23 jul. 2010

Si Mozart llega a ser guionista...


Encontrar buenos ejemplos que nos ayuden a explicar las cosas no siempre es fácil, por eso cuando encuentras uno no puedes evitar contarlo. O por lo menos a mi me pasa. Hace ya un tiempo se me ocurrió un paralelismo bastante útil para explicar por qué los guionistas pasamos tan desapercibidos para el público, a pesar de ser autores de las obras audiovisuales al menos al mismo nivel (siendo muy generoso) que los directores y los actores, que sí que suelen ser más conocidos.


La idea es bastante simple, consiste en comparar un guión y una partitura. Resulta obvio que ambos documentos tienen bastante en común. Ninguno de los dos puede considerarse una obra terminada por sí misma puesto que tanto un guión como una partitura no tienen sentido si no son interpretados. Es decir, que el guión tiene como objetivo convertirse en imágenes y la partitura en sonidos. Y para que este proceso se complete es necesaria la participación de mucha gente. Simplificando podríamos decir que el guión necesita de un equipo de rodaje, mientras que la partitura necesita de una orquesta, banda de música, filarmónica... o lo que sea.


Entonces... ¿por qué el gran público suele recordar el nombre de varios compositores y sus obras, pero en cambio rara vez es capaz de recordar el nombre del guionista de ninguna de sus películas favoritas?


Supongo que habrá muchas razones, pero a mi se me ocurre una importante. A pesar de los paralelismos entre guiones y partituras, hay una gran diferencia entre ambos. Las partituras musicales suelen ser interpretadas miles de veces por multitud de agrupaciones musicales distintas dirigidas por multitud de directores distintos. Cada director y cada músico solista dará a su interpretación un toque personal, un matiz que sólo ellos podrían haber aportado. De hecho, los grandes entendidos en música suelen elegir su interpretación favorita de las obras que les gustan especialmente. Pero nunca confundirían al director de la orquesta con el autor de la partitura. Cada uno está a su nivel.


En cambio, con los guiones, salvo raras excepciones, no suele pasar. Si hablamos de cine, por ejemplo, cada guión es convertido en película una sola vez por un solo director y con un único elenco de actores. Esto provoca que el público tienda a asociar de forma inseparable ese equipo de rodaje a la película.


En el cine, aunque podría ser muy interesante que ocurriese, el mismo guión no suele tener más de una interpretación. Un guión, una película (con suerte). Y la gente acaba olvidando que antes de que aquel director se hiciese cargo del proyecto y de que se decidiese el elenco de actores, alguien ya había escrito el guión (esto tampoco se cumple siempre a rajatabla, pero es lo más habitual).


Todo esto me lleva a decir que probablemente si Mozart llega a ser guionista hoy en día, no le conocería nadie.


El tipo era un genio y si hubiese nacido en la actualidad y se hubiese dedicado a escribir guiones es posible que hubiese escrito alguna obra maestra. Pero muy difícilmente habría alcanzado la popularidad y el reconocimiento del que goza su nombre como compositor musical.


Esto tampoco es malo. No estoy diciendo eso. Que los guionistas no sean conocidos atiende a muchas razones y muchas veces una de ellas es que los propios guionistas no quieren ni necesitan ser conocidos.


Los actores y directores son utilizados como reclamo por la industria para atraer al público a las salas: “Del director de... ahora llega...” En cambio, al menos de momento, los guionistas no entran en este juego.


Lo cual, si os paráis a pensar un momento, os daréis cuenta de que esto provoca otro paradigma. Son los actores los que acaban comentando la película frente a los medios... ¡¡Han sido los últimos en llegar al proyecto!! Por eso cuando les veo haciendo comentarios como: “Esta película es muy profunda, no?” me imagino al guionista en su casa golpeándose la cabeza contra la pantalla del televisor.

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