15 dic. 2010

No ficción - No clímax

Cuando un guionista se enfrenta a la escritura de un guión ha de disponer al menos de dos cosas: algo que contar y habilidad para hacerlo.

Lo primero, como el valor al militar en la batalla, se le presupone a cualquiera que haya decidido tomarse la molestia de invertir todo el esfuerzo que ello supone en escribir un guión. Además, tener una idea o una buena historia no parece complicado, mucha gente cree tener decenas de ellas.

Y lo segundo, como cualquier oficio, puede adquirirse con la práctica. Leyendo y analizando guiones, estudiando manuales, viendo cine y sobre todo escribiendo.

Pero amigos, a pesar de lo sencillo que pueda parecer, siento tener que ser yo quien os lo diga... escribir un buen guión es algo tremendamente complicado. Y lo es por muchas razones, tantas que no me atrevo ni a enumerarlas. En este artículo trataré solo de una de ellas: de lo importante que es encontrar la estrategia narrativa correcta, la que más se adapte a la historia que se esté tratando de contar. Y lo haré desde un ejemplo muy concreto.

Sí, ese ejemplo es The Wire. Una vez más aconsejo a los que no la hayan visto que no pierdan el tiempo leyendo esto y empleen esos valiosos minutos de su vida en ver la serie. Prometo no convertir este blog en un blog temático sobre The Wire y buscar otros temas para los próximos artículos. Pero para liberar todo lo que esta serie me ha dejado retumbando en la cabeza necesitaba al menos dos artículos, y seguro que me quedo todavía con algo dentro enquistándose.

David Simon tenía algo que contar. Después de pasar todo un año como “policía becario” en la unidad de homicidios del Departamento de Policía de Baltimore había experimentado en sus propias carnes cómo era el día a día de un inspector de policía en esa ciudad. Había tenido acceso ilimitado a los archivos de casos abiertos y antiguos, se había paseado por los escenarios de los crímenes como un policía más cuando la víctima todavía no había sido movida por nadie a la espera de que llegase el forense, incluso había invitado a tantas rondas a los policías que casi había aprendido a beber como ellos. Y durante todo este proceso rellenó multitud de libretas con apuntes, impresiones y visiones generales que esperaba utilizar para escribir un libro.

Pero cuando se sentó delante del ordenador para escribirlo, no supo cómo hacerlo. Incluso llegó a pensar que no tenía historia. El problema era que uno de los principales casos con los que pensaba vertebrar el libro, el asesinato de la niña Latonya Wallace, no se había resuelto y temía que esto provocase que la historia quedase abierta, vacía y fallida. No contaba con un clímax hacia el que dirigir la historia. Sin un final potente, sin un clímax, el arco dramático queda en suspenso, el conflicto no se resuelve. Pero entonces se dio cuenta de algo:


Para entonces había visto suficiente para aceptar que el final ambiguo y vacío era el correcto. Llamé a John Sterling, mi editor en Nueva York, y le dije que era mejor así.
-Es real- dije-. Es así como funciona el mundo, o como no funciona. (Homicidio, pp.684)


Esta fue la decisión que convertiría su libro en una obra maestra. Ya no solo tenia algo que contar, había encontrado el modo perfecto de hacerlo. Simon abordó la escritura tomando la valiente decisión de prescindir del clímax.

La vida real no es como la ficción. Al escribir ficción estamos obligados a dotar a las historias de un ritmo, una dirección y una lógica interna que ayude al espectador a saber hacia donde va todo. Cada historia conforma una unidad dramática que ha de tener sentido por sí misma, para que aquel que la consuma pueda comprenderla. En definitiva, al escribir ficción estamos obligados (o eso parece) a construir mundos coherentes, con sentido, donde todo encaje. Pero el mundo real no funciona así. En nuestra vida diaria conocemos a gente que no nos aporta nada; tenemos vocaciones frustradas a las que empezamos dedicando mucho tiempo pero que abandonamos un buen día sin más; los buenos no siempre ganan, es más, no se sabe quien es bueno; y lo peor de todo, después de un día glorioso en el que alguien consigue el que consideraba el objetivo de su vida, no hay un fundido a negro, sino que la vida sigue. En definitiva, podríamos resumir diciendo que la vida no tiene sentido. Habrá quien recurra a explicaciones religiosas para tratar de rebatir esto, pero asumámoslo, la vida en sí misma no tiene ningún sentido, más allá del que nosotros mismos queramos darle. El hombre trata de racionalizarlo todo, está en su naturaleza, y al escribir tiende a dotar a las historias de una coherencia y circularidad perfectas. Pero si se quiere hablar de la realidad, y se toma en serio este objetivo, uno ha de olvidarse de esto.

Al escribir “Homicidio” David Simon se limitó a transcribir lo que pasó, como él mismo dice, tratando de no poner nada en boca de nadie que no hubiese dicho de verdad. Incluso cuando especulaba sobre lo que alguien podría estar pensando sobre algo, le preguntaba directamente para cerciorarse de que realmente esta persona pensaba de ese modo. Y después de seguir a estos policías haciendo su trabajo durante un tiempo, la historia se acaba. No hay un clímax, no hay un final cerrado y redondo. Simplemente se acaba.

Más tarde, cuando Simon se convirtió en guionista, aplicaría este modo de concebir sus historias a sus guiones. Es por esto que hay quien considera a Simon un guionista de no ficción, porque su objetivo es hacer llegar al espectador una porción de cruda realidad sacrificando los adornos que las estrategias de guión “tradicionales” podrían aportar a sus historias.

Evidentemente The Wire es ficción, hay tramas y personajes inventados, pero esta técnica narrativa prevalece. Y resulta perfecta para el objetivo que la serie se propuso. Como ya dije en el anterior artículo, The Wire es una serie antisistema. Habría sido un error transmitir al espectador una sensación de historia acabada porque el verdadero objetivo era evidenciar el hecho de que tal y como están las cosas, si el sistema se perpetúa, el conflicto no se resolverá nunca. Así, lo que desde un punto de vista dogmático podría haberse considerado un error de guión, construir una historia cuyo arco dramático carece de clímax, consigue encajar a la perfección con la naturaleza de la historia y con aquello que se quiere transmitir con ella.

