10 ago. 2011

La respuesta

No hace mucho, asistí a un momento algo absurdo. Un grupo de unos veinte guionistas que participábamos en un curso de desarrollo de guión votamos -a mano alzada- cuantos actos creíamos que debía tener un guión de largometraje. Por supuesto, no llegamos a ninguna conclusión, pero para vuestra información os diré que la opción mayoritaria fue la estructura en tres actos, aunque hubo quien defendió a muerte su concepción de la estructura en cinco actos. O eran siete... ya no me acuerdo.
Después, por si no había quedado claro, se dedicó unos cuantos minutos del curso a analizar la estructura de un video musical en el que prácticamente no pasaba nada. Pero para mi sorpresa, no faltó quien pusiera sus cinco sentidos en él tratando de encontrar cualquier cosa que pudiese identificarse como giro, detonante o punto medio, a fin de encorsetar aquello dentro de su idea de estructura narrativa.
Yo hice uso de mi derecho al voto absteniéndome. No porque no tuviese mi opinión, sino porque no podía creer que realmente estuviésemos votando aquello...
Era obvio que no íbamos a salir de allí diciendo: “Mira que bien, por fin hemos conseguido demostrar que la estructura de un guión de largometraje ha de tener cuatro actos y medio. Es así, en realidad ha sido así siempre, pero ahora por fin estamos todos de acuerdo y ya nunca más nadie en ninguna parte volverá a plantearse esta duda.”
De haber conseguido algo por el estilo seguramente nos habríamos puesto un nombre artístico, “Los veinte” o algo así, y nuestro hallazgo se estudiaría en todos los cursos de guión a partir de ese momento. ¡Seríamos famosos!
Pero no pasó. De hecho sabíamos perfectamente que no iba a pasar. Entonces ¿por qué seguimos haciéndonos esta pregunta?
Tal vez, sólo tal vez, necesitemos la respuesta. Puede que la humanidad haya estado escribiendo guiones hasta ahora sin saber muy bien lo que hacía. Pero si alguien consiguiese demostrar cuantos actos debe tener una estructura dramática perfecta, se empezarían a escribir obras maestras a chorrón. Cualquier tonto con un lápiz sería capaz de iluminar a la humanidad con su historia sólo con que se ciñese a la estructura dramática perfecta.
Como comprenderéis, siendo tan tonto como soy, la posibilidad de que esta idea fuese cierta me ha obsesionado un poco. Creo que tengo un lápiz por alguna parte, así que ya sólo necesito encontrar la estructura dramática perfecta para conseguir mi objetivo: escribir algo decente.
Por eso me he fijado como objetivo encontrar la puñetera estructura y no voy a parar hasta conseguirlo. No puede ser tan difícil... además, tengo un truco: Citar a Aristóteles.
Mencionar a los clásicos en un argumento siempre da solera. Puede que no llegue a ninguna parte, pero por lo menos parecerá que digo algo importante y seguro que más de uno me da la razón sólo para no tener que reconocer que no se ha leído ningún libro escrito por un griego.

DEMOSTRACIÓN

1) En La poética, Aristóteles afirma que todas las artes son modos de imitación de la naturaleza y que la tragedia (en la que podríamos englobar al guión) es imitación de la acción, de lo que podría ocurrir. El arte de escribir consiste en imitar la acción de tal modo que resulte creíble para el lector o espectador.

Aunque el concepto de imitación de Aristóteles es bastante complejo, podemos aceptar como válido el hecho de que toda historia ha de ser verosímil y que para conseguirlo, aunque se trate de una historia de ciencia ficción, el guionista ha de saber introducir referencias a la realidad lo suficientemente sólidas como para que la narración no pierda totalmente la conexión con la realidad y el espectador pueda identificarse de algún modo con lo que se le está contando.

2) Por otra parte, Aristóteles afirma que la acción debe representarse como un todo completo, con sus diversos incidentes tan íntimamente relacionados que la transposición o eliminación de cualquiera de ellos distorsione el conjunto. Aquello que con su presencia o ausencia no provoque ninguna diferencia perceptible, no constituye ninguna parte real del todo. Por tanto, un relato será tal siempre y cuando sus partes configuren una unidad.

