y es posible que los hayan perdido para siempre.
Y no servirá de nada porque es solo cuestión de tiempo que el hueco que ha dejado Megaupload sea aprovechado por otros. La piratería no es más que una respuesta natural del mercado. Si existe una demanda y la tecnología necesaria para satisfacerla, las leyes no impiden que el mercado encuentre el modo de satisfacer esa demanda. Siempre habrá gente dispuesta a arriesgarse y cada una de las oleadas aprende de la anterior.
Ahora mismo, por ejemplo, después de ver el modo en que Kim Schmitz y los suyos han caído, si yo fuese un pirata informático con la infraestructura necesaria como para construir otra web similar a Megaupload, buscaría un “paraíso digital”. Es decir, un país que se prestase a alojar mis servidores pirata y se comprometiese a protegerlos de las leyes de otros países a cambio de parte de los beneficios.
Si existen paraísos fiscales ¿por qué no iban a aparecer los paraísos digitales? ¿sería capaz EEUU de invadir un país para proteger los intereses de su industria del entretenimiento? ¿encontraría pruebas de que dicho país dispone de armas de destrucción masiva?
Este tipo de páginas no desaparecerán de la red hasta que no haya una opción legal que cubra esa misma demanda en unas condiciones razonables. Que el mercado se empecine en negarnos una opción perfectamente viable, que ya hemos probado y que además nos gusta, no tiene ningún sentido. La industria debería luchar contra la piratería ofreciendo una opción mejor, pero esto supone un cambio de modelo de negocio que probablemente obligue a un recorte en los beneficios y parece que, de momento, no les viene bien.
Pero que nadie me malinterprete. Tal vez no del modo en que se ha hecho, pero Megaupload tenía que cerrarse.
Es absurdo criminalizar a los usuarios y usuarias por consumir productos audiovisuales a través de todas las vías que tienen a su alcance y no solo a través de aquellas que tienen la bendición de la industria audiovisual. Pero también es ridículo pretender que alguien que se ha estado aprovechando del trabajo de otros sea un santo.
Megaupload y todas las páginas que se lucran comerciando con contenidos que han conseguido de forma fraudulenta y sin pagar a sus autores, deben desaparecer.
Como usuarios de internet tenemos derecho a tener el servicio que estas páginas ofrecen. Pero como autores y autoras tenemos derecho a parte de los beneficios.
El cierre de Megaupload ha generado toda una serie de comentarios acerca de que se está poniendo en peligro la libertad en internet y la cultura libre. Personalmente no puedo estar más a favor de ambos conceptos, pero me temo que no todos los entendemos del mismo modo.
Muchos de los que hablan de la cultura libre en realidad lo que quieren decir es cultura gratis. Puede que la confusión provenga de la expresión inglesa “free culture”, pero el español es un idioma rico, tenemos dos términos distintos para traducir esta expresión y no son sinónimos.
La cultura debe ser libre siempre (analizar qué factores garantizan que esto sea posible daría para otro post entero en el que probablemente acabaríamos hablando de televisiones autonómicas), pero no tiene por qué ser gratuita.
Aquí mismo, en este blog, cinco guionistas y una firma invitada a la semana exponen su trabajo en forma de post sin cobrar nada a cambio. Esto puede considerarse cultura libre y gratuita. Pero estos mismos, los que firmamos este blog, cuando trabajamos para una productora escribiendo guiones, exigimos que nos paguen. No tiene nada de malo, la cultura no es menos cultura por el mero hecho de que quien la genere consiga algo a cambio, es simplemente que aspiramos a ganarnos la vida con esto.
El audiovisual es un negocio, mucha gente se enriquece con él y estoy seguro de que todo el mundo estará de acuerdo en que es lógico que los autores, los verdaderos generadores de esta industria, consigan llevarse su parte.
Por eso páginas como Megaupload, que no forman parte del negocio, sino que se aprovechan de él parasitándolo, no pueden existir.
Hace ya más de un año publiqué aquí mismo un post en el que, entre otras cosas, decía que ya iba siendo hora de que tuviésemos un internet en serio que nos ofreciese unos niveles de calidad dignos en relación a lo que ya estamos pagando, tanto en velocidad como en calidad de archivos.
A día de hoy, seguimos igual o peor. Que Emule sea, de nuevo, uno de los programas más descargados en Softonic es casi como si volviésemos a las montañas a por nieve.
Espero que pronto los gerifaltes de la industria se den cuenta del error que están cometiendo, reaccionen y acaben viendo los estrenos de las películas que ellos mismos producen desde sus propias casas a través de internet. ¡Qué narices! Espero que hasta el Papa lo haga mientras se toma una cerveza bien fresquita.