The Wire usa la fuerza de lo que cuenta y la verdad de sus historias para atrapar al espectador. No necesita giros inesperados ni finales en alto. Simplemente realidad bien documentada aderezada con la dosis justa de ficción para que las distintas tramas se vayan entrelazando y para llevar a sus personajes al límite de vez en cuando. Pero siempre respetando la ley que ellos mismos se marcaron, nada de finales alambicados en los que todo encaja, al final de cada historia no hay nada más que un final. El personaje de Omar es un gran ejemplo de ello.

Omar es seguramente el personaje más cinematográfico de la serie, el más adornado. Puede que realmente existan pistoleros freelance que se ganen la vida robando a los narcos en las calles de Baltimore, no tengo ni idea. Pero el modo en que este personaje es representado en la serie muchas veces se permite el lujo de escapar de la realidad unos segundos y aparecer en una película de vaqueros o de superhéroes. Mítico, por ejemplo, el enfrentamiento con el Hermano Mouzone al más puro estilo western.


Es un personaje tremendamente atractivo. Un hábil y despiadado asesino capaz de pasar días planificando su próximo golpe y después ponerse su ropa de los domingos para llevar a su abuelita a la iglesia. Los niños juegan en la calle a ser él, los narcos ponen precio a su cabeza y la policía, a pesar de saber quien es y a lo que se dedica, da la sensación de que prefiere tenerlo en la calle. Parece estar por encima de todo y de todos. La ley no va con él, pero las normas de la calle tampoco. Omar es un agente libre capaz de burlarse en la cara de todo el mundo y conseguir su respeto al mismo tiempo. Incluso su condición sexual y el modo en que la vive resulta desafiante teniendo en cuenta el mundo en el que se mueve. Es abierta y declaradamente gay y además convierte a sus parejas sentimentales en compañeros de fechorías.

Y al mismo tiempo, combinado de algún modo extraño con todo esto, el comportamiento de Omar podría considerarse cívico. Para él, el mundo se divide entre los que están dentro y los que están fuera del mundo de la droga. Los que están fuera -los ciudadanos, como él los llama- no tienen nada de qué preocuparse. Valga como ejemplo el hecho de que Omar paga todo lo que no sea droga. Es como si se considerase una pieza más de un juego en el que solo participan los traficantes y reclamase su parte. Pero los que están fuera ni siquiera saben que existe.

Y por último, está el hecho de que Omar parece capaz de enfrentarse a cualquiera y salir indemne. Cuando se pone su gabardina cubriendo el chaleco antibalas y empuña su escopeta, parece capaz de conseguir cualquier cosa que se proponga. De hecho, en los últimos capítulos de la serie, cuando Omar decide enfrentarse a Marlo, a más de uno se nos pasó por la cabeza que lo conseguiría. Pero no, en vez de eso Omar es asesinado cuando menos te lo esperas y por quien nadie podría haberse imaginado. ¿Por qué acabar así con un personaje tan atractivo? ¿Por qué no permitirle un final “a lo grande”?

A estas alturas del artículo supongo que ya resulta obvio... Omar no podía salirse con la suya. Como personaje de una serie formaba parte de un sistema con un objetivo mayor que él y, al final, hasta Omar tuvo que servir al objetivo general. La historia personal de Omar acaba como suelen acabar las historias de los matones en los guetos, muerto de un disparo en la cabeza. Y además, no recibe el disparo de gracia en un tiroteo espectacular, lo recibe con la guardia baja, a traición y a manos de un niño. A pesar de lo que podía parecer no era un héroe ni un supervillano, no era especial, sólo alguien más que buscaba su propia forma de sobrevivir en las calles de la droga.

Este personaje nos regaló muchas de las secuencias más emocionantes de la serie, sus creadores nos permitieron disfrutar de él, observar hasta donde podían llegar sus habilidades. Pero al final había que ponerlo en su lugar. Nada podía despistar del mensaje que se estaba lanzando: El sistema está podrido, falla en todos sus niveles y nadie, nadie puede salir realmente beneficiado de ello. No hay nada de romántico ni de heroico en tratar de aprovecharse del sistema, si lo intentas, te acabará fagocitando. Al final del camino solo hay policías corruptos, políticos sin principios, periodistas que ha dado la espalda a la verdadera naturaleza de su profesión, profesores que han renunciado a su vocación y gánsters con los sesos desparramados por el suelo.

The Wire pide un cambio a gritos y su forma de hacerlo es simple, mostrarnos las cosas tal y como están.

1 dic. 2010

The Wire

He visto el último capítulo de “The Wire”.

El último capítulo de la última temporada.

A quien le haya pasado esto sabe cómo me siento... Pero no, no voy a llorar, maldita sea. Seré un hombre y aprenderé a vivir con ello. Seguramente, con el tiempo, vendrán otras. Pero ya nunca nada será lo mismo. Es así, lo estoy asumiendo.

Si tú, que estás ahí leyendo, eres uno de esos que todavía no la ha visto... he de decirte algo, te envidio. No estoy hablando de esa tontería inventada de la “envidia sana”, te envidio tanto y tan mal que casi te odio. Me cambiaría por ti ahora mismo. Envidio todo lo que te queda por ver, por descubrir. No entiendo qué demonios haces leyendo esto (te recomiendo que no lo hagas) cuando podrías estar viendo el primer capítulo. Un primer capítulo que empieza con un magistral primer plano.

