23 sept. 2011

Democracia real


El pasado martes viajé a Madrid para asistir a la Asamblea General Extraordinaria de SGAE en representación de EDAV, la asociación de guionistas valencianos. Ya sé que así, de entrada, suena apasionante. Pero aunque os parezca increíble, tampoco fue tan tan divertido.
Para que os hagáis una idea, las cuestiones previas, es decir, las intervenciones que tienen lugar antes de abordar el primer punto del orden del día en una reunión, se prolongaron durante más de dos horas. Hubo de todo, pero la mayoría fueron una auténtica pérdida de tiempo. Había demasiada gente cabreada con demasiadas ganas de hablar de lo suyo y algunos se empeñaron en soltar su discurso por mucho que la multitud les gritase que se callasen.
Hubo momentos de desesperación, agotamiento y vergüenza ajena. Pero entonces apareció el señor Galindo, secretario general de SGAE, tomó la palabra y nos ofreció una auténtica lección de democracia... Citó tres de las varias peticiones de cambio que se habían propuesto y preguntó, más bien de forma retórica, si la asamblea estaba de acuerdo en aprobarlas. Hubo uno o dos segundos de silencio en los que algunos levantaron la mano tímidamente no sé si para pedir la palabra, para votar a favor o para votar en contra. Pero antes de que nadie supiese muy bien qué estaba pasando, el señor Galindo dio por aprobados los cambios. El grupo de trabajo de diez socios encargado de modificar los estatutos que regularán las elecciones de enero de 2012 pasó a ser desde ese momento una comisión de 15 socios y las listas estaban abiertas para que todo aquel que quisiese se presentase.
Todos nos quedamos patidifusos, incluso hubo quien se levantó y preguntó directamente si se suponía que ya habíamos votado. Pero el secretario se hizo un poco el longuis, se separó del atril para dar por finalizada su intervención y con su mejor sonrisa dijo: Si, no?
Era obvio que el sentir general de la sala iba a favor de aprobar estas medidas, de lo contrario aquello habría quedado plagado de cadáveres con orificios de entrada y salida. Y también es cierto que votar los cambios habría sido lento, lentísimo. Por lo que esta jugada de gato viejo nos ahorró unas cuantas horas de tiempo perdido. Pero aquello fue de traca. El modo en que este hombre manejó a las quinientas personas alborotadas que había en la sala fue toda una exhibición.
Para colmo, las urnas se abrieron antes de lo debido supuestamente para facilitar que aquellos que tuviesen que viajar ese mismo día pudiesen votar y salir antes para llegar a tiempo a la estación o el aeropuerto. Pero la gente empezó a votar en masa. A esas alturas todo el mundo tenía ya muchas ganas de irse a casa así que de repente todo el mundo tenía un avión esperándole. Esto acabó provocando una situación ridícula. Muchos votaron antes incluso de que se hiciesen públicos los nombres de todos los candidatos y mientras alguno de ellos trataba de hacerse oír desde el atril usando su turno de palabra para explicar por qué se presentaba y qué intenciones tenía si llegaba a formar parte de la comisión.
Al final, los elegidos fueron los mismos quince que se presentaron en bloque nada más empezar las cuestiones previas. Casi podría decirse que los miembros de la comisión fueron elegidos antes de la asamblea y que esta, en realidad, se limitó a confirmarlos.
Pero a pesar de todo esto y aunque parezca contradictorio, no creo que sea una mala elección. De hecho, creo que los guionistas podemos estar contentos.
Entre los miembros de la comisión hay nombres muy cercanos a nosotros, que comparten nuestra profesión y que conocen bien los cambios que la SGAE debería sufrir para que nuestro gremio se sintiese mejor tratado por la entidad.
Tal vez lo que ocurrió el pasado martes en el Colegio de Médicos sea una nueva demostración de que la política se hace en los pasillos. Una asamblea de quinientas personas enfadadas difícilmente habría sido capaz de llegar a acuerdos. Si fue posible hacerlo en un tiempo razonable fue porque aquellos que llegaban a la asamblea respaldados por un apoyo más o menos fuerte desde sus comunidades se habían reunido previamente y habían confeccionado una lista que les satisfacía a todos. Nos dieron el trabajo hecho, empaquetadito y bien presentado en papel de regalo.
Hablando con unos y con otros te encontrabas con que la mayoría tenía sus recelos, pero al mismo tiempo tenía a alguien cercano entre los candidatos de la lista o le habían hablado bien de alguno de ellos.
Fuera como fuere, funcionó. La opción precocinada consiguió que la asamblea le ofreciese su apoyo.
Resulta curioso que un procedimiento que se ha iniciado con la intención de convertir SGAE en un organismo más democrático arranque de este modo tan particular. Pero confío en que al final acabe dando sus frutos. Desde luego, de lo que sí podemos estar seguros, es de que si ciertas personas han conseguido formar parte de la comisión es porque realmente hay ganas de cambio y eso ya es un gran paso porque hasta no hace mucho seguramente no habría sido posible.
Quien sabe, puede que dentro de uno o dos años la Sociedad General de Autores deje de ser noticia, que sus asambleas se celebren con normalidad y sin que interesen a nadie más que a los propios socios, puede incluso que la gente que va al cine y compra discos llegue a comprender que los derechos de autor no se parecen en nada a un impuesto y que visto desde allí – desde el año 2014- la asamblea del martes se considere uno de los primeros pasos que hubo que dar para conseguir todo eso. Ojalá.

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