¿Esto no os recuerda escandalosamente a más de un manual de guión moderno? Pues mira tú por donde fue el bueno de Aristóteles quien, a su manera, habló por primera vez de eliminar las secuencias que no aportasen nada a la acción.
Pero lo más importante de esta segunda proposición del argumento es el concepto de unidad. Si estamos tratando de averiguar cuantos actos debe tener un guión, en realidad, no estamos haciendo otra cosa que hablar de partes. Por lo que si partimos de la idea de que una narración ha de configurar una unidad en sí misma, tal vez descubramos que para que esa unidad sea posible es necesario que sus partes cumplan una serie de condiciones. Sigamos...

3) Aristóteles afirma que el propósito de la tragedia es conseguir la catarsis. Es decir, suscitar la compasión, el temor, el horror u otras emociones en el espectador.

Por eso el concepto de imitación de la acción es tan importante. El narrador, al empezar a escribir, no parte de la nada. Debe adaptarse a unas reglas que ya estaban allí antes de que él llegase. A saber: El modo en que las cosas pasan y el modo en que el hombre -espectador- las entiende.

4) Los relatos, en su imitación de la acción, hacen razonable el cambio. Los narradores no se limitan a hablar de lo que ha ocurrido, como los historiadores, sino que hablan de lo que podría haber ocurrido. Las narraciones crean universales, conceptos abstractos que se elevan por encima de lo azaroso del mundo.

Este es el motivo por el que Aristóteles concede a los narradores la dignidad filosófica que niega a los historiadores, porque el creador de un relato configura un suceso, no lo asume como el historiador.
En cada relato hay una temporalización propia. El tiempo real y el tiempo narrado no son el mismo. El narrador, por medio de la intriga del relato, consigue refigurar nuestra sensación del tiempo. De tal modo que el tiempo deviene tiempo humano en la medida en que es narrado.
Dicho en otras palabras. Al narrar hacemos inteligible el mundo, traducimos la realidad al lenguaje en el que el hombre entiende la acción.
Por ejemplo, algo inherente a la naturaleza humana es tratar de encontrar el sentido a todo. El hombre nunca ha llevado bien que algo pueda suceder sin más. Siempre trata de completar las historias con un final, un fin o un sentido oculto. Por eso, si al narrar no dotamos de un fin a nuestras historias, el espectador la entenderá como incompleta.

5) Aristóteles puso como ejemplo de buen narrador a Homero. De hecho dijo de él nada menos que “Homero, más que ningún otro, nos ha enseñado a todos el arte de forjar mentiras de manera adecuada.” Todo un alago... Pues bien, Homero buscó la unidad del relato en su composición interna en inicio, medio y fin, modo defendido por Aristóteles.

¡Ajá! Si esto no es una defensa de la estructura en tres actos es que nos hemos vuelto todos locos. Tenemos un posicionamiento. Aristóteles habría levantado la mano en el curso que os comentaba defendiendo la estructura en tres actos porque consideraba que inicio, medio y fin eran exactamente las partes que conseguían que un relato configurase una unidad.

CONCLUSIÓN

Al narrar, de forma instintiva, tendemos a estructurar las historias en principio, medio y fin. No es una opción, es el modo en que el hombre entiende su propia realidad, el modo en que se explica a sí mismo las cosas que le ocurren.
Puesto que el objetivo de todo relato es conseguir la catarsis, o sea, transmitir una serie de emociones al espectador; el narrador se ve obligado a ceñirse a esta estructura que le viene dada por el modo en que las cosas pasan y el modo en que el hombre las entiende.
Por tanto, la estructura en tres actos no es un invento del hombre, sino un descubrimiento. El hombre entiende de este modo la realidad, así es como se la explica a sí mismo. Y el narrador ha de ceñirse a esta norma porque de lo contrario su relato carecerá de unidad, no conseguirá la catarsis o no será inteligible.

Con esto considero demostrado que la estructura dramática perfecta consta de tres actos. Ni uno más, ni uno menos.
Ahora votemos a mano alzada a ver si estamos todos de acuerdo.
¿Sí? ¡¡Perfecto!! ¿Alguien me presta un lápiz por favor? No encuentro el mío...

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