Sangre fresca sobre el asfalto en la que se reflejan las luces de un coche de policía. Así se las gastan en The Wire. La primera imagen que ves ya te sitúa por completo, casi podría considerarse un resumen. ¿Y el primer diálogo? ¿Qué me decís del primer diálogo? Sin duda, una presentación perfecta no de un personaje ni de una trama, sino de un contexto. En pocas frases descubrimos que nos estamos adentrando en un mundo donde impera una ley distinta a la que (por suerte) estamos acostumbrados. En estas calles el asesinato forma parte del día a día, las esquinas son negocios y hasta el más pequeño de todos puede ir armado.

Es precisamente por esto por lo que me ha gustado tanto esta serie, porque viéndola he comprendido las normas de un mundo que me era ajeno por completo. Pero no son normas inventadas, no se trata de un mundo fantástico, The Wire nos presenta la vida tal cual es o tal cual podría haber sido, transpira realidad a cada paso. Y por si fuera poco, esta realidad es abordada desde distintos puntos de vista (traficantes, policía, escuelas, política, prensa) ofreciendo una especie de retrato en tres dimensiones. Las tramas de las cinco temporadas se complementan de tal modo que al ver el último capítulo tienes una sensación de visión general apabullante.

Nada de buenos y malos, nada de gente guapa resolviendo casos imposibles en tiempo récord, nada de finales felices. Simplemente la cruda realidad, tan rica y llena de matices como la propia vida.

Pero The Wire no es solo una serie, no es sólo entretenimiento bien documentado. Es algo más. Detrás de sus historias hay un mensaje, una lección que aprender.

En ella se exponen los problemas del sistema sin ningún tipo de complejo. Resulta obvio el esfuerzo de sus guionistas por plasmar las miserias de una sociedad empeñada en seguir guardando las apariencias aun cuando ya todo el mundo sabe que el sistema no funciona. Este mensaje nos llega de distintas formas:

El modo en que se habla constantemente de las cifras y lo que ello provoca es un buen ejemplo de ello. El político promete reducir la criminalidad y para cumplir esta promesa se olvida de la propia criminalidad y se limita a presionar a la policía para que maquille las estadísticas. Y lo mismo ocurre en las escuelas, donde los profesores dedican una parte importante del tiempo de sus clases a conseguir que los alumnos memoricen los exámenes finales (muy superiores a su nivel real) simplemente para que pasen de curso y no aumenten las cifras de fracaso escolar. La desconexión entre las malditas estadísticas y la realidad es tan grande que no solo son una herramienta de valoración inútil, sino que se han convertido en uno de los principales problemas. Empeñados en medir y cuantificar los resultados, lo único que consiguen es sabotearse a sí mismos. ¿Por qué? Porque lo que realmente les preocupa no es solucionar los problemas, sino aparentarlo.

Otro ejemplo mucho más sutil, pero que me ha llamado la atención, es un comentario recurrente que distintos personajes en contextos distintos van haciendo a lo largo de toda la serie. Se preguntan a sí mismos cómo sería trabajar en un caso policial de verdad, en un periódico de verdad, hacer política de verdad... como si se sintiesen atrapados en un mundo provisional que ni ellos mismos pueden tomarse en serio. Esto es una protesta más contra el sistema. Parece que todos saben lo que habría que hacer, pero el modo en que se hacen las cosas, las normas establecidas, no les permiten hacerlo. Todos se sienten víctimas del sistema, pero algunos deciden oponerse y otros deciden dejarse arrastrar. No es casualidad que los personajes que despiertan mayor simpatía son aquellos que viven nadando contra corriente.

Y por último, mi ejemplo favorito. El final de The Wire consigue transmitir la sensación de que todo sigue igual. Es decir, a pesar de todo lo que ha pasado, aunque muchos hayan desaparecido, los que quedan y los que llegan seguirán perpetuando el sistema.

Se conceden algunas licencias, algunas puertas abiertas a la esperanza en forma de personajes que consiguen encontrar su lugar en el mundo. De hecho, a cada uno de ellos le dedican una secuencia en el último capítulo para que entendamos que lo han conseguido.

El ex-Detective Roland Pryzbylewski reprende a un niño a la puerta del colegio demostrando que ha conseguido el respeto y la autoridad que nunca antes había tenido.

El niño pandillero Namond Brice aparece dando un discurso en una competición escolar bajo la mirada orgullosa de su padre de acogida, el ex-Comandante Howard “Bunny” Colvin, que tras chocar en repetidas ocasiones contra el sistema, encuentra en ese chaval su forma de redimirse.

Y, por supuesto, el esperado plano en el que Bubbles atraviesa por fin la puerta del final de la escalera de la casa de su hermana, dejando atrás definitivamente su pasado como yonqui.


Pero estos ejemplos son los menos, porque hay multitud en el sentido contrario. Sobre todo dos tremendamente curiosos: Estoy hablando de Dukie y de Michael Lee.

Ellos también tienen una última secuencia que nos deja adivinar su futuro. Dukie aparece metiéndose su primer pico. Y Michael aparece cometiendo su primer atraco a un narco, con una escopeta. Sin duda ambos están siguiendo un patrón que ya conocemos, Dukie se está convirtiendo en el nuevo Bubbles y Michael en el nuevo Omar. De hecho, pensadlo bien, sus vidas encajan perfectamente, se complementan.

¿Qué quiere decir esto? Pues que no importa que un yonqui muera o se rehabilite, se engancharán más. Y tampoco importa que traficantes, camellos y matones acaben en la cárcel o con los sesos desparramados por la acera, siempre habrá otros dispuestos a ocupar su lugar.

Y seguirá siendo así mientras no cambie el sistema. Este es el verdadero mensaje de The Wire.

Mi duda es si la serie ha tomado partido respecto a cómo creen que podría solucionarse el problema. En términos generales es imparcial, se limita a mostrar las cosas tal y como son, sin juzgar a nadie y dejando que se vean los matices de todos los personajes estén en el lado que estén. Pero no puedo dejar de pensar que Jamsterdam y lo que ello simboliza, podría entenderse como la apuesta personal de los creadores de la serie. Mientras este experimento dura la delincuencia baja, los drogadictos y las prostitutas reciben atención sanitaria y se crea una especie de paz entre las bandas. Acabará fracasando, pero por razones políticas, por que no hay forma de justificar eso sin pasarse por el arco del triunfo la ley. No sé, tal vez sea su forma de decirnos, pues cambia la ley.

¿Qué opináis?

P.D: Estoy convencido de que la muerte de Omar, sorprendente y decepcionante para muchos, forma parte de este mismo mensaje. Omar no podía morir de otro modo, ni por supuesto sobrevivir, porque habría ido en contra de la filosofía de la serie. Trataré de demostrarlo en la próxima entrada.

24 nov. 2010

El maquinista

Mi primer trabajo como guionista fue en una serie documental llamada Explorers que se emitió en 7RM. Era una producción pequeña y tuve que apañármelas para escribir los guiones solo. Empezaba cada semana visitando localizaciones y citándome con muchísima gente para recopilar tanta información como me fuese posible y para que me explicasen de primera mano lo que fuera que estuviese valorando incluir en el capítulo. Durante aquella época escribí este fotolog contando algunas de las aventuras que me pasaron, que no fueron pocas. Por ejemplo, os diré que tuve la oportunidad de vivir una jornada de trabajo de 12 horas a bordo de un barco pesquero; volé en ultraligero; subí a lo alto del faro de Cabo de Palos; recorrí todos los camarotes, pasillos y recovecos del submarino Siroco de la Armada Española... Pero lo mejor de todo no era estar en esos sitios, sino el hacerlo acompañado de las personas que más los conocían.

Pues bien, la noche del domingo viví otra de estas aventuras que te regala de vez en cuando el hecho de trabajar en este sector.

Me pasé la noche en vela trabajando en el rodaje del cortometraje “El Trayecto” -escrito y dirigido por Nadia Navarro- echando una mano al equipo de dirección. Toda la historia transcurre en el metro y se ha rodado en el interior de vagones de metro reales. La mayor parte del tiempo el equipo ha trabajado con el tren parado en un hangar, pero esa noche se rodó en estaciones reales y con el metro en movimiento. Un maquinista estuvo a nuestra disposición durante unas cinco horas para ir adelante y atrás tantas veces como fue necesario.

En un primer momento se encargó producción de trasladar al maquinista las necesidades que el equipo transmitía por walkie-talkie (arranca, para, más atrás, abre puertas, cierra puertas...) pero en cuanto pude les “liberé” y me metí en cabina. Yo no podía perder esa oportunidad.

El maquinista resultó ser alguien de lo más accesible y entre indicación e indicación, mantuvimos una charla interesantísima. Al final no tuve más remedio que pedirle permiso para tomar notas, no quería que se me olvidase nada de lo que me estaba contando. Quería contároslo a vosotros...

Hablamos de todo un poco, pero lo más interesante fueron las anécdotas y experiencias que este hombre ha vivido durante más de veinticinco años de profesión. Ha visto prácticamente de todo en un vagón de metro: gente queriéndose mucho (follando), gente odiándose mucho (peleas), o gente haciendo sus necesidades (concretamente una señora cagando en pleno vagón), son algunos de los ejemplos...

También me contó, como curiosidad, que nunca ha visto una rata en el metro. Debe ser por la vibración, me dijo dando a entender que él tampoco tenía muy claro por qué era.

Si que vio no hace mucho una bandada de palomas volando por el interior de un túnel. Después se enteró que los animalicos se le habían escapado a un hombre que los estaba transportando en jaulas.

En el trayecto entre Aragón y Alameda vi una urna iluminada con una virgen dentro. Según me contó, es Santa Bárbara Bendita, la patrona de los mineros. Si vais en el metro de Valencia entre estas dos estaciones podréis verla a la derecha del tren en la dirección de la marcha justo al inicio del muro que separa los dos túneles por los que transcurren las distintas líneas que pasan por la estación de Aragón. La colocaron allí para celebrar que no hubo ningún herido durante la construcción de estos túneles. Estuvieron a punto de colocar también una foto de los ingenieros y una réplica a escala de la tuneladora, pero la urna es muy pequeña y a Santa Bárbara no le gustan las estrecheces. Una pena, porque según me contó la construcción de aquellos túneles, justo por debajo del antiguo cauce del río Turia, no fue ninguna broma. Se encontraron con muchísimos acuíferos y bolsas de agua. Para impedir las inundaciones del túnel en construcción y posibilitar que la tuneladora siguiese avanzando y encofrando las paredes al mismo tiempo, usaron nada menos que nitrógeno líquido. Congelaban las bolsas de agua y las sacaban en bloques. Por un momento me sentí en un programa de Megaconstrucciones.

Estábamos hablando de esto y de aquello cuando de repente va y me suelta:

Algo muy curioso de lo que me he dado cuenta es que la gente atropellada siempre pierde los zapatos. Siempre. Una vez incluso atropellaron a un chico que llevaba botas militares altas y también se le salieron.

No pude evitar preguntarle si él había tenido algún accidente de este tipo. La respuesta me puso los pelos de punta.

Una vez un chaval se cruzó por delante del tranvía justo cuando él pasaba y no pudo hacer nada para impedir el atropello. Al parecer había robado la moto y estaba huyendo. El chico quedó destrozado.

Esto es lo peor -me dijo- que tenemos que bajar para reconocer el cadáver.

Supongo que forma parte de algún tipo de protocolo judicial cuando se producen este tipo de accidentes. Pero si me contó esta historia fue por lo que pasó después. Cuando los sanitarios de la ambulancia ya se estaban llevando los restos, de repente, el chico saltó de la camilla. En este momento el maquinista levantó un poco la voz, por primera vez desde que estábamos hablando, y me miró a los ojos como si estuviese reviviendo el momento:

Estaba deshecho, prácticamente partido en dos, y ¡saltó de la camilla! Un acto reflejo o algo así debió ser.

Pero eso no era lo peor que había visto. Lo peor, fue cuando atropelló a aquel niño.

Supongo que con este teaser a vosotros os pasa lo mismo que a mi. Os imagináis algo horrible y os debatís entre la curiosidad por saber más y una especie de miedo o respeto que os impide admitir que queréis saber qué historia se esconde detrás de esa frase. He estado dudando si escribirlo aquí o no, pero yo en ese momento no tuve dudas, necesitaba oír esa historia, así que he decidido contárosla a vosotros también. Podría haber evitado lanzar el anzuelo y no verme ahora en la obligación de contaros el resto... pero es que no he podido callarme.

Esto también ocurrió en el tranvía. El maquinista vio como un abuelo y su nieto se acercaban a las vías por un paso de cebra. El hombre paró, pero el niño intentó cruzar corriendo. El abuelo lo agarró para impedirle que cruzase, para evitar que el tren lo atropellase. Pero la cabina les alcanzó a los dos. El hombre salió despedido, pero el niño quedó justo debajo.

Fue un corte limpio. Era un niño rubio, con rizos, muy guapo. Y cuando vi la cabeza completamente separada del cuerpo, lo que pensé es que parecía la cabeza de una muñeca.

Y lo peor de todo es que si el abuelo no hubiese reaccionado a tiempo y lo hubiese dejado cruzar, el niño habría tenido tiempo de hacerlo. Todo se habría quedado en una riña.

Después añadió que el abuelo también acabaría muriendo en el hospital por el golpe.

Me quedé algo noqueado con esta historia... pero el maquinista tenía más. Ya en otro tono, comentó que algo que desgraciadamente abunda en el metro son los carteristas, pero que hubo una que no se le olvidará nunca. Al parecer la chica en cuestión subía siempre en la misma estación y un poco más allá sufría un ataque epiléptico, fingido claro. La gente acudía para ayudarla y ella aprovechaba para robar alguna cartera. Hasta que una vez el mismo maquinista esperó a que montase su numerito y cuando terminó le preguntó a un chaval joven de considerables proporciones:

¿No te falta nada?

El chico se buscó la cartera en el bolsillo de atrás y al no encontrarla sumó dos y dos. El resultado al parecer fueron más de cuatro...

En fin, que echamos la noche de lo más a gusto rodando un corto y hablado de todo un poco. Incluso, en confianza, pude preguntarle qué opinaba sobre el accidente de MetroValencia del 2006 y sobre la obra de teatro Zero responsables. Pero esto ya me lo callo...

P.D: Las fotos son de Sandra Sasera y no son precisamente del metro de Valencia, sino del metro de Tokio (Japón).

16 nov. 2010

Asesinato a las 13:30h

Mientras cocino suelo tener la tele puesta. Me hace compañía, como diría mi madre. La mayoría de las veces está como de fondo, no le presto mucha atención, pero últimamente reconozco que subo el volumen e incluso tengo que apartarme de los pucheros de vez en cuando porque no quiero perderme las declaraciones de algún testigo, familiar, amigo, policía, forense... Efectivamente, cocino con la sexta y sus Crímenes imperfectos.

Crime stories (traducido como Crímenes imperfectos) ya es un clásico de la parrilla de la sexta. Este docudrama lleva años ocupando la programación matinal de la cadena y debido a su razonable buen funcionamiento en cuanto a audiencias, la cadena ha comprado otros programas similares que ha ido colocando en la misma franja horaria: Forensic files, I detective y Power, privilege and justice.

Como dato curioso señalar que este último ha sido traducido como Crímenes imperfectos: ricos y famosos. Aunque son de formato similar, se trata de programas distintos, por lo que supongo que en la sexta lo tradujeron así para que la audiencia entendiera que si les molaba Crímenes imperfectos, esto les iba a pirrar. El problema es que este segundo, a diferencia del primero, tiene presentador -el bueno de Dominick Dunne- y cada programa arranca con una breve exposición del caso con imágenes reales y un plano en travelling en el que Dominick lanza su frase: “Tonight in Power, privilege and justice” con su doblaje literal al castellano por encima. Ni es por la noche ni el nombre del programa encaja, por lo que cada episodio empieza ya con un misterio. Es una gilipollez, pero a mi me hace gracia, qué quieres que te diga.

El programa (me refiero a Power, privilege and justice, que es el que se emite últimamente mientras cocino) es de buena factura. No abusa de los detalles escabrosos, trata de ser bastante blanco a pesar de que cada episodio gira en torno a un asesinato y usa como arma principal para enganchar a la audiencia la buena administración de la información. El punto de vista desde el que se narra la historia es el de los investigadores, por lo que ir descubriendo cada detalle poco a poco, especular con las posibilidades y acabar descubriendo quien fue el asesino y sus razones, se convierte en el motor de cada capítulo. En definitiva, el secreto de este formato consiste en la habilidad que demuestra a la hora de usar el whodunit en su narrativa.

A mi este formato me engancha. Si veo el planteamiento, necesito saber quien lo hizo, no puedo evitarlo. Todos tenemos una Jessica Fletcher dentro y la mía me exige su pequeña ración de misterio diaria justo a esas horas. Los asesinatos me abren el apetito.

Además, como guionista, este programa me regala auténticas perlas que tal vez algún día pueda usar en una historia.

El problema es que hay un par de cosas que me ponen muy nervioso de este programa:

Lo primero es que tiende a ser excesivamente repetitivo. Me considero capaz de retener la información que me van dando sin necesidad de que me lo repitan continuamente, por lo que me acaba cansando cuando repiten lo mismo una y otra vez. En parte esto ocurre porque los episodios están pensados para tener un determinado número de cortes publicitarios que la emisión de la sexta no respeta. De vez en cuando, el narrador suelta una pregunta a modo de gran incógnita sin resolver (gancho o cliffhanger ), la pantalla se funde a negro una fracción de segundo (aquí es donde debería ir el corte publicitario) y vuelve con un breve resumen de lo que se ha dicho hasta ese momento para que los espectadores que empiecen a ver el programa en ese punto puedan reengancharse. Si ha habido un corte de cinco o diez minutos de por medio, este resumen está justificado. Pero viéndolo todo seguido aburre y resulta reiterativo.

Reciclar el material de otras cadenas es como ponerse la ropa de tu hermano mayor. Puede que te quede bien, que sea de tu talla y que no esté demasiado vieja, pero se va a notar.

Lo segundo que me molesta de este programa, en ocasiones consigue cabrearme y puede que acabe provocando que deje de verlo. Lo cual sería muy peligroso porque me obligaría a buscar otro modo de saciar mi sed de sangre diaria...

Se trata del modo en que este programa defiende lo que podríamos llamar los ideales conservadores americanos. De una forma sutil a veces y totalmente descarada otras, el programa vierte una serie de opiniones a mi modo de ver, más que cuestionables.

Los capítulos suelen arrancar presentando a los protagonistas, es decir, el muerto y su círculo más cercano. Son siempre gente rica y poderosa, por lo que aprovechan para explicar cómo consiguieron esa posición. Pues bien, fijaos en que:

Si su origen fue humilde, se remarca que logró enriquecerse con el sudor se su frente. Todo un ejemplo del sueño americano.

Si su familia ya era rica, no lo era porque sí. Sus antepasados trabajaron mucho y eran muy respetados y queridos por la comunidad.

La mayoría de las veces los malos son los otros... los pobres que dan el braguetazo, por ejemplo.

Pero si el asesino es alguien rico, lo notaréis desde el principio porque dirán de él (o ella) que era un vividor, que malgastaba el dinero, que no trabajaba, que no iba a misa...

Y si es rico y además gozaba de buena imagen, recurrirán a describir el modo en que consiguió ocultar un monstruo detrás de su fachada de hombre de bien. En este último caso se esfuerzan especialmente en demostrar que la fachada no era perfecta, siempre hubo antecedentes, siempre se les vio venir.

En definitiva, hablan mal del asesino y bien de las víctimas. Como si no fuese posible que alguien “normal” acabase matando.

Sin duda están tratando de lanzar un mensaje tranquilizador. El subtexto podría ser este: Que no cunda el pánico. Vamos a hablar de las cosas malas que pasan, pero las cosas malas tienen una razón y, si tu eres bueno, JAMÁS te pasarán a ti. El mundo es justo.

Supongo que son conscientes de lo contradictorio que supone defender la idea de que los ricos y famosos son el modelo a seguir y al mismo tiempo desvelar todo lo sucio que hay a su alrededor, asesinatos incluidos. Esto les obliga a esforzarse en defender que, a pesar de lo que pueda parecer, los buenos fueron siempre buenos y los malos siempre fueron malísimos. El dinero solo acentúa su inclinación natural por alguno de estos dos únicos derroteros.

¿Pero por qué ese empeño en dividir el mundo en buenos y malos?

Lo siento, pero el mundo no es tan simple y querer verlo de este modo lleva a engaño. La gente empeñada en verlo todo blanco o negro acaba negándose a sí misma las evidencias que prueban la existencia de grises. Y lo que es peor, a radicalizarse.

Y si no, observen como remata el presentador este capítulo (minuto 5:40 del video). Nada menos que lamentándose por el hecho de que alguien a quien condenaron a cadena perpetua acusado por asesinar a su esposa con arsénico, a pesar de las dudas más que razonables que uno de los forenses plantea, no sufriese una muerte lenta y dolorosa. Ni siquiera es una apología de la pena de muerte, es una apología del ojo por ojo y diente por diente.



P.D: He encontrado este artículo sobre Dominick Dunne. Se publicó tras su muerte en 2009 y recorre brevemente su trayectoria profesional y su vida personal, que bien podría haber protagonizado uno de sus propios episodios. Resulta... esclarecedor.

5 nov. 2010

Gran Hipócrita

Anoche, zapeando, me encontré de repente con una cabreadísima Mercedes Milá. ¿El motivo? Dos concursantes de la enésima edición de Gran Hermano habían desvirtuado por completo el espíritu y los principios más básicos de GH, palabras textuales de la presentadora, leídas en el prompter claro. Tuve que dejar el mando quieto un rato para averiguar cuales eran esos principios que el programa consideraba necesario proteger. No tardé mucho en contemplar el mayor acto de hipocresía televisiva que he visto nunca.

El gran pecado por el que estos dos personajes fueron expulsados no era otro que el de saberse personajes y haber expresado sin reparos que tenían intención de utilizarlo. Al parecer, los Barbie y Ken poligoneros de turno se habían liado en plan peli porno en un jacuzzi que casualmente había por allí, pensando que así darían más juego. Planearon liarla lo más gorda de lo que fuesen capaces para que se hablase de ellos continuamente en todos los programas satélite que inundan la parrilla de Telecinco y que se nutren de GH para rellenar horas y horas de debates absurdos. Nada nuevo si no fuese porque no sólo lo hicieron sino que también lo dijeron abiertamente y sin esconderse de las cámaras. Incluso ella, demostrando sus dotes para los negocios, afirmó en voz alta que no le importaba enseñar las tetas en la casa, aunque eso le impidiese aparecer en Interviu, si así conseguía más platós de televisión o bolos en discotecas.

Está claro que la inteligencia no era uno de los criterios del casting del programa, pero me niego a pensar que a estas alturas nadie, incluida la indignadísima presentadora, se crea que la gente entra en esa casa a vivir una experiencia. Podría conceder a regañadientes que tal vez de vez en cuando se les cuele algún que otro despistado que está pasando un mal momento en la vida y que acaba allí como podría haber acabado en un seminario o en la bañera de un motel con un riñón menos. Pero la gran mayoría sabe a lo que va. Es más, lo tienen clarísimo. Que el programa se empeñe en seguir aparentando que no es así resulta de una hipocresía absolutamente ridícula, similar al “Don't ask, don't tell” del ejército americano.

De hecho, el modo en que la propia cadena trata a estos personajes deja muy a las claras en qué consiste el juego. Alguien definió a Telecinco alguna vez como una cadena coprofágica, es decir, que se nutre de su propia mierda. Y oye, aunque la imagen mental que genera no es muy agradable, como símil funciona a la perfección. Telecinco se ha convertido en una experta exprimiendo al máximo a sus personajes. Primero los crea y después los utiliza pasándolos de programa en programa hasta que su historia se agota y bien desaparecen o bien generan otra historia nueva más truculenta que la anterior. Cualquiera que vea el canal de vez en cuando, se dará cuenta de que han creado todo un universo propio de ex-GH, ex-amantes de toreros y ex-politoxicómanos.

La cadena funciona siguiendo una especie de Star-system venido a menos. Las caras de moda protagonizan muchas horas de televisión bajo cualquier pretexto hasta que dejan de tener tirón y son substituidas por otras caras nuevas. Para que el sistema funcione es necesario que sea hábil generado nuevas caras o bien, consiguiendo que las caras conocidas no pasen de moda. A Telecinco se le dan bien las dos cosas. GH es un excelente ejemplo de lo primero y la llamada princesa del pueblo de lo segundo. Todo se mercadea y ha llegado un momento en que ya no se sabe quien está dentro de la casa llena de cámaras y quien fuera, porque casi viene a ser lo mismo.

Mercedes, en su alocada apología del espíritu del programa, nombraba una norma: Hay que ser auténticos. Estos dos podrían haberse liado y no habría pasado nada, pero lo hicieron sin sentirlo, dice en un momento de la “entrevista”. Se empeña en decir que su pecado fue fingir, actuar de un modo en el que no habrían actuado si no hubiesen estado las cámaras.

Para empezar, pedir esto es absurdo. Nadie se comporta del mismo modo cuando sabe que está siendo observado. Pero afirmar que el motivo por el que se les expulsa es que “no son auténticos” resulta de risa. Se les expulsa porque este juego pierde la gracia cuando se descubre que es un juego. Es algo así como ver un reloj Casio (sumergible a 50m) en la muñeca de William Wallace mientras mata ingleses a espadazos. La magia se rompe.

Comprendo que la Milá no pueda sentar a estos dos en el plató y decirles: Mira, os hemos tenido que echar porque si os dejábamos allí la poca gente que todavía se cree este paripé habría dejado de vernos. Pero el modo en que se le hinchaba la vena al insultarles mientras todo el público aplaudía como si realmente estuviesen enfadados, me parece excesivo.

Aunque en realidad puede que Mercedes sí les dijese eso. Tal vez sea una locura mia, pero puede que ese fuese exactamente el subtexto de la frase: Estas aquí fuera por idiota. No sé, tal vez.




1 nov. 2010

Esto ya se ha hecho

Cuando dejas que alguien lea uno de tus guiones por primera vez te sientes desnudo, expuesto. Has estado solo mucho rato trabajando en eso y no has podido evitar poner tus ilusiones en el proyecto. Incluso en algún momento de subidón te has imaginado recogiendo un premio con el título de lo que sea que estás escribiendo en la placa de la estatuilla. Es más, te has imaginado a ti mismo justo en ese momento en el que alguien lo lee. Y claro... puestos a imaginar, te has imaginado como la persona a la que has concedido el honor de ser el primero en leerlo pone cara de sorpresa nada más empezar. Te has imaginado notando como su interés crece y crece hasta tener que reprimir con mucho esfuerzo las carcajadas, las lágrimas o el miedo porque no quiere parar ni un solo segundo de seguir leyendo. Y, por supuesto, te has imaginado su cara de admiración nada más terminar de leer.

Pero eso nunca pasa. Cuando llega el momento nada encaja. Para empezar tu familiar o amigo ha llegado de mal humor. Porque siempre buscas que sea alguien que te quiera, alguien que no tenga razones evidentes para querer hacerte daño o, por lo menos, que no le dé exactamente igual verte llorar. Bien, pues justo el día que has quedado con él o ella para invitarle a café y, ya de paso, que se leyese “eso que me dijiste que estabas escribiendo”; justo ese día, su jefe le ha puteado, su abuelita ha muerto, le han puesto una multa, han atropellado a su perro o cualquiera de las variantes que se os ocurran. Pero no importa, es tu colega y quiere ayudarte, así que cuando acaba de contarte su drama personal traga el último sorbo de café y te dice: Bueno, pásame eso que has escrito. Ya en ese momento tu te acojonas, no quieres que lea nada en ese estado de ánimo. Pero insiste porque es tu colega y quiere cumplir. Y entonces se lo das y viene cuando no sabes donde meterte. No quieres hacer ruido, ni mirar, por no meter presión. Escuchas su respiración mientras simulas que lees lo primero que pillas, tratas de aparentar que no estas nervioso e intentas convencerte a ti mismo de que tampoco puede afectarte lo que te diga. Pero sobre todo te das cuenta de que no merece la pena pasar por eso porque sabes perfectamente que sólo hay dos cosas que te pueda decir cuando acabe: “Está bien...” o “Esto ya se ha hecho”.

La primera opción es la peor, sin duda. Te deja sin defensas porque no te han atacado. Se supone que tienes que poner buena cara y responder: ¿Te ha gustado? a modo de pregunta retórica para que él afirme y zanje la conversación de buen rollo. Pero preferirías perseguirle por toda la casa pegándole en la cabeza con el ordenador. ¿Como que bien? Estoy aquí en pelotas, estas viendo mi cosita y ¿me dices que está bien? A cualquiera que le hicieran eso se le iría el ánimo a los pies...

Consejo para los amigos o familiares a los que obliguen a leer un guión: NO LO LEÁIS.

Es imposible no herir la sensibilidad de un guionista. Somos seres inseguros por naturaleza y por muy orgullosos que estemos (cuando estamos solos) de lo que estamos escribiendo, cualquier matiz en vuestro tono de voz cuando nos digáis que os ha gustado será suficiente para que pensemos que nos estáis mintiendo por lástima.

Pero si no os queda más remedio que hacerlo, porque es guionista pero es vuestro colega y le queréis, o porque os acorrala, amenaza o tortura con un clavo ardiendo para que os lo leáis... cuando acabéis: CRITICAD O PREGUNTAD ALGO.

Así sí... entonces veréis como el guionista en cuestión se siente más cómodo. Tendrá algo contra lo que luchar, un motivo para justificar por qué ha escrito semejante mierda o para explicar qué hay de maravilloso y no has visto en lo que acabas de leer.

Pero vamos con la segunda opción: Esto ya se ha hecho. Esta afirmación contundente suele venir acompañada por un ¿No has visto...? En los puntos suspensivos aparece el título de cualquier película, serie, cortometraje, cuento, obra de teatro o videojuego. A veces se te queda cara de tonto porque no, no lo has visto. Pero otras veces, en cambio, se te queda cara de tonto porque sí, sí lo has visto.

Si lo has visto puede que a ti te parezca que no tienen nada que ver, o que olvidases aquella historia, o que hasta ese momento no te dieses cuenta de que realmente sí que tienen cierto parecido. Lo peor de todo es que a partir de ese momento no podrás quitarte de la cabeza la idea de que tal vez, sólo tal vez, lo viste, después olvidaste que lo habías visto y acabaste recordándolo de una forma distinta confundiendo el recuerdo con una idea original tuya. No sabes si esto puede pasar, pero la posibilidad te atormentará por las noches y hará que te levantes una y otra vez para darte baños compulsivos en los que te frotarás hasta herirte porque te sientes sucio.

En cambio, si no lo has visto, lo que tu personalidad compulsiva te lleva a hacer es verlo inmediatamente. Te sientas delante de la tele acojonado, como si te sentases en el banquillo de los acusados. Le das al play y experimentas una montaña rusa de sensaciones de lo más variado. Si resulta que no era para tanto, que no es la misma idea, te sientes más aliviado que cuando aprobaste el último examen de matemáticas de tu vida en el instituto.

Pero si acabas concluyendo que realmente se parece en algo, tienes la sensación de que te han robado. No puedes demostrarlo, pero alguien te ha quitado algo que era tuyo. El único consuelo que te queda es pensar que es inevitable, esas cosas pasan.

Por suerte, nunca, JAMÁS, nadie escribirá exactamente lo mismo que tú. Puede que se parezca, e incluso puede que la idea del argumento principal sea exactamente la misma, pero el modo en que se expone muy probablemente no tenga nada que ver.

¿Os imagináis la cara que se le debió quedar a Alejandro Amenábar cuando fue al cine a ver “El sexto sentido”? Faltaban sólo dos años para que se estrenase su película “Los otros” y probablemente se encontraba ya totalmente inmerso en este proyecto. Los que hayáis visto ambas películas sabréis por qué lo digo. Son películas totalmente distintas, ambientadas en épocas alejadas en el tiempo, con personajes distintos y con tramas, en apariencia, poco parecidas. Pero muchísima gente salió del cine después de ver “Los otros” diciendo que era otro “El sexto sentido”. Y no les faltaba razón. Ambas películas partían de una misma idea: Narrar la historia de un fantasma que no sabe que lo es y acompañarle en el proceso por el cual descubre que en realidad está muerto.

Buenas noticias, a pesar de todo la película de Amenábar fue un éxito. Una de las cuatrocientas películas más taquilleras de la historia* y la más taquillera de producción española hasta que llegó Alatriste.

Estoy seguro de que Amenábar nunca le perdonará al destino haber llegado después que M. Night Shyamalan. Pero su historia no es peor ni menos original por eso.

Desde luego, como público, una historia te impacta más cuando te sorprende, cuando descubres una idea que jamás se te había pasado por la cabeza. Pero eso ocurre en contadas ocasiones. Como creadores, desde luego, debemos perseguir esas ideas, las que permanecen todavía inmaculadas. Pero trabajar en ideas que, de algún modo, ya han sido “usadas” no tiene nada de malo.

¿Os imagináis a Calatrava el día que presentó los planos del primero de sus puentes? Alguien podría haberle dicho: ¿Y dices que esto es un puente, no? ¿Y para qué sirve? ¿Para cruzar el río eh...? Muy bien chico, pero esto ya se ha hecho. Pues sí, pero a Calatrava se le ocurrió ponerles una peineta y se forró.

Siendo cínicos, incluso podríamos decir que el hecho de que ya se haya hecho y que alguien lo sepa es una señal de que la idea funciona, porque ya lo ha hecho. Y ver el modo en que otro lo hizo puede ayudarnos a mejorar y superar los problemas que él no supo ver.

Pero que quede claro, nada de esto quita que cuando alguien te dice “eso ya se ha hecho” te joda. Porque te jode y mucho, ya lo creo. A todos nos gustaría ser Cristóbal Colón e ir por ahí descubriendo nuevos mundos de vez en cuando. El problema es que eso no es fácil, y cada vez menos. Pero tened en cuenta algo, Colón descubrió el nuevo mundo buscando una ruta comercial alternativa para llegar a la India, es decir, buscando su propia forma de llegar a donde muchos otros habían ido ya antes que él.


* En realidad, desde que leí este post, dudo bastante de las listas oficiales de películas más taquilleras de la